miércoles, 13 de marzo de 2013

Invitación al seminario


La incertidumbre de la certidumbre anticipada
El sujeto pensando el pensamiento del otro, ve en el otro la imagen y el esbozo de sus propios movimientos. Ahora bien, cada vez que el otro es exactamente el mismo que el sujeto, no hay más amo que el amo absoluto, la muerte. Pero el esclavo necesita cierto tiempo para percibirlo. Ya que está demasiado contento con ser esclavo, como todo el mundo.
 
La vida no es trágica, es cómica, y es sin embargo bastante curioso que Freud no haya encontrado nada mejor que designar con el complejo de Edipo —es decir con una tragedia— eso de lo que se trataría en el asunto. No se ve por qué Freud designó, aún cuando podía tomar un camino más corto, designó con algo distinto de una comedia a eso con lo que tenía que ver, con lo que tenía que ver en esa relación que liga lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real.

Lo Simbólico es el lenguaje: se aprende a hablar y eso deja trazas. Eso deja trazas y, debido a eso, deja consecuencias que no son ninguna otra cosa que el "síntoma".
 
El inconsciente es eso: es que se ha aprendido a hablar y que debido a eso uno se ha dejado sugerir por el lenguaje toda suerte de cosas.

Trabajo en lo imposible de decir. Decir es otra cosa que hablar. El analizante habla, hace poesía. Hace poesía cuando llega —es poco frecuente, pero es arte.

El psicoanálisis debe ser tomado en serio, aún cuando no sea una ciencia. [...] Es una práctica que, dure lo que dure, es una práctica de charlatanería. Ninguna charlatanería carece de riesgos.

Se intenta decir la verdad, pero eso no es fácil porque hay grandes obstáculos a que la verdad se diga. ¿No será que uno se engaña con la elección de las palabras? La verdad tiene que ver con lo Real y lo Real está doblado (doublé), si se puede decir, por lo Simbólico.
Hay un llamado Paul Henry, él lo llama, al lenguaje, "un mal útil" (un mauvais outil). No se lo puede decir mejor. El lenguaje es un mal útil, y es seguramente por eso que no tenemos ninguna idea de lo Real.

El análisis es una magia que no tiene por soporte más que el hecho de que —por cierto— no hay relación sexual, pero los pensamientos se orientan, se cristalizan sobre lo que Freud imprudentemente llamó el complejo de Edipo. Todo lo que ha podido hacer es encontrar en lo que se llamaba la tragedia, en el sentido en que esa palabra tenía un sentido, lo que se llamaba tragedia le suministró, bajo la forma de un mito, algo que articula que no se puede impedir a un hijo matar a su padre. Quiero decir con eso que Layo hizo seguramente todo para alejar a ese hijo sobre el cual una predicción había sido hecha, eso no le impidió no obstante —y diría tanto más— ser matado por su propio hijo.
 
El hecho de haber enunciado la palabra inconsciente, no es nada más que la poesía con la cual se hace la historia. Pero la historia, como lo digo algunas veces, la historia (histoire) es la histeria (hystérie). Freud, si experimentó seguramente lo que es de la histérica, si fantaseó en torno a la histérica, eso no es evidentemente más que un hecho de historia.

Sería necesario que exista un acto que no sea débil mental. Ese acto, intento producirlo por mi enseñanza. Pero es a pesar de todo farfulleo (bafouillage). Confinamos aquí con la magia.
El tiempo lógico está constituido por tres tiempos. Primero el instante de ver, que no deja de ser misterioso, pero que se define bastante bien en esa experiencia psicológica de la operación intelectual que es el insight. Luego el tiempo para comprender, en fin, el momento de concluir.

Frases que nos invitan a pensar, no sólo en el análisis, en la vida misma. Los invito a leer y a comentar, para tratar de entender lo que Lacan propone en uno de sus últimos seminarios y en su escrito sobre el Aserto de certidumbre anticipada. Algo a lo que Freud llegó, que sin él Lacan no habría llegado.

TEMAS
Real, simbólico, imaginario.
No hay relación sexual.
Aserto de certidumbre anticipada.
Momento de ver, de comprender, de concluir.

LECTURAS
Edipo Rey.
Freud. Historia del movimiento psicoanalítico.
Lacan. El momento de concluir. Seminario 1977.
Lacan. El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Escritos 1

 MARTES 5 DE MARZO DE 2013

jueves, 5 de julio de 2012

Lecturas recomendadas


                                    Élisabeth Roudinesco. "Lacan, frente y contra todo"

El Fondo de Cultura Económica anuncia la próxima aparición, en julio, del libro que desencadenó una serie de acontecimientos de los que oportunamente hablamos (ver aquí). La demanda de Judith Lacan contra Élisabeth Roudinesco y la pelea de Miller con la editorial Seuil, el retiro del seminario de esa editorial, y el bochornoso modo de recordar el 30º aniversario del fallecimiento de Lacan...


Creo yo que el libro no era para tanto (tuve ocasión de leerlo en su edición francesa). Roudinesco recoge pequeñas anécdotas, casi chismes, que quedaron afuera de su biografía de Lacan. Los presenta de un modo tal que Lacan queda situado como el outsider del psicoanálisis: un héroe que enfrentó a todos y a todo. A mi criterio, una exageración... Entre todos esos detalles, algunos muy menores, la historiadora escribió que la familia le negó las exequias católicas que Lacan había pedido. La respuesta fue totalmente escandalosa, y el juicio que los Miller le ganaron a Élisabeth Roudinesco fue tan solo para avergonzarla: le reclamaron un Euro en compensación económica (pero igual, ella tuvo que pagar las tasas y a los abogados...).

Se trata de un libro que hay que leer y que nos llega tarde, muy tarde...

