jueves, 3 de marzo de 2011

Seminario. Clase tres


La metáfora paterna, y lo que representa la ley

En esta ocasión, nos alentó un poema. Seguramente porque en los laberintos en que se entra cuando un tema se pone en cuestión, hace vibrar cuerdas que nos llevan a encontrar de otra manera lo dicho o escuchado. Y qué mejor que la poesía que, como lo inconsciente dice más y seguramente mejor, lo que queremos expresar. Nos auxilió entonces un poema de José Saramago que vino al recuerdo de uno de los participantes. Dice:

Padre, que no conocí (pues conocer no es
este engaño de días paralelos,
este tocar de cuerpos distraídos,
estas palabras vagas que disfrazan
el muro infranqueable):
Ya nada me dirás, y no pregunto.
Miro en silencio la sombra invocada
Y acepto el futuro.

Padre que no conocí. ¿Y cómo conocerlo? Si avanzamos hoy un poco más en lo que la teoría, la clínica y sobre todo la vida nos muestra, podemos de pronto entender qué hace que allí no se pueda dudar de esa imposibilidad, de ese muro infranqueable que en la poesía se alcanza a decir.

Comencemos con algunos apartes de lo que Freud dice en La novela familiar del neurótico, refiriéndose a los deseos ingratos del niño y que muy bien podemos relacionar con ese dolor que tan bien relata Joyce y que remarcamos en la clase anterior:

Todo ese esfuerzo por reemplazar al padre real con uno superior es sólo la expresión de la añoranza que el niño siente por aquel feliz tiempo pasado, cuando su padre le parecía el más noble y fuerte de los hombres, y su madre, la más amorosa y bella mujer. Del padre que ahora conoce se aparta hacia aquel en quien creyó durante los primeros años de la infancia; su fantasía no es, en el fondo, sino la expresión de su pesar por haber perdido esos días tan felices.
Un conocimiento del alma infantil a la que pudo llegar el fundador del psicoanálisis, que sabemos que no fue precisamente por hablar con niños, sólo Juanito, su caso de una fobia, y escuchado a través del padre, que en algún momento en el transcurrir del seminario, también nos ayudará. Freud vislumbró ese complejo infantil a partir del análisis de adultos, por eso también va a decir:

Así, en estas fantasías vuelve a recuperar su plena vigencia la sobrevaloración que caracteriza los primeros años de la infancia. El estudio de los sueños ofrece una interesante contribución a dicho tema, pues su interpretación enseña que, incluso en años avanzados, cuando en un sueño aparecen las figuras encumbradas del emperador y de la emperatriz, ellas representan siempre al padre y a la madre del soñante. De donde la sobrevaloración infantil de los padres subsiste asimismo en los sueños de los adultos normales.
El develar que logra Freud de los momentos infantiles, va a tener una mayor claridad con el aporte de Lacan, una forma un poco más intrincada, que seguramente porque lo sabe, dice:

Esto puede parecer un poco abstracto, pero ya verán lo útil que nos resultará luego para detectar los malabarismos con los que (otros) consiguen dar soluciones que no lo son a falsos problemas.

Seguramente no es el camino más sencillo el que nos puede llevar a soluciones verdaderas, por lo cual se hace necesario que nos adentremos en entender de lo que se trata en el Padre Real, el Padre Simbólico y el Padre Imaginario. Un tema tratado a través de la mayoría de sus seminarios, pero que en el de Las relaciones de objeto cobran todo su valor.

Si la función simbólica funciona, estamos en su interior. Una frase en el seminario dos que nos ayudará a entender el Padre simbólico, y es que ese padre también llamado Nombre del padre, un hecho irreductible del significante es un lugar. Un lugar llamado a ocupar y a encarnar, sin que lo sea siempre en su totalidad. El padre simbólico entraña el temor de la castración, y todo lo que significa para la cultura de lo que se trata un padre. Un lugar que será ocupado por el padre real, que Lacan en una de sus ironías propone que el único real sería el espermatozoide. Una ocurrencia para resaltar que:

El padre real es algo muy distinto que el niño muy difícilmente ha captado, debido a la interposición de los fantasmas y la necesidad de la relación simbólica. Si hay algo en la base de la experiencia analítica en su conjunto, es que tenemos enormes dificultades para captar lo más real de todo lo que nos rodea, es decir, los seres humanos tales como son. Toda la dificultad, tanto del desarrollo psíquico como, simplemente, de la vida cotidiana, consiste en saber con quién estamos tratando realmente.
Un padre real que el Hombre de las ratas, desde lo que puede decir describe y que Freud califica, como el padre del epitafio: todo bondad. O, como ese padre que Stephen alcanza a ver: Su padre le miraba a través de un cristal: tenía la cara peluda. Imaginario y simbólico que se entrecruzan para dar cuenta de la imposibilidad para captar ese Padre Real.

Para abordar al Padre imaginario, acordemos primero que la relación con la imagen que está presente en todas las especies es fácil verla en el comportamiento animal, su captura en el color, la forma o el movimiento del semejante, despierta conductas de supervivencia, de apareamiento, de agresividad. Es lo que está al frente y su imagen que provoca respuestas, es lo imaginario que siempre tendrá que ver con esa dialéctica de la agresividad, la identificación, la alienación, la idealización.

El padre imaginario también participa de este registro y presenta características típicas. Es el padre terrorífico que reconocemos en el fondo de tantas experiencias neuróticas, y no tiene en absoluto, obligatoriamente, relación alguna con el padre real del niño. Vemos intervenir frecuentemente en los fantasmas del niño a una figura del padre, y también de la madre, que, con todos sus aspavientos, sólo tiene una relación extremadamente lejana con lo que ha estado efectivamente presente en el padre real del niño, únicamente está vinculada con la función desempeñada por el padre imaginario en un momento del desarrollo.

Lacan provee entonces una forma de analizar en profundidad lo que nos propone Freud en su novela del neurótico y da razón a la poesía de Saramago que, con todos los visos de castración, digamos de aceptación de lo irremediable, pronuncia: Ya nada me dirás, /y no pregunto. /Miro en silencio la sombra invocada/ Y acepto el futuro.

Podemos acordar con el poeta. ¿Qué más queda?

Obra: El hijo del hombre de René Magritte.

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