jueves, 5 de julio de 2012

Lecturas recomendadas


                                    Élisabeth Roudinesco. "Lacan, frente y contra todo"

El Fondo de Cultura Económica anuncia la próxima aparición, en julio, del libro que desencadenó una serie de acontecimientos de los que oportunamente hablamos (ver aquí). La demanda de Judith Lacan contra Élisabeth Roudinesco y la pelea de Miller con la editorial Seuil, el retiro del seminario de esa editorial, y el bochornoso modo de recordar el 30º aniversario del fallecimiento de Lacan...


Creo yo que el libro no era para tanto (tuve ocasión de leerlo en su edición francesa). Roudinesco recoge pequeñas anécdotas, casi chismes, que quedaron afuera de su biografía de Lacan. Los presenta de un modo tal que Lacan queda situado como el outsider del psicoanálisis: un héroe que enfrentó a todos y a todo. A mi criterio, una exageración... Entre todos esos detalles, algunos muy menores, la historiadora escribió que la familia le negó las exequias católicas que Lacan había pedido. La respuesta fue totalmente escandalosa, y el juicio que los Miller le ganaron a Élisabeth Roudinesco fue tan solo para avergonzarla: le reclamaron un Euro en compensación económica (pero igual, ella tuvo que pagar las tasas y a los abogados...).

Se trata de un libro que hay que leer y que nos llega tarde, muy tarde...

A continuación, el texto de contratapa:

Lacan fue el protagonista de una de las aventuras intelectuales más importantes del siglo XX. Más de treinta años después de su muerte no deja de provocar asombro. Demonio para algunos, ídolo para otros, el hombre y su obra siguen siendo objeto de las interpretaciones más extravagantes. Hoy, cuando asistimos al desvanecimiento progresivo de la época "heroica" del psicoanálisis y a la eclosión de las psicoterapias, recordar lo que fue la gesta lacaniana es volver a vivir esa aventura intelectual que ocupó un lugar central en nuestra modernidad, y cuya herencia, digan lo que digan, sigue siendo fecunda: libertad de palabra y de costumbres; auge de todas las emancipaciones (las mujeres, las minorías, los homosexuales); esperanza de cambiar la vida, la familia, la locura, la escuela, el deseo; rechazo por la norma; placer por la transgresión.Élisabeth Roudinesco evoca libremente algunos episodios sobresalientes de una vida y una obra con las que toda una generación estuvo involucrada y recorre senderos desconocidos para revelar una cara oculta del único maestro del psicoanálisis de Francia. Muestra otro Lacan, uno de los márgenes, de los bordes, confrontado con sus excesos, con sus objetos, con sus paradojas: Lacan, frente y contra todo.

Tomado del blog de Pablo Peusner, elpsicoanalistalector http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/

miércoles, 23 de mayo de 2012

El diván virtual


Ser madre

Hay que tener los hijos cuando siendo joven, dice el consenso. Una afirmación con la que podríamos estar de acuerdo, no sólo por lo que atañe a la biología, que en la juventud nos hace más aptos y con la energía necesaria para asumir el reto, también, porque en ese tiempo sabemos menos de lo que nos espera y somos más osados para cualquier aventura. Porque es innegable que ser madre es toda una hazaña.

Las madres son las más homenajeadas, y con razón, pero también las más culpadas. Lo que no nos debe extrañar porque aquel que está en un lugar de poder, siempre va a ser juzgado. Y no hay mayor poder que el de una madre, sobre el hijo, claro. Es ella la que le ha dado la vida y lo ha cuidado para que sobreviva, ¿existe algo más grande que eso?

Un poder que en los inicios de la relación el bebe exige, esos cuidados sin los cuales intuye que no puede vivir, de ahí su angustia al ser cargado por alguien diferente, ya algo entiende. Más tarde lo seguirá demostrando en la dificultad para desprenderse al entrar al colegio, y en los años siguientes esperando siempre su ayuda, aprobación y apoyo, que cada una dará a su estilo. Algunas angustiadas, demasiado, otras más serenas. Unas rígidas, severas, diferentes a las que todo lo complacen y poco exigen, pero siempre presentes para sostenerlo cuando se cae porque no sabe caminar, y luego, cuando se cae porque perdió, porque lo agredieron, porque lo abandonaron, por todo lo que en la vida hace sufrir.

La madre, ese ser con un poder que nadie le puede enseñar a ejercer y menos, en qué momento abandonar, si eso fuera posible. De ahí que las mayores dificultades en esta particular relación comiencen en la adolescencia, ese tiempo de inestabilidad para el hijo y también para la madre. Porque, cómo lidiar con esa personita tan conocida y cercana que empieza a transformarse físicamente, lo cual ya es un desafío que señala un tiempo que no volverá para la mujer que habita en la madre. Pérdida difícil,  sumada a la de una posición desde la cual ya no podrá regir los destinos del hijo, que ahora todo lo confronta y a diferencia de otros tiempos, sabe, en ocasiones, más que ella.