A continuación, el texto de contratapa:

Lacan fue el protagonista de una de las aventuras intelectuales más importantes del siglo XX. Más de treinta años después de su muerte no deja de provocar asombro. Demonio para algunos, ídolo para otros, el hombre y su obra siguen siendo objeto de las interpretaciones más extravagantes. Hoy, cuando asistimos al desvanecimiento progresivo de la época "heroica" del psicoanálisis y a la eclosión de las psicoterapias, recordar lo que fue la gesta lacaniana es volver a vivir esa aventura intelectual que ocupó un lugar central en nuestra modernidad, y cuya herencia, digan lo que digan, sigue siendo fecunda: libertad de palabra y de costumbres; auge de todas las emancipaciones (las mujeres, las minorías, los homosexuales); esperanza de cambiar la vida, la familia, la locura, la escuela, el deseo; rechazo por la norma; placer por la transgresión.Élisabeth Roudinesco evoca libremente algunos episodios sobresalientes de una vida y una obra con las que toda una generación estuvo involucrada y recorre senderos desconocidos para revelar una cara oculta del único maestro del psicoanálisis de Francia. Muestra otro Lacan, uno de los márgenes, de los bordes, confrontado con sus excesos, con sus objetos, con sus paradojas: Lacan, frente y contra todo.

Tomado del blog de Pablo Peusner, elpsicoanalistalector http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/

miércoles, 23 de mayo de 2012

El diván virtual


Ser madre

Hay que tener los hijos cuando se es joven, dice el consenso. Una afirmación con la que podríamos estar de acuerdo, no sólo por lo que atañe a la biología, que en la juventud nos hace más aptos y con la energía necesaria para asumir el reto, también, porque en ese tiempo sabemos menos de lo que nos espera y somos más osados para cualquier aventura. Porque es innegable que ser madre es toda una hazaña.

Las madres son las más homenajeadas, y con razón, pero también las más culpadas. Lo que no nos debe extrañar porque aquel que está en un lugar de poder, siempre va a ser juzgado. Y no hay mayor poder que el de una madre, sobre el hijo, claro. Es ella la que le ha dado la vida y lo ha cuidado para que sobreviva, ¿existe algo más grande que eso?

Un poder que en los inicios de la relación el bebe exige, esos cuidados sin los cuales intuye que no puede vivir, de ahí su angustia al ser cargado por alguien diferente, ya algo entiende. Más tarde lo seguirá demostrando en la dificultad para desprenderse al entrar al colegio, y en los años siguientes esperando siempre su ayuda, aprobación y apoyo, que cada una dará a su estilo. Algunas angustiadas, demasiado, otras más serenas. Unas rígidas, severas, diferentes a las que todo lo complacen y poco exigen, pero siempre presentes para sostenerlo cuando se cae porque no sabe caminar, y luego, cuando se cae porque perdió, porque lo agredieron, porque lo abandonaron, por todo lo que en la vida hace sufrir.

La madre, ese ser con un poder que nadie le puede enseñar a ejercer y menos, en qué momento abandonar, si eso fuera posible. De ahí que las mayores dificultades en esta particular relación comiencen en la adolescencia, ese tiempo de inestabilidad para el hijo y también para la madre. Porque, cómo lidiar con esa personita tan conocida y cercana que empieza a transformarse físicamente, lo cual ya es un desafío que señala un tiempo que no volverá para la mujer que habita en la madre. Pérdida difícil,  sumada a la de una posición desde la cual ya no podrá regir los destinos del hijo, que ahora todo lo confronta y a diferencia de otros tiempos, sabe, en ocasiones, más que ella.

Cómo disfruta una madre, pero también cómo sufre. Especialmente porque al querer la felicidad de su hijo insiste, como cuando era pequeño, en decirle lo que tiene que hacer y, porque aún él quiera complacerla, no podrá. Intervienen tantos elementos nuevos, la sexualidad, el amor, su ser particular, los intereses disímiles y los cambios en la cultura que van dejando a esa madre obsoleta aunque ella se sienta actual. El cambio generacional no es sólo un concepto, es una herida que se siente en el cuerpo, que separa lo que antes estuvo unido y contribuye a grandes desencuentros.

Y aún así seguirá ahí, para consolarlo, ayudarlo y sobre todo, acogerlo. Es una relación irreventable, aunque en algunas no sea evidente el amor, si lo será la dificultad para contenerse, para no decir lo que se tiene en la punta de la lengua. Y es que, cómo no ser fisgona, cómo saber relacionarse ahora con ese del cual se creía saber todo y ahora casi nada.

Al parecer, crecer es volverse a parir sin romper fuente, y allí cada madre entenderá que el parto no fue lo más doloroso, un sentir que se renueva ya no en el cuerpo, pero que igual a los inicios, tener ese hijo con sus alegrías y penas, será siempre, dicho o callado, lo más importante.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Herlado de Barranquilla, mayo 19 2012

jueves, 15 de marzo de 2012

Seminario. Primera clase


                                      “Femineidad, acto analítico y escritura”

Si sólo fuera posible que alguien se mostrara capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad. Pero parece imposible. Todos, yo también, nos aproximamos a la verdad y la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras. 
Franz Kafka
                                                                                                                                                                
Somos seres extraños, para nosotros mismos. Podríamos decir que el psicoanálisis parte de esta premisa, porque, ¿acaso no se llega a la consulta hablando de uno como si fuera otro? ¿Y no es con este otro con quien se da el encuentro?

La psicología en todas sus variantes sabe de este otro, por eso existen los test, objetivos y proyectivos, buscando indagar lo que se dice más allá de lo que dice. Que arrojan un resultado para decírselo al que dijo, con rótulos que le dicen cómo es, lo que nos indica que estamos advertidos de que no sabemos cómo somos.

Un final de análisis, dice Lacan, lleva a un: Tú eres eso. Una frase que implica un emisor que le dice al receptor lo que es, como en los test, pero a diferencia de estas teorías psicológicas que se apoyan en exámenes, pruebas, evaluaciones, diagnósticos, su búsqueda es un encuentro, una puesta en acto del sujeto del inconsciente. Ese sujeto siempre presente que Freud descubre en los actos fallidos, tan fallidos que nunca dieron, ni dan aún para que se les tenga en cuenta en la cientificidad psicológica, pero que para el psicoanálisis es lo más importante, es con lo que se ha de tratar.

Un Tú eres eso que no lo encuentra el que escucha sino el que habla, porque el que escucha sólo está ahí como garante de una palabra, y no precisamente la suya, sino la de aquel que llega y acepta la apuesta de soportar que sus palabras resuenen, porque acostumbrados por constitución a que: “la aproximación a la verdad la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras”, como dice Kafka, “encuentre un lugar donde alguien sea capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad”.

Es en este sentido que el acto analítico tiene relación con la poesía, por eso no es raro que sea la cita de un escritor quien nos preste ayuda para poder decir lo indecible, porque sólo a alguien con una relación muy íntima con las palabras se le ocurriría enunciar tal queja. Una queja que no es cualquiera, que toca la desolación más íntima del ser humano, esa Torre de Babel, más trágica aún porque hablando consigo mismo y en el mismo idioma no encuentra respuesta posible.

Hay una frase muy recordada de Freud en la que afirma que al poeta le es mucho más fácil acercarse a verdades que al psicoanálisis le es más difícil decir. Lo que nos deja ver de entrada que su proximidad está más del lado del arte que de la ciencia pura, aquella que busca un saber midiéndolo, verificándolo y confirmándolo. Razón de que al leer a Freud, quien sin descuidar revisiones profundas de las teorías de su época, las aproximaciones que hace para acercarnos al saber del psicoanálisis esté más lleno de citas poéticas que de auxilios científicos o filosóficos, porque como dice:

La esencia más profunda y eterna de la humanidad, que el poeta cuenta con poder despertar en su auditorio, son aquellas mociones de la vida del alma que tienen su raíz en la infancia que después se hizo prehistoria”. Y, “Las mejores poesías son sin duda aquellas en que no se nota el propósito de hallar la rima, sino que los dos pensamientos han seleccionado de antemano, por inducción recíproca, su expresión lingüística, tras lo cual una ligera reelaboración permite hacer surgir la consonancia.

Y en alguno de sus escritos, nos da esta poesía de Heine

«Rara vez me comprendieron
y pocas los comprendí a ustedes,
sólo cuando nos encontramos en la mierda
nos comprendimos al instante».

Si, es entendible esta cita, que tomo sin importar su contexto, porque ese es el contexto del psicoanálisis, abordar aquello que la poesía logra sin miedo, pero que la ciencia parece siempre querer esconder. No es lugar para hablar de eso. Para el psicoanálisis si lo es, allí donde es posible tomar en serio lo que siempre se quiere esconder, y aún lo que ni siquiera se sabe que se esconde, por eso alguien jocosamente lo titulaba como alcantarilla, allí donde se puede verter lo pasado descompuesto. Una descomposición cifrada por la palabra y en la palabra, para ponerla en juego.

El acto analítico es un compromiso de decir la verdad y nada más que la verdad, y no consciente, que se sabe imposible, porque el que llega no sabe lo que allí se le pide, y después, aunque lo sepa, no sabe cuándo saltará. Así como el poeta tampoco sabe que su escritura jalona en el mismo sentido, sólo pone sus palabras dónde le dicta una voz que siendo propia, también es otra.

Una voz otra, un Otro con mayúscula como lo va nombrar Lacan para denominar el inconsciente que, en el acto analítico se escucha. Un lugar sin tiempo porque no se sabe cuando aparecerá aquello que viajando en las palabras y más palabras de todos los días, que hace que, como dice Heine: Rara vez me comprendieron, y pocas los comprendía a ustedes, se pueda en un instante fugaz comprender al instante que de lo que hablaba no era de lo que hablaba. Que allí se escondía otra cosa, que muchas veces hará llorar, otras reír, pero lo constante será la angustia, porque allí no hay quien nos diga quiénes somos, permitiendo la aproximación  a la verdad sin derrumbarla a punta de palabras. Y lo que queda es la soledad, el vacío, propicio para un encuentro en que el analista sólo es testigo de una verdad que aflora y ninguno de los dos sabía. Como en la poesía.

Seminario Isabel Prado Misas

El diván virtual


La pasión por no saber

Cuando algo anda mal es común que tienda a negarse, y no por una decisión consciente, más porque no se puede ver, lo que se llama la pasión por la ignorancia. Una condición para todos relacionada con lo inconsciente. Allí donde algo sospechoso hace señas, pero no se quiere saber nada de eso.

Razón que nos permite entender la repetida consulta por amor en la que se dice: “Creía que todo iba bien, no quería ver que algo no andaba, después, en el fondo, esperaba que todo cambiara. Y siempre, porque los recuerdos bonitos pesan más”. Una explicación que no excluye a los hombres pero si más frecuente del lado femenino para seguir en situaciones de maltrato, y no leves, sino los más graves como insultos, desprecios y golpes.
Una capacidad estoica para soportar lo insoportable, que hace que los demás se pregunten y se indignen, indignación que pareciera que las que sufren no sintieran, como si les estuviera vedada la capacidad para reaccionar como corresponde y creyeran que eso es lo que se merecen. Sin embargo, al escucharlas, se entiende que no es así, que hay un dolor muy profundo, y no por lo que les han hecho sino por lo que se han dejado hacer, pero no lo saben, aunque algo intuyan.

“Los mayores dolores son los que uno mismo se infringe”, decía Sófocles y tenía razón, pero las que cuentan esas cuitas ignoran su participación, por lo cual sus sospechas se dirigen siempre al otro y la pregunta que surge es: ¿Por qué me pega? Y no: ¿Por qué me dejo pegar?