Cómo disfruta una madre, pero también cómo sufre. Especialmente porque al querer la felicidad de su hijo insiste, como cuando era pequeño, en decirle lo que tiene que hacer y, porque aún él quiera complacerla, no podrá. Intervienen tantos elementos nuevos, la sexualidad, el amor, su ser particular, los intereses disímiles y los cambios en la cultura que van dejando a esa madre obsoleta aunque ella se sienta actual. El cambio generacional no es sólo un concepto, es una herida que se siente en el cuerpo, que separa lo que antes estuvo unido y contribuye a grandes desencuentros.

Y aún así seguirá ahí, para consolarlo, ayudarlo y sobre todo, acogerlo. Es una relación irreventable, aunque en algunas no sea evidente el amor, si lo será la dificultad para contenerse, para no decir lo que se tiene en la punta de la lengua. Y es que, cómo no ser fisgona, cómo saber relacionarse ahora con ese del cual se creía saber todo y ahora casi nada.

Al parecer, crecer es volverse a parir sin romper fuente, y allí cada madre entenderá que el parto no fue lo más doloroso, un sentir que se renueva ya no en el cuerpo, pero que igual a los inicios, tener ese hijo con sus alegrías y penas, será siempre, dicho o callado, lo más importante.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Herlado de Barranquilla, mayo 19 2012

jueves, 15 de marzo de 2012

Seminario. Primera clase


                                      “Femineidad, acto analítico y escritura”

Si sólo fuera posible que alguien se mostrara capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad. Pero parece imposible. Todos, yo también, nos aproximamos a la verdad y la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras. 
Franz Kafka
                                                                                                                                                                
Somos seres extraños, para nosotros mismos. Podríamos decir que el psicoanálisis parte de esta premisa, porque, ¿acaso no se llega a la consulta hablando de uno como si fuera otro? ¿Y no es con este otro con quien se da el encuentro?

La psicología en todas sus variantes sabe de este otro, por eso existen los test, objetivos y proyectivos, buscando indagar lo que se dice más allá de lo que dice. Que arrojan un resultado para decírselo al que dijo, con rótulos que le dicen cómo es, lo que nos indica que estamos advertidos de que no sabemos cómo somos.

Un final de análisis, dice Lacan, lleva a un: Tú eres eso. Una frase que implica un emisor que le dice al receptor lo que es, como en los test, pero a diferencia de estas teorías psicológicas que se apoyan en exámenes, pruebas, evaluaciones, diagnósticos, su búsqueda es un encuentro, una puesta en acto del sujeto del inconsciente. Ese sujeto siempre presente que Freud descubre en los actos fallidos, tan fallidos que nunca dieron, ni dan aún para que se les tenga en cuenta en la cientificidad psicológica, pero que para el psicoanálisis es lo más importante, es con lo que se ha de tratar.

Un Tú eres eso que no lo encuentra el que escucha sino el que habla, porque el que escucha sólo está ahí como garante de una palabra, y no precisamente la suya, sino la de aquel que llega y acepta la apuesta de soportar que sus palabras resuenen, porque acostumbrados por constitución a que: “la aproximación a la verdad la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras”, como dice Kafka, “encuentre un lugar donde alguien sea capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad”.

Es en este sentido que el acto analítico tiene relación con la poesía, por eso no es raro que sea la cita de un escritor quien nos preste ayuda para poder decir lo indecible, porque sólo a alguien con una relación muy íntima con las palabras se le ocurriría enunciar tal queja. Una queja que no es cualquiera, que toca la desolación más íntima del ser humano, esa Torre de Babel, más trágica aún porque hablando consigo mismo y en el mismo idioma no encuentra respuesta posible.

Hay una frase muy recordada de Freud en la que afirma que al poeta le es mucho más fácil acercarse a verdades que al psicoanálisis le es más difícil decir. Lo que nos deja ver de entrada que su proximidad está más del lado del arte que de la ciencia pura, aquella que busca un saber midiéndolo, verificándolo y confirmándolo. Razón de que al leer a Freud, quien sin descuidar revisiones profundas de las teorías de su época, las aproximaciones que hace para acercarnos al saber del psicoanálisis esté más lleno de citas poéticas que de auxilios científicos o filosóficos, porque como dice:

La esencia más profunda y eterna de la humanidad, que el poeta cuenta con poder despertar en su auditorio, son aquellas mociones de la vida del alma que tienen su raíz en la infancia que después se hizo prehistoria”. Y, “Las mejores poesías son sin duda aquellas en que no se nota el propósito de hallar la rima, sino que los dos pensamientos han seleccionado de antemano, por inducción recíproca, su expresión lingüística, tras lo cual una ligera reelaboración permite hacer surgir la consonancia.

Y en alguno de sus escritos, nos da esta poesía de Heine

«Rara vez me comprendieron
y pocas los comprendí a ustedes,
sólo cuando nos encontramos en la mierda
nos comprendimos al instante».

Si, es entendible esta cita, que tomo sin importar su contexto, porque ese es el contexto del psicoanálisis, abordar aquello que la poesía logra sin miedo, pero que la ciencia parece siempre querer esconder. No es lugar para hablar de eso. Para el psicoanálisis si lo es, allí donde es posible tomar en serio lo que siempre se quiere esconder, y aún lo que ni siquiera se sabe que se esconde, por eso alguien jocosamente lo titulaba como alcantarilla, allí donde se puede verter lo pasado descompuesto. Una descomposición cifrada por la palabra y en la palabra, para ponerla en juego.

El acto analítico es un compromiso de decir la verdad y nada más que la verdad, y no consciente, que se sabe imposible, porque el que llega no sabe lo que allí se le pide, y después, aunque lo sepa, no sabe cuándo saltará. Así como el poeta tampoco sabe que su escritura jalona en el mismo sentido, sólo pone sus palabras dónde le dicta una voz que siendo propia, también es otra.

Una voz otra, un Otro con mayúscula como lo va nombrar Lacan para denominar el inconsciente que, en el acto analítico se escucha. Un lugar sin tiempo porque no se sabe cuando aparecerá aquello que viajando en las palabras y más palabras de todos los días, que hace que, como dice Heine: Rara vez me comprendieron, y pocas los comprendía a ustedes, se pueda en un instante fugaz comprender al instante que de lo que hablaba no era de lo que hablaba. Que allí se escondía otra cosa, que muchas veces hará llorar, otras reír, pero lo constante será la angustia, porque allí no hay quien nos diga quiénes somos, permitiendo la aproximación  a la verdad sin derrumbarla a punta de palabras. Y lo que queda es la soledad, el vacío, propicio para un encuentro en que el analista sólo es testigo de una verdad que aflora y ninguno de los dos sabía. Como en la poesía.

Seminario Isabel Prado Misas

El diván virtual


La pasión por no saber

Cuando algo anda mal es común que tienda a negarse, y no por una decisión consciente, más porque no se puede ver, lo que se llama la pasión por la ignorancia. Una condición para todos relacionada con lo inconsciente. Allí donde algo sospechoso hace señas, pero no se quiere saber nada de eso.

Razón que nos permite entender la repetida consulta por amor en la que se dice: “Creía que todo iba bien, no quería ver que algo no andaba, después, en el fondo, esperaba que todo cambiara. Y siempre, porque los recuerdos bonitos pesan más”. Una explicación que no excluye a los hombres pero si más frecuente del lado femenino para seguir en situaciones de maltrato, y no leves, sino los más graves como insultos, desprecios y golpes.
Una capacidad estoica para soportar lo insoportable, que hace que los demás se pregunten y se indignen, indignación que pareciera que las que sufren no sintieran, como si les estuviera vedada la capacidad para reaccionar como corresponde y creyeran que eso es lo que se merecen. Sin embargo, al escucharlas, se entiende que no es así, que hay un dolor muy profundo, y no por lo que les han hecho sino por lo que se han dejado hacer, pero no lo saben, aunque algo intuyan.

“Los mayores dolores son los que uno mismo se infringe”, decía Sófocles y tenía razón, pero las que cuentan esas cuitas ignoran su participación, por lo cual sus sospechas se dirigen siempre al otro y la pregunta que surge es: ¿Por qué me pega? Y no: ¿Por qué me dejo pegar?

Y no se trata aquí de una reflexión para responder también a golpes, es una más profunda y acaso más difícil, porque cuando es posible incluirse como participante, no siempre se sale bien librado, así la participación sea por omisión, que muchas veces se justifica diciendo: “Lo perdono porque después  me trata muy bien”. Respuesta cifrada en una posición mendiga, en una creencia inconsciente en la cual para recibir lo que se quiere y se merece, antes debería ser pagada con un acto que haga sentir miserable.

La sumisión y el sometimiento se creen sinónimos de bondad, cuando pareciera más bien una cierta comodidad que se paga con creces, pero es entendible, somos humanos y nuestra condición nos liga al otro, a veces de tal manera, que hace que nos olvidemos de nosotros mismos.

Estas palabras pueden parecer duras, pero también es cierto que más duro es vivirlo. La razón de que aquí la compasión sólo haga daño, porque más vale una buena pregunta a tiempo que toda una vida de ignorancia. Y no porque se olvide que el amor es ciego o que hay situaciones reales que incitan a quedarse, sino porque cuando se sabe lo que se quiere, no existe poder humano que obligue a someterse a un maltrato inmerecido.

“Nunca he sido discriminada por ser mujer. Porque me preparé. No hay nadie que le calle la boca a alguien que sabe de lo que habla”. Palabras de María das Graças Silva, quien agrega: “Yo nunca viví el prejuicio. Y no lo hice porque lo enfrenté. Se debe tener coraje”. María, proveniente de las favelas brasileras, hija de un padre mal tratador y en su infancia y adolescencia de una pobreza extrema, hoy es la presidenta de una gigante petrolera. Una mujer que parece tener claro cómo quiere ser tratada, que debería incitarnos a una pregunta, y no sólo para ellas: ¿Qué es lo que ignoro de mí, que además no quiero saber y lo único que me queda es la queja? Interrogación que no lo resuelve todo, pero iniciarla puede traer implícitas muchas respuestas.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Marzo 3 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

Invitación al seminario

Femineidad, acto analítico y escritura
Muchos se preguntarán qué relación puede existir en los diversos términos de nuestro título. Y si así fuera, significaría que será un seminario muy productivo porque ya sabemos que para asistir a estos encuentros, el primer requisito es el reconocimiento de cierta ignorancia, sin eso es imposible adentrarse en la búsqueda de una respuesta.
Una averiguación que iremos hilando con ayuda de algunos textos de Freud y apartes de  seminarios de Lacan, que sabemos nos proponen cierta dificultad, por lo cual nos ayudaremos con la escritura, la poesía, eso que queda como resto, que al igual que el psicoanálisis trata de decir lo indecible.
Una invitación para animarnos a entender, porque está implicado, lo que el psicoanálisis propone cuando habla de femineidad. Partiremos de una pregunta dirigida en una ocasión  a un analista y su respuesta: -¿Existe una diferencia entre la posición masculina y femenina al final del análisis? -Diría que los síntomas en ambos sexos contienen una huida de la feminidad. Así que, al final, el sujeto se encuentra mejor en el lado femenino. Respuesta al parecer oscura que trataremos de aclarar, como dice Lacan: buscando relámpagos de luz. En los textos, en la clínica, y en la angustia, el dolor y el deseo, de lo que está hecha la vida cotidiana que sólo a aquellos que escriben les está dado ponerle palabras.
La poesía implica al sujeto, es por eso que lo poético hace algo, por lo menos estremece. Es el sentido del acto, no ser sin consecuencias. Es de esta manera que hay algo emparentado con el acto analítico, pero hay más en este último, la transferencia, la puesta en acto del sujeto del inconsciente.  
TEMAS
El sujeto y el significante.
La medio-verdad.
De los que se dicen hombres, de las que se dicen mujeres.
La transferencia. El saber y el amor.

MATERIAL
Lacan Jacques. Apartes de Seminarios: El acto Analítico. Aun o del goce. La transferencia.
Freud, Sigmund. El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen. El poeta y la fantasía.
Película: El Beso de la mujer araña. Del libro de Manuel Puig. Actores William Hurt, Raúl Julia y Sonia Braga.

Estudio de desnudo para la Gioconda

martes, 31 de enero de 2012

Entrevistas



Entrevista a Lacan por Paolo Carusso.


Conversaciones con Levi Strauss, Foucault y Lacan. Editorial Anagrana, Barcelona, 1968

Con su «retorno a Freud», usted pone en guardia implícitamente contra autores, libros, teorías que, según usted, corrompen el sentido originario del freudismo.
Podría poner muchos ejemplos.

Cíteme algunos.
Como se sabe, la mayor parte de lanzas las he roto contra los círculos dirigentes de la Sociedad Psicoanalítica Internacional, que después de la guerra me han colocado en una situación muy especial. Mi oposición es categórica, agresiva, y se acentúa ante una teoría y una práctica totalmente centradas en las doctrinas llamadas «del Ego autónomo», que dan a la función del Ego el carácter de una «esfera sin conflictos», como se le llama. Este Ego, en substancia viene a ser el Ego de siempre, el Ego de la psicología general, y en consecuencia, nada de lo que pueda discutirse o resolverse sobre él es freudiano. Simplemente, es una manera subrepticia y autoritaria, no de incluir el psicoanálisis en la psicología general como pretenden, sino de llevar la psicología general al terreno del psicoanálisis, y en definitiva de hacer perder a éste toda su especifidad. Aquí me veo obligado a hacer un resumen poco preciso. No puedo insistir sobre lo que representa el grupo de Nueva York, constituido por personajes que provienen directamente del ambiente alemán –Heinz Hartmann, Loewenstein, Ernest Kris (que ha muerto)– los cuales, por así decirlo, se han aprovechado de la gran diáspora nazi para imponer en América, con toda la autoridad que derivaba del hecho de proceder de aquel lugar benemérito, una cosa absolutamente adecuada a una sociedad que, en este aspecto, estaba esperando que los Magos la intimidaran. Para sus teorizaciones encontraron incluso excesivas facilidades, surcos demasiado trazados por una tradición, para no extraer beneficios extraordinarios de carácter personal. En una palabra, se trata de una traición muy clara a lo que continúan siendo los descubrimientos peculiares de Freud.

En sus Écrits figura un importante ensayo dedicado al «tiempo lógico»; y en general, el problema del tiempo es un tema clave de sus investigaciones. ¿Podría usted resumir los términos del planteamiento?
Todavía estoy muy lejos de poder abordarlo con toda la amplitud de implicationes con que podré hacerlo en el futuro. El tema del tiempo me toca muy de cerca, en primer lugar, porque como todo el mundo sabe, yo hago un uso muy variable de la referencia temporal. Por ejemplo, yo no me someto al standard temporal que suele utilizarse de una manera estereotipada en la práctica psicoanalítica.

¿En qué sentido?
En el sentido cronológico y terapéutico. Quiero decir que los psicoanalistas suelen hacer durar las sesiones unos 45 minutos, y después se paran. El hecho de que la mayor parte de los analistas sigan este criterio, como una referencia básica sobre la que se debe trabajar, sin que exista posibilidad alguna de discutirla, es un fenómeno muy curioso. Yo creo que el analista, por el contrario, ha de conservar su libertad, entre otras cosas, para utilizar una sesión breve o prolongada según le convenga.

Es decir, de cinco minutos a tres horas.
Sí. Es él quien debe decidir el por qué. Aun cuando se han aducido muchos argumentos sobre esta cuestión, resulta increíble, exorbitante, que sea preciso ofrecer pruebas concluyentes. En todo caso, deberían ser los que creen, Dios sabe por qué, que el standard ha de ser de 45 minutos, invariable y obligatorio, los que deberían justificar esta invariabilidad. Y en cambio, no se han podido dar explicaciones distintas del «todos lo hacen así». Esta costumbre fue copiada, transcrita de Freud quien, no obstante, cuando la transmitió tuvo mucho cuidado en señalar sus reservas diciendo, poco más o menos: «yo lo hago así porque me resulta cómodo y si otro quiere seguir un criterio más cómodo para él, puede hacerlo tranquilamente». Desde luego, ésta no es la manera de debatir la cuestión, porque decir «lo hago así porque me resulta cómodo» no es ningún argumento. Freud dejó el problema sin solución. Sobre la «dosificación» del tiempo está todo por decir.

Pero evidentemente, cuando usted me formulaba su pregunta no pensaba en este «tiempo». Sólo he querido referirme a este punto porque para mí es muy grave y no veo la razón de evitarlo. Y con mayor razón porque nadie lo afronta, como si tuvieran miedo de quedarse sin un terreno sólido en el que apoyarse en la práctica. Me sabe mal dejarlo porque podría explicar muchas cosas. Pero tampoco puedo evitar de insistir sobre ello porque en muchas ocasiones, cuando no se me ha podido atacar respecto a la doctrina, me han atacado en este terreno. En realidad, da lo mismo que lo haga así o de otra manera; como en cualquier caso los demás también lo harán a su manera, ¿qué puede importarles que yo utilice esta práctica? Es tan cierto esto que algunas personas que yo he formado según este criterio han sido recibidas con los brazos abiertos en la Sociedad Psicoanalítica Internacional, con la única condición de que votaran contra mí en determinada circunstancia. Esto ha bastado como autorización total.

Volviendo a la pregunta de antes…
Es cierto que existe un tiempo que no es el de la inercia psicológica, o de la transmisión nerviosa, sino el tiempo de la transmisión intelectual; ahora, mientras hablo, usted emplea cierto tiempo para darse cuenta de lo que le digo, aunque es difícil medirlo. Pero no es éste tampoco el tiempo que le interesa…

Al contrario, me interesa muchísimo.
Sí, es muy interesante, pero tampoco es el tiempo «analítico». Mejor dicho, es analítico en el sentido de que, cuando levanto un vaso, por ejemplo, noto su peso: en este sentido todo lo es. En cambio, basándose en las funciones del inconsciente el tiempo específicamente estructural está constituido por el elemento de «repetición». Justamente ahora se comienza a explorar si se trata de una temporalidad ligada esencialmente a la constitución como tal, a la llamada «cadena significante». Estamos en el plano del ritmo, de la cadencia, de la interpunción, de los grupos temporales en los que se pueden hacer distinciones propiamente topológicas –de grupos abiertos y grupos cerrados, por ejemplo. Lo que una frase es en sí, lo que comporta la unidad esencial de la frase por el hecho de ser un ciclo cerrado y como consecuencia, un cumplimiento posterior con efectos de carácter retroactivo, todos éstos son temas que apunto continuamente en la dialéctica que desarrollo, pero que aún no he aislado como problemas autónomos en un capítulo dedicado al problema de la temporalidad; ni he creído que la mejor manera de exponerlos fuera «seriándolos» con base en categorías intuitivas, según los modos de la estética trascendentalista. He introducido una nueva dimensión en el tiempo lógico, la de la «precipitación identificadora», como cosa que en el fondo se autodetermina y que solamente puede actuarse en cierto modo que llamo del a-tiempo lógico. Mi contribución es muy original y entre los especialistas de lógica hubiera podido provocar un gran interés si éstos no trabajaran a un nivel «no saturado» como el que trabajan, dedicándose únicamente a la constitución de sistemas formales. Pero cuando se reintroduzca la noción de sujeto en cuanto implica la dimensión del sujeto freudiano en su reduplicación profunda y originaria, la división inaugurante que es la del sujeto como tal, solamente podrá ser establecida por la relación entre un significante y otro significante que es consecuencia retroactiva del primero; de hecho, el sujeto propiamente es lo que un significante representa para otro significante. Aquí radica, se inaugura el fundamento propio de la subjetividad, en la medida en que se puede deducir la necesidad de un inconsciente no transponible en cuanto a tal, de un inconsciente que no puede ser vivido de ninguna manera en el plano de la conciencia. Cuando estas cosas hayan sido teorizadas adecuadamente, es decir, cuando se haya puesto en evidencia la «estructura topológica», podremos establecer con mayor libertad las bases de una lógica pre-subjetiva, o sea de una lógica que surja en la frontera de la constitución del sujeto.

En términos sencillos, esta estructura, ¿es una verdad más acá del tiempo?
No. No creo que pueda ser interpretado así. Yo también creo que la verdad siempre está encarnada. El ámbito de la verdad y el del saber sólo comienzan a distinguirse cuando en verdad el verbo «se hace carne». La verdad es lo que resiste al saber.

Por lo tanto, para usted la verdad no es una cosa que se sitúe en el tiempo.
No. Sólo puedo concebir un ámbito de la verdad en donde hay una cadena significante. Si falta un lugar en donde pueda manifestarse lo simbólico, nada se puede proponer como verdad. Es lo real, con toda su opacidad y con su carácter de imposible esencial, y sólo cuando entramos en el ámbito de lo simbólico puede abrirse una dimensión de cualquier clase. La verdad difícilmente puede ser calificada de dimensión porque en el fondo, todo lo que decimos es verdad en cuanto lo decimos como verdad; incluso en el caso de que haya cierto matiz de falsedad, no se trata propiamente de falsedad precisamente porque lo decimos como verdad; la verdad no tiene ninguna clase de especifidad.

Según usted, ¿cuáles habrían de ser las principales consecuencias de una aplicación radical del psicoanálisis a la moral objetiva, a la moral social?
No he dicho nunca que se tratara de una moral social.

La llamo así para distinguirla de la moral de intenciones, del sentido de culpa, etc.
No creo que el psicoanálisis llegue a eliminar el sentido de culpa.

No, es cierto, pero no se trata de eso.
Pero quiero precisarlo, porque hay mucha gente que cree que el psicoanálisis va a liberar a la humanidad de la culpabilidad. La culpabilidad, querido amigo, es la principal protección contra la angustia. Y como para esto va muy bien, sería un verdadero error renunciar a ella.

El diván virtual


La vida es de valientes

Empezamos un nuevo año, con los deseos de que lo que no fue amable en el anterior, lo sea en éste. Y si aceptamos que algo de esa amabilidad dependerá de lo que hagamos, se hace necesario empezar a revisar cuáles son las acciones que debemos, primero reconocer y después eliminar del inventario de nuestra vida. Claro que no hay nada más difícil que emprender esta tarea, porque hay mucho que desconocemos de nosotros y lo poco que sabemos, al parecer, lo amamos más que a nosotros mismos, evidente en que aunque nos cause daño lo seguimos repitiendo.
Convengamos entonces que buscar conocernos es un camino lleno de engaños, por la tendencia a protegernos y porque eso de amar lo que nos hace sufrir, no es un chiste. Y ¡ay! de aquel que se atreva a poner, no el dedo, sino la palabra donde más nos duele, inmediatamente será sacado del círculo de nuestros afectos porque ahí se hace cierto lo que dicen: “Yo hablo mal de mí pero no me gusta que me ayuden”. Para evitar la ayuda nos alejamos de los que son sospechosos de no acordar con nosotros y nos acercamos a los que nos dicen lo que queremos oir.

Y lo hacemos porque desconocemos que no hay nada que haga más estragos que ese sentimiento que incluye cierta lástima. Tener consideración con el semejante y con nosotros mismos, nos hace generosos, pero cuando toma otro cariz y en lo que sucede no se incluye al que se queja, porque se lo exonera de toda responsabilidad, la única salida que le queda es la autocompasión y la repetición, pues al no tener nada que ver en el asunto nunca encontrará salidas al problema.

Creemos que a nadie le gusta que le tengan lástima, por eso cuando nos vemos enfrentados a situaciones que nos llevan a sentirla, desviamos la mirada. Sin embargo no son escasas esas situaciones que algunos las convierten en una forma de vida, una reflexión que hay que encarar, tema espinoso porque roza cierta forma de pensar en la que se cree que sentir pesar lo hace a uno bondadoso, desconociendo que verdaderamente lo somos cuando podemos reconocer en el otro la dignidad que merece.

Auto compadecernos y compadecer es lo primero que debería salir de nuestro repertorio, si entendemos que la vida consiste en estar expuesto a lo que ella entrega, en la cual habrá momentos para reír y otros para llorar, y si un llanto o un malestar se ha vuelto eterno, está mostrando algo propio, y al que le adjudicamos toda la culpa es solo un comodín en el que reflejamos lo que no hemos podido reconocer de nosotros. Iniciarse en el camino de averiguarlo es de valientes, vivir también.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Enero 7 de 2012

viernes, 13 de enero de 2012

Lecturas recomendadas


INSTITUTO DEL CAMPO FREUDIANO EN ESPAÑA.
RED DE FORMACIÓN CONTINUADA EN CLÍNICA PSICOANALÍTICA.

Preguntas a Anna Aromí

¿Qué nuevo estatuto adquiere la demanda o cómo entender la nueva demanda que aparece una vez que el sujeto ha podido concluir que no hay un Otro que le vaya a completar?

Hablar es pedir. Hablar es pedir ser escuchado, así se instituye el lugar del Otro. El psicoanálisis es una experiencia extrema de esto porque va a llevarlo al límite. Todo analizante pide, incluido en el ser aliviado, ser escuchado. Esta estructura es anterior a toda interpretación, mejor dicho, es la interpretación básica que sostiene el trabajo analítico: hable, lo escucho (no importa lo que diga, será maravilloso, añadía Lacan). Así se comienza un análisis: la demanda instituyendo el sujeto supuesto al saber del inconsciente.

Ahora bien, una cura conlleva la destitución de este Otro. Y cuando este Otro cae, ¿cae con él toda demanda?, ¿el sujeto no se interesará más por ser escuchado? No es seguro. Si acaso, el analizante ha descubierto que detrás de esa demanda, sosteniéndola, está la pulsión, el goce. El gran Otro sostenido por el pequeño a. Entonces sí es cuando el sostén neurótico de la demanda puede caer, la aspiración a ser completado y a completar al Otro.

Es así como entiendo que Lacan dice, en un momento muy especial de su vida, que habla sin esperanza, sobre todo sin esperanza de ser escuchado. Que las palabras sean recogidas es una pura contingencia. Una contingencia de amor.

Preguntas a Antoni Vicens

¿Cuáles son las transformaciones que puede obtener un analizante como resultado de su análisis?

Las transformaciones pueden ser: andar menos extraviado; perder menos el tiempo; dejar de esperar consistencia; temer menos a la locura; ejercer la responsabilidad política; etc. En mi caso, las transformaciones obtenidas sobre el amor, la lectura, la escritura o el dinero, prosiguen.

¿De qué no se cura?

Ni de la idiotez ni de la locura.

¿Cuál es ese límite, ese imposible?

El límite que tiene nombre no es un límite.
 
Si la salida final para un analista lacaniano es la vía del "sinthome" relacionado con un resto sintomático, goce pulsional que no puede ser anulado: ¿Cómo hacer de ese resto incurable, de ese hueso final, algo fecundo?

Amando y trabajando, no sin política (ésta excluye el odio y el sacrificio).

¿Existe una diferencia entre la posición masculina y femenina al final de análisis?

Diría que los síntomas en ambos sexos contienen una huida de la feminidad. Así que, al final, el sujeto se encuentra mejor en el lado femenino.


Pregunta a Carmen Cuñat

¡Sin tiket de salida! ¿Cómo se articularía la dimensión del inconsciente saber, el trabajo de producción de saber en el análisis con ese lugar de S(A/), en el que se inscribiría la conclusión de la experiencia?

No hay tiket de salida, eso se ve muy bien en los testimonios de los AE. Ha habido todo un trabajo de elaboración y de reducción que les lleva a plantearse la salida. Pero en último término la salida depende de una decisión ética, del coraje de pegar el salto, de enfrentar "el hiato del S(A tachado) y su abismo". Es el "Il faut yaller" del que nos hablaba Anne Lysy recientemente. La salida no es el resultado de una deducción lógica. De la misma manera, Lacan señala que "el sentido cientificista" de Freud no le permitió reconocer que su inferencia del inconsciente era fruto de una decisión ética. El coraje de Freud está antes que la inferencia.

Está el saber que se obtiene en un análisis por la vía de la repetición, pero en el momento de concluir ese saber se torna vano. El que no termina es quizás porque aun le da mucho valor a ese saber. Si el inconsciente al final deviene real es porque es pura brecha. Pero el que termina no se va de vacío; es porque ha conseguido tener una idea de su modo de gozar singular y ha consentido a ello. Al escuchar a los AE, parece que es esto lo que promueve el coraje.

Preguntas a Enric Berenguer

Lacan dice que todos los psicoanalistas tienen que haber experimentado el proceso de la cura desde el principio al fin, el fin del análisis es también el pasaje desde la condición de analizante a la de analista. “La verdadera terminación de un análisis”, por lo tanto, no es ni más ni menos que lo que, “los prepara para convertirse en analistas”. Una vez que se ha llegado a esta etapa y se ha pasado por el procedimiento del pase ¿Crees que puede existir un verdadero fin, o bien, el análisis de un analista nunca termina?

Un Un análisis termina. Y puede ser un verdadero fin. La vida sigue, y otros encuentros con lo real quizás pongan al inconsciente de nuevo a la obra, de ahí la posibilidad de nuevos síntomas, de un nuevo recorrido. Por supuesto, eso nuevo tiene que ver con lo antiguo, pero si hubo verdadero análisis, ya no es lo mismo. Puede haber más de un análisis y más de un fin verdadero. Lo cual no tiene que ver necesariamente con que se siga sosteniendo donde se debe, más allá del análisis, la posición de analizante. Esto no debiera terminar nunca.

Lacan nos dice que el fin del análisis no es la desaparición del síntoma, ni la cura de una enfermedad subyacente, puesto que el análisis no es esencialmente un proceso terapéutico sino una búsqueda de la verdad, y la verdad no es siempre benéfica Según tu experiencia clínica, ¿Cuál es el mejor camino para ayudar al sujeto cuando la verdad no es benéfica?

Demostrar que, al fin y al cabo, el hecho de que no sea benéfica no la hace maléfica (para ello haría falta un Otro que de verdad existiera). Que a uno lo disguste no la hace toda, sino tan media como la de cualquiera. Como oculta molesta bastante, no hay más remedio que hacerla salir del pozo. Aunque esto se puede hacer con tacto, y dejando ver en todo momento que se trata también de un semblante. Habrá que creer en ella tan solo lo justo.

Preguntas a Mercedes de Francisco

¿Se puede hablar de “obstáculos” encontrados en la práctica, tanto por parte del analista como por parte del analizante, para la finalización del análisis? ¿Hay un momento adecuado para terminar un análisis y si la ocasión pasa produce efectos?

Es desde mi experiencia como analizante que voy a contestar esta cuestión. En un momento dado a raíz de un sueño, comencé a atisbar la posibilidad de un final, cosa que hasta ese momento no había estado presente para mí. A partir de ahí y sin apresuramiento por mi parte continué, hasta que supe que el final ya estaba ahí, y en ese mismo momento una dificultad se hizo presente esperar un signo por parte del analista que evidentemente no llegaba. No fue por una elaboración, ni por un pasar de las sesiones que pude tomar la decisión, esta llegó de la mano de lo que era una de mis nominaciones, la angustia, cuando en una escena cotidiana y trivial apareció anudada a este pensamiento “si no realizo este acto, todo se repetirá de la misma manera” (en sí mismo algo imposible), aunque no se trataba de un sueño, tenía la fuerza de la pesadilla; tomada la decisión la angustia cesó y mis dos siguientes sesiones fueron las últimas. La soledad que implica este acto no lo torna fácil para el analizante, y del lado del analista queda la responsabilidad de no obstaculizarlo.

En el apólogo de los tres prisioneros, Jacques Lacan, nos muestra como en el tiempo de comprender se trata de una elaboración necesaria antesala del acto. Sin embargo, el momento de concluir sancionado con un acto está separado de la elaboración que hicimos para llegar a él, tanto, como de la demostración posterior para dar cuenta de él.

El diván virtual


                                                               Las trampas del narcisismo

“Si siempre me pasa a mí, es porque soy yo”, concluía alguien sabiamente en medio de su jerigonza. Una reflexión al parecer evidente pero huidiza, porque la máxima que el recordado Sócrates nos dejó: “Conócete a ti mismo”, no es fácilmente aplicable. Conocerse a uno mismo está lleno de engaños, muchos, relacionadas con el narcisismo.

La historia de Narciso es bien conocida, ese bello joven griego castigado por Némesis, la diosa de la venganza, quien lo condena por haber rechazado a Eco, una jovencita perdidamente enamorada del mancebo y quien había sufrido también la furia de otra diosa, que la había sentenciado a que de su voz sólo podía oírse la repetición de la última palabra que se dijera. Dos condenados y un famoso relato que ha trascendido a través de los tiempos, origen de un concepto psicoanalítico para dar luces, de por qué es tan difícil cumplir lo que dice el filósofo.

Narciso, dice la mitología, al mirarse en las aguas de un manantial queda tan prendado de su belleza, que arrobado y en su propia búsqueda, se ahoga en las aguas tratando de abrazarse. Una leyenda que explica el nombre de una flor y también la disposición que tenemos los humanos de sucumbir a nuestra propia imagen.

Porque: ¿Cómo reconocer algo diferente en lo que siempre hemos visto igual? No nos damos cuenta, pero es una situación que presenta un alto grado de dificultad, sólo basta recordar el dolor que nos causa que alguien en quien hemos puesto nuestro afecto, nos muestre una faceta desconocida y poco atractiva. Si esto sucede con el semejante, a quien seguramente amamos menos que a nosotros mismos, podemos entender que mucho más grande será el sufrimiento de aceptar lo propio, por lo cual, lo más común, es no querer saber nada de eso.

Un no querer saber lleno de argucias, que también desconocemos, la más importante, suponer que el narcisismo sólo se presenta cuando creemos lo mejor, como el protagonista de la historia. Pero no es así, también lo encontramos en esa forma peyorativa y lacerante de inculparnos, porque lo que importa en él, es que ese constante “yo”, no desprenda la mirada de sí mismo. Una versión de Narciso inconforme, que mirándose al espejo no se gusta, pero igual, allí rendido por un yo ideal que quisiera ser, no puede aceptar la realidad de lo que es.

Es innegable que este es uno de nuestros mayores malestares, esa distancia entre lo que vemos y lo que realmente somos, una división que se da por estructura, porque el ser humano es aquel que existe y además lo sabe, probablemente la razón que llevó a Sócrates a su famosa frase para conminarnos a esa búsqueda.

Una averiguación entrampada también por el poder de la palabra, porque como Eco, repetimos palabras escuchadas con las que se conformó nuestra imagen, para no gustarnos o gustarnos demasiado. Narcisismo en los dos casos, que hace que se viva en una situación de exclusión, en el primero, por una posición de esclavo, que hace sentir que no hay merecimientos para ser aceptado. En el segundo, en una posición de amo, por suponer que los demás nunca estarán a su altura.

“Si siempre me pasa a mí, es porque soy yo”, una frase de alguien que ha empezado a vislumbrar que lo que le sucede lo incluye. Un “mi” y un “yo”, esos términos con los que nos nombramos, en este caso para iniciar una averiguación que le permita alejarse del espejo donde siempre se ha mirado y dejar de ahogarse en las palabras que invariablemente se repite, para poder entender qué tiene que ver su yo, en lo que siempre le pasa.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de barranquilla, colombia. Diciembre 10 de 2011