Y no se trata aquí de una reflexión para responder también a golpes, es una más profunda y acaso más difícil, porque cuando es posible incluirse como participante, no siempre se sale bien librado, así la participación sea por omisión, que muchas veces se justifica diciendo: “Lo perdono porque después  me trata muy bien”. Respuesta cifrada en una posición mendiga, en una creencia inconsciente en la cual para recibir lo que se quiere y se merece, antes debería ser pagada con un acto que haga sentir miserable.

La sumisión y el sometimiento se creen sinónimos de bondad, cuando pareciera más bien una cierta comodidad que se paga con creces, pero es entendible, somos humanos y nuestra condición nos liga al otro, a veces de tal manera, que hace que nos olvidemos de nosotros mismos.

Estas palabras pueden parecer duras, pero también es cierto que más duro es vivirlo. La razón de que aquí la compasión sólo haga daño, porque más vale una buena pregunta a tiempo que toda una vida de ignorancia. Y no porque se olvide que el amor es ciego o que hay situaciones reales que incitan a quedarse, sino porque cuando se sabe lo que se quiere, no existe poder humano que obligue a someterse a un maltrato inmerecido.

“Nunca he sido discriminada por ser mujer. Porque me preparé. No hay nadie que le calle la boca a alguien que sabe de lo que habla”. Palabras de María das Graças Silva, quien agrega: “Yo nunca viví el prejuicio. Y no lo hice porque lo enfrenté. Se debe tener coraje”. María, proveniente de las favelas brasileras, hija de un padre mal tratador y en su infancia y adolescencia de una pobreza extrema, hoy es la presidenta de una gigante petrolera. Una mujer que parece tener claro cómo quiere ser tratada, que debería incitarnos a una pregunta, y no sólo para ellas: ¿Qué es lo que ignoro de mí, que además no quiero saber y lo único que me queda es la queja? Interrogación que no lo resuelve todo, pero iniciarla puede traer implícitas muchas respuestas.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Marzo 3 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

Invitación al seminario

Femineidad, acto analítico y escritura
Muchos se preguntarán qué relación puede existir en los diversos términos de nuestro título. Y si así fuera, significaría que será un seminario muy productivo porque ya sabemos que para asistir a estos encuentros, el primer requisito es el reconocimiento de cierta ignorancia, sin eso es imposible adentrarse en la búsqueda de una respuesta.
Una averiguación que iremos hilando con ayuda de algunos textos de Freud y apartes de  seminarios de Lacan, que sabemos nos proponen cierta dificultad, por lo cual nos ayudaremos con la escritura, la poesía, eso que queda como resto, que al igual que el psicoanálisis trata de decir lo indecible.
Una invitación para animarnos a entender, porque está implicado, lo que el psicoanálisis propone cuando habla de femineidad. Partiremos de una pregunta dirigida en una ocasión  a un analista y su respuesta: -¿Existe una diferencia entre la posición masculina y femenina al final del análisis? -Diría que los síntomas en ambos sexos contienen una huida de la feminidad. Así que, al final, el sujeto se encuentra mejor en el lado femenino. Respuesta al parecer oscura que trataremos de aclarar, como dice Lacan: buscando relámpagos de luz. En los textos, en la clínica, y en la angustia, el dolor y el deseo, de lo que está hecha la vida cotidiana que sólo a aquellos que escriben les está dado ponerle palabras.
La poesía implica al sujeto, es por eso que lo poético hace algo, por lo menos estremece. Es el sentido del acto, no ser sin consecuencias. Es de esta manera que hay algo emparentado con el acto analítico, pero hay más en este último, la transferencia, la puesta en acto del sujeto del inconsciente.  
TEMAS
El sujeto y el significante.
La medio-verdad.
De los que se dicen hombres, de las que se dicen mujeres.
La transferencia. El saber y el amor.

MATERIAL
Lacan Jacques. Apartes de Seminarios: El acto Analítico. Aun o del goce. La transferencia.
Freud, Sigmund. El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen. El poeta y la fantasía.
Película: El Beso de la mujer araña. Del libro de Manuel Puig. Actores William Hurt, Raúl Julia y Sonia Braga.

Estudio de desnudo para la Gioconda

martes, 31 de enero de 2012

Entrevistas



Entrevista a Lacan por Paolo Carusso.


Conversaciones con Levi Strauss, Foucault y Lacan. Editorial Anagrana, Barcelona, 1968

Con su «retorno a Freud», usted pone en guardia implícitamente contra autores, libros, teorías que, según usted, corrompen el sentido originario del freudismo.
Podría poner muchos ejemplos.

Cíteme algunos.
Como se sabe, la mayor parte de lanzas las he roto contra los círculos dirigentes de la Sociedad Psicoanalítica Internacional, que después de la guerra me han colocado en una situación muy especial. Mi oposición es categórica, agresiva, y se acentúa ante una teoría y una práctica totalmente centradas en las doctrinas llamadas «del Ego autónomo», que dan a la función del Ego el carácter de una «esfera sin conflictos», como se le llama. Este Ego, en substancia viene a ser el Ego de siempre, el Ego de la psicología general, y en consecuencia, nada de lo que pueda discutirse o resolverse sobre él es freudiano. Simplemente, es una manera subrepticia y autoritaria, no de incluir el psicoanálisis en la psicología general como pretenden, sino de llevar la psicología general al terreno del psicoanálisis, y en definitiva de hacer perder a éste toda su especifidad. Aquí me veo obligado a hacer un resumen poco preciso. No puedo insistir sobre lo que representa el grupo de Nueva York, constituido por personajes que provienen directamente del ambiente alemán –Heinz Hartmann, Loewenstein, Ernest Kris (que ha muerto)– los cuales, por así decirlo, se han aprovechado de la gran diáspora nazi para imponer en América, con toda la autoridad que derivaba del hecho de proceder de aquel lugar benemérito, una cosa absolutamente adecuada a una sociedad que, en este aspecto, estaba esperando que los Magos la intimidaran. Para sus teorizaciones encontraron incluso excesivas facilidades, surcos demasiado trazados por una tradición, para no extraer beneficios extraordinarios de carácter personal. En una palabra, se trata de una traición muy clara a lo que continúan siendo los descubrimientos peculiares de Freud.

En sus Écrits figura un importante ensayo dedicado al «tiempo lógico»; y en general, el problema del tiempo es un tema clave de sus investigaciones. ¿Podría usted resumir los términos del planteamiento?
Todavía estoy muy lejos de poder abordarlo con toda la amplitud de implicationes con que podré hacerlo en el futuro. El tema del tiempo me toca muy de cerca, en primer lugar, porque como todo el mundo sabe, yo hago un uso muy variable de la referencia temporal. Por ejemplo, yo no me someto al standard temporal que suele utilizarse de una manera estereotipada en la práctica psicoanalítica.

¿En qué sentido?
En el sentido cronológico y terapéutico. Quiero decir que los psicoanalistas suelen hacer durar las sesiones unos 45 minutos, y después se paran. El hecho de que la mayor parte de los analistas sigan este criterio, como una referencia básica sobre la que se debe trabajar, sin que exista posibilidad alguna de discutirla, es un fenómeno muy curioso. Yo creo que el analista, por el contrario, ha de conservar su libertad, entre otras cosas, para utilizar una sesión breve o prolongada según le convenga.

Es decir, de cinco minutos a tres horas.
Sí. Es él quien debe decidir el por qué. Aun cuando se han aducido muchos argumentos sobre esta cuestión, resulta increíble, exorbitante, que sea preciso ofrecer pruebas concluyentes. En todo caso, deberían ser los que creen, Dios sabe por qué, que el standard ha de ser de 45 minutos, invariable y obligatorio, los que deberían justificar esta invariabilidad. Y en cambio, no se han podido dar explicaciones distintas del «todos lo hacen así». Esta costumbre fue copiada, transcrita de Freud quien, no obstante, cuando la transmitió tuvo mucho cuidado en señalar sus reservas diciendo, poco más o menos: «yo lo hago así porque me resulta cómodo y si otro quiere seguir un criterio más cómodo para él, puede hacerlo tranquilamente». Desde luego, ésta no es la manera de debatir la cuestión, porque decir «lo hago así porque me resulta cómodo» no es ningún argumento. Freud dejó el problema sin solución. Sobre la «dosificación» del tiempo está todo por decir.

Pero evidentemente, cuando usted me formulaba su pregunta no pensaba en este «tiempo». Sólo he querido referirme a este punto porque para mí es muy grave y no veo la razón de evitarlo. Y con mayor razón porque nadie lo afronta, como si tuvieran miedo de quedarse sin un terreno sólido en el que apoyarse en la práctica. Me sabe mal dejarlo porque podría explicar muchas cosas. Pero tampoco puedo evitar de insistir sobre ello porque en muchas ocasiones, cuando no se me ha podido atacar respecto a la doctrina, me han atacado en este terreno. En realidad, da lo mismo que lo haga así o de otra manera; como en cualquier caso los demás también lo harán a su manera, ¿qué puede importarles que yo utilice esta práctica? Es tan cierto esto que algunas personas que yo he formado según este criterio han sido recibidas con los brazos abiertos en la Sociedad Psicoanalítica Internacional, con la única condición de que votaran contra mí en determinada circunstancia. Esto ha bastado como autorización total.

Volviendo a la pregunta de antes…
Es cierto que existe un tiempo que no es el de la inercia psicológica, o de la transmisión nerviosa, sino el tiempo de la transmisión intelectual; ahora, mientras hablo, usted emplea cierto tiempo para darse cuenta de lo que le digo, aunque es difícil medirlo. Pero no es éste tampoco el tiempo que le interesa…

Al contrario, me interesa muchísimo.
Sí, es muy interesante, pero tampoco es el tiempo «analítico». Mejor dicho, es analítico en el sentido de que, cuando levanto un vaso, por ejemplo, noto su peso: en este sentido todo lo es. En cambio, basándose en las funciones del inconsciente el tiempo específicamente estructural está constituido por el elemento de «repetición». Justamente ahora se comienza a explorar si se trata de una temporalidad ligada esencialmente a la constitución como tal, a la llamada «cadena significante». Estamos en el plano del ritmo, de la cadencia, de la interpunción, de los grupos temporales en los que se pueden hacer distinciones propiamente topológicas –de grupos abiertos y grupos cerrados, por ejemplo. Lo que una frase es en sí, lo que comporta la unidad esencial de la frase por el hecho de ser un ciclo cerrado y como consecuencia, un cumplimiento posterior con efectos de carácter retroactivo, todos éstos son temas que apunto continuamente en la dialéctica que desarrollo, pero que aún no he aislado como problemas autónomos en un capítulo dedicado al problema de la temporalidad; ni he creído que la mejor manera de exponerlos fuera «seriándolos» con base en categorías intuitivas, según los modos de la estética trascendentalista. He introducido una nueva dimensión en el tiempo lógico, la de la «precipitación identificadora», como cosa que en el fondo se autodetermina y que solamente puede actuarse en cierto modo que llamo del a-tiempo lógico. Mi contribución es muy original y entre los especialistas de lógica hubiera podido provocar un gran interés si éstos no trabajaran a un nivel «no saturado» como el que trabajan, dedicándose únicamente a la constitución de sistemas formales. Pero cuando se reintroduzca la noción de sujeto en cuanto implica la dimensión del sujeto freudiano en su reduplicación profunda y originaria, la división inaugurante que es la del sujeto como tal, solamente podrá ser establecida por la relación entre un significante y otro significante que es consecuencia retroactiva del primero; de hecho, el sujeto propiamente es lo que un significante representa para otro significante. Aquí radica, se inaugura el fundamento propio de la subjetividad, en la medida en que se puede deducir la necesidad de un inconsciente no transponible en cuanto a tal, de un inconsciente que no puede ser vivido de ninguna manera en el plano de la conciencia. Cuando estas cosas hayan sido teorizadas adecuadamente, es decir, cuando se haya puesto en evidencia la «estructura topológica», podremos establecer con mayor libertad las bases de una lógica pre-subjetiva, o sea de una lógica que surja en la frontera de la constitución del sujeto.

En términos sencillos, esta estructura, ¿es una verdad más acá del tiempo?
No. No creo que pueda ser interpretado así. Yo también creo que la verdad siempre está encarnada. El ámbito de la verdad y el del saber sólo comienzan a distinguirse cuando en verdad el verbo «se hace carne». La verdad es lo que resiste al saber.

Por lo tanto, para usted la verdad no es una cosa que se sitúe en el tiempo.
No. Sólo puedo concebir un ámbito de la verdad en donde hay una cadena significante. Si falta un lugar en donde pueda manifestarse lo simbólico, nada se puede proponer como verdad. Es lo real, con toda su opacidad y con su carácter de imposible esencial, y sólo cuando entramos en el ámbito de lo simbólico puede abrirse una dimensión de cualquier clase. La verdad difícilmente puede ser calificada de dimensión porque en el fondo, todo lo que decimos es verdad en cuanto lo decimos como verdad; incluso en el caso de que haya cierto matiz de falsedad, no se trata propiamente de falsedad precisamente porque lo decimos como verdad; la verdad no tiene ninguna clase de especifidad.

Según usted, ¿cuáles habrían de ser las principales consecuencias de una aplicación radical del psicoanálisis a la moral objetiva, a la moral social?
No he dicho nunca que se tratara de una moral social.

La llamo así para distinguirla de la moral de intenciones, del sentido de culpa, etc.
No creo que el psicoanálisis llegue a eliminar el sentido de culpa.

No, es cierto, pero no se trata de eso.
Pero quiero precisarlo, porque hay mucha gente que cree que el psicoanálisis va a liberar a la humanidad de la culpabilidad. La culpabilidad, querido amigo, es la principal protección contra la angustia. Y como para esto va muy bien, sería un verdadero error renunciar a ella.

El diván virtual


La vida es de valientes

Empezamos un nuevo año, con los deseos de que lo que no fue amable en el anterior, lo sea en éste. Y si aceptamos que algo de esa amabilidad dependerá de lo que hagamos, se hace necesario empezar a revisar cuáles son las acciones que debemos, primero reconocer y después eliminar del inventario de nuestra vida. Claro que no hay nada más difícil que emprender esta tarea, porque hay mucho que desconocemos de nosotros y lo poco que sabemos, al parecer, lo amamos más que a nosotros mismos, evidente en que aunque nos cause daño lo seguimos repitiendo.
Convengamos entonces que buscar conocernos es un camino lleno de engaños, por la tendencia a protegernos y porque eso de amar lo que nos hace sufrir, no es un chiste. Y ¡ay! de aquel que se atreva a poner, no el dedo, sino la palabra donde más nos duele, inmediatamente será sacado del círculo de nuestros afectos porque ahí se hace cierto lo que dicen: “Yo hablo mal de mí pero no me gusta que me ayuden”. Para evitar la ayuda nos alejamos de los que son sospechosos de no acordar con nosotros y nos acercamos a los que nos dicen lo que queremos oir.

Y lo hacemos porque desconocemos que no hay nada que haga más estragos que ese sentimiento que incluye cierta lástima. Tener consideración con el semejante y con nosotros mismos, nos hace generosos, pero cuando toma otro cariz y en lo que sucede no se incluye al que se queja, porque se lo exonera de toda responsabilidad, la única salida que le queda es la autocompasión y la repetición, pues al no tener nada que ver en el asunto nunca encontrará salidas al problema.

Creemos que a nadie le gusta que le tengan lástima, por eso cuando nos vemos enfrentados a situaciones que nos llevan a sentirla, desviamos la mirada. Sin embargo no son escasas esas situaciones que algunos las convierten en una forma de vida, una reflexión que hay que encarar, tema espinoso porque roza cierta forma de pensar en la que se cree que sentir pesar lo hace a uno bondadoso, desconociendo que verdaderamente lo somos cuando podemos reconocer en el otro la dignidad que merece.

Auto compadecernos y compadecer es lo primero que debería salir de nuestro repertorio, si entendemos que la vida consiste en estar expuesto a lo que ella entrega, en la cual habrá momentos para reír y otros para llorar, y si un llanto o un malestar se ha vuelto eterno, está mostrando algo propio, y al que le adjudicamos toda la culpa es solo un comodín en el que reflejamos lo que no hemos podido reconocer de nosotros. Iniciarse en el camino de averiguarlo es de valientes, vivir también.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Enero 7 de 2012

viernes, 13 de enero de 2012

Lecturas recomendadas


INSTITUTO DEL CAMPO FREUDIANO EN ESPAÑA.
RED DE FORMACIÓN CONTINUADA EN CLÍNICA PSICOANALÍTICA.

Preguntas a Anna Aromí

¿Qué nuevo estatuto adquiere la demanda o cómo entender la nueva demanda que aparece una vez que el sujeto ha podido concluir que no hay un Otro que le vaya a completar?

Hablar es pedir. Hablar es pedir ser escuchado, así se instituye el lugar del Otro. El psicoanálisis es una experiencia extrema de esto porque va a llevarlo al límite. Todo analizante pide, incluido en el ser aliviado, ser escuchado. Esta estructura es anterior a toda interpretación, mejor dicho, es la interpretación básica que sostiene el trabajo analítico: hable, lo escucho (no importa lo que diga, será maravilloso, añadía Lacan). Así se comienza un análisis: la demanda instituyendo el sujeto supuesto al saber del inconsciente.

Ahora bien, una cura conlleva la destitución de este Otro. Y cuando este Otro cae, ¿cae con él toda demanda?, ¿el sujeto no se interesará más por ser escuchado? No es seguro. Si acaso, el analizante ha descubierto que detrás de esa demanda, sosteniéndola, está la pulsión, el goce. El gran Otro sostenido por el pequeño a. Entonces sí es cuando el sostén neurótico de la demanda puede caer, la aspiración a ser completado y a completar al Otro.

Es así como entiendo que Lacan dice, en un momento muy especial de su vida, que habla sin esperanza, sobre todo sin esperanza de ser escuchado. Que las palabras sean recogidas es una pura contingencia. Una contingencia de amor.

Preguntas a Antoni Vicens

¿Cuáles son las transformaciones que puede obtener un analizante como resultado de su análisis?

Las transformaciones pueden ser: andar menos extraviado; perder menos el tiempo; dejar de esperar consistencia; temer menos a la locura; ejercer la responsabilidad política; etc. En mi caso, las transformaciones obtenidas sobre el amor, la lectura, la escritura o el dinero, prosiguen.

¿De qué no se cura?

Ni de la idiotez ni de la locura.

¿Cuál es ese límite, ese imposible?

El límite que tiene nombre no es un límite.
 
Si la salida final para un analista lacaniano es la vía del "sinthome" relacionado con un resto sintomático, goce pulsional que no puede ser anulado: ¿Cómo hacer de ese resto incurable, de ese hueso final, algo fecundo?

Amando y trabajando, no sin política (ésta excluye el odio y el sacrificio).

¿Existe una diferencia entre la posición masculina y femenina al final de análisis?

Diría que los síntomas en ambos sexos contienen una huida de la feminidad. Así que, al final, el sujeto se encuentra mejor en el lado femenino.


Pregunta a Carmen Cuñat

¡Sin tiket de salida! ¿Cómo se articularía la dimensión del inconsciente saber, el trabajo de producción de saber en el análisis con ese lugar de S(A/), en el que se inscribiría la conclusión de la experiencia?

No hay tiket de salida, eso se ve muy bien en los testimonios de los AE. Ha habido todo un trabajo de elaboración y de reducción que les lleva a plantearse la salida. Pero en último término la salida depende de una decisión ética, del coraje de pegar el salto, de enfrentar "el hiato del S(A tachado) y su abismo". Es el "Il faut yaller" del que nos hablaba Anne Lysy recientemente. La salida no es el resultado de una deducción lógica. De la misma manera, Lacan señala que "el sentido cientificista" de Freud no le permitió reconocer que su inferencia del inconsciente era fruto de una decisión ética. El coraje de Freud está antes que la inferencia.

Está el saber que se obtiene en un análisis por la vía de la repetición, pero en el momento de concluir ese saber se torna vano. El que no termina es quizás porque aun le da mucho valor a ese saber. Si el inconsciente al final deviene real es porque es pura brecha. Pero el que termina no se va de vacío; es porque ha conseguido tener una idea de su modo de gozar singular y ha consentido a ello. Al escuchar a los AE, parece que es esto lo que promueve el coraje.

Preguntas a Enric Berenguer

Lacan dice que todos los psicoanalistas tienen que haber experimentado el proceso de la cura desde el principio al fin, el fin del análisis es también el pasaje desde la condición de analizante a la de analista. “La verdadera terminación de un análisis”, por lo tanto, no es ni más ni menos que lo que, “los prepara para convertirse en analistas”. Una vez que se ha llegado a esta etapa y se ha pasado por el procedimiento del pase ¿Crees que puede existir un verdadero fin, o bien, el análisis de un analista nunca termina?

Un Un análisis termina. Y puede ser un verdadero fin. La vida sigue, y otros encuentros con lo real quizás pongan al inconsciente de nuevo a la obra, de ahí la posibilidad de nuevos síntomas, de un nuevo recorrido. Por supuesto, eso nuevo tiene que ver con lo antiguo, pero si hubo verdadero análisis, ya no es lo mismo. Puede haber más de un análisis y más de un fin verdadero. Lo cual no tiene que ver necesariamente con que se siga sosteniendo donde se debe, más allá del análisis, la posición de analizante. Esto no debiera terminar nunca.

Lacan nos dice que el fin del análisis no es la desaparición del síntoma, ni la cura de una enfermedad subyacente, puesto que el análisis no es esencialmente un proceso terapéutico sino una búsqueda de la verdad, y la verdad no es siempre benéfica Según tu experiencia clínica, ¿Cuál es el mejor camino para ayudar al sujeto cuando la verdad no es benéfica?

Demostrar que, al fin y al cabo, el hecho de que no sea benéfica no la hace maléfica (para ello haría falta un Otro que de verdad existiera). Que a uno lo disguste no la hace toda, sino tan media como la de cualquiera. Como oculta molesta bastante, no hay más remedio que hacerla salir del pozo. Aunque esto se puede hacer con tacto, y dejando ver en todo momento que se trata también de un semblante. Habrá que creer en ella tan solo lo justo.

Preguntas a Mercedes de Francisco

¿Se puede hablar de “obstáculos” encontrados en la práctica, tanto por parte del analista como por parte del analizante, para la finalización del análisis? ¿Hay un momento adecuado para terminar un análisis y si la ocasión pasa produce efectos?

Es desde mi experiencia como analizante que voy a contestar esta cuestión. En un momento dado a raíz de un sueño, comencé a atisbar la posibilidad de un final, cosa que hasta ese momento no había estado presente para mí. A partir de ahí y sin apresuramiento por mi parte continué, hasta que supe que el final ya estaba ahí, y en ese mismo momento una dificultad se hizo presente esperar un signo por parte del analista que evidentemente no llegaba. No fue por una elaboración, ni por un pasar de las sesiones que pude tomar la decisión, esta llegó de la mano de lo que era una de mis nominaciones, la angustia, cuando en una escena cotidiana y trivial apareció anudada a este pensamiento “si no realizo este acto, todo se repetirá de la misma manera” (en sí mismo algo imposible), aunque no se trataba de un sueño, tenía la fuerza de la pesadilla; tomada la decisión la angustia cesó y mis dos siguientes sesiones fueron las últimas. La soledad que implica este acto no lo torna fácil para el analizante, y del lado del analista queda la responsabilidad de no obstaculizarlo.

En el apólogo de los tres prisioneros, Jacques Lacan, nos muestra como en el tiempo de comprender se trata de una elaboración necesaria antesala del acto. Sin embargo, el momento de concluir sancionado con un acto está separado de la elaboración que hicimos para llegar a él, tanto, como de la demostración posterior para dar cuenta de él.

El diván virtual


                                                               Las trampas del narcisismo

“Si siempre me pasa a mí, es porque soy yo”, concluía alguien sabiamente en medio de su jerigonza. Una reflexión al parecer evidente pero huidiza, porque la máxima que el recordado Sócrates nos dejó: “Conócete a ti mismo”, no es fácilmente aplicable. Conocerse a uno mismo está lleno de engaños, muchos, relacionadas con el narcisismo.

La historia de Narciso es bien conocida, ese bello joven griego castigado por Némesis, la diosa de la venganza, quien lo condena por haber rechazado a Eco, una jovencita perdidamente enamorada del mancebo y quien había sufrido también la furia de otra diosa, que la había sentenciado a que de su voz sólo podía oírse la repetición de la última palabra que se dijera. Dos condenados y un famoso relato que ha trascendido a través de los tiempos, origen de un concepto psicoanalítico para dar luces, de por qué es tan difícil cumplir lo que dice el filósofo.

Narciso, dice la mitología, al mirarse en las aguas de un manantial queda tan prendado de su belleza, que arrobado y en su propia búsqueda, se ahoga en las aguas tratando de abrazarse. Una leyenda que explica el nombre de una flor y también la disposición que tenemos los humanos de sucumbir a nuestra propia imagen.

Porque: ¿Cómo reconocer algo diferente en lo que siempre hemos visto igual? No nos damos cuenta, pero es una situación que presenta un alto grado de dificultad, sólo basta recordar el dolor que nos causa que alguien en quien hemos puesto nuestro afecto, nos muestre una faceta desconocida y poco atractiva. Si esto sucede con el semejante, a quien seguramente amamos menos que a nosotros mismos, podemos entender que mucho más grande será el sufrimiento de aceptar lo propio, por lo cual, lo más común, es no querer saber nada de eso.

Un no querer saber lleno de argucias, que también desconocemos, la más importante, suponer que el narcisismo sólo se presenta cuando creemos lo mejor, como el protagonista de la historia. Pero no es así, también lo encontramos en esa forma peyorativa y lacerante de inculparnos, porque lo que importa en él, es que ese constante “yo”, no desprenda la mirada de sí mismo. Una versión de Narciso inconforme, que mirándose al espejo no se gusta, pero igual, allí rendido por un yo ideal que quisiera ser, no puede aceptar la realidad de lo que es.

Es innegable que este es uno de nuestros mayores malestares, esa distancia entre lo que vemos y lo que realmente somos, una división que se da por estructura, porque el ser humano es aquel que existe y además lo sabe, probablemente la razón que llevó a Sócrates a su famosa frase para conminarnos a esa búsqueda.

Una averiguación entrampada también por el poder de la palabra, porque como Eco, repetimos palabras escuchadas con las que se conformó nuestra imagen, para no gustarnos o gustarnos demasiado. Narcisismo en los dos casos, que hace que se viva en una situación de exclusión, en el primero, por una posición de esclavo, que hace sentir que no hay merecimientos para ser aceptado. En el segundo, en una posición de amo, por suponer que los demás nunca estarán a su altura.

“Si siempre me pasa a mí, es porque soy yo”, una frase de alguien que ha empezado a vislumbrar que lo que le sucede lo incluye. Un “mi” y un “yo”, esos términos con los que nos nombramos, en este caso para iniciar una averiguación que le permita alejarse del espejo donde siempre se ha mirado y dejar de ahogarse en las palabras que invariablemente se repite, para poder entender qué tiene que ver su yo, en lo que siempre le pasa.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de barranquilla, colombia. Diciembre 10 de 2011

viernes, 18 de noviembre de 2011

Lecturas recomendadas


MATEMÁTICA DE LOS GRAFOS
Los grafos del deseo en Subversión del sujeto y el Seminario
por Carlos Faig
                                                                       
II CLASE. TRANSITIVISMO Y CONCURRENCIA
Habíamos llegado hasta el abordaje que hace Lacan del piso inferior del grafo y nos detuvimos en la retoma que se produce allí de la Fenomenología de Hegel.

Hoy voy a ocuparme nuevamente del piso inferior pero en otro sentido. La clase anterior había mencionado que la importancia de este piso en la clínica lleva al tema de la sugestión. En lo esencial, la sugestión se reduce al sentido. Incluso podríamos arriesgar que la sugestión es paralela al efecto de sentido. En la clínica psicoanalítica la sugestión aparece, de modo correlativo a aquel efecto y cuando la interpretación se encamina en esa vía. Es el caso más común que la práctica analítica alimente al síntoma; generalmente promueve nuevos sentidos a los síntomas del sujeto, un lugar desde el cual nombrarse o nombrar su enfermedad. La sugestión es verdaderamente una nave. Al viaje propio y, en ese sentido, ineliminable del análisis, llamésmole: la nave del análisis. Pero el psicoanálisis no es una ciencia de la significación, como se creyó en cierta época, sosteniendo la idea en ciertos textos de Lacan, su filiación pretendidamente estructuralista, su vinculación y su amistad con Jakobson y Lévi-Strauss. Si el psicoanálisis no resuelve el terreno de la significación en general, del sentido (sin hacer mayor diferencia en este caso), si no lo reduce, no puede distinguírselo de la psicoterapia.

Voy a tomar algunos ejemplos que mencioné en un artículo de hace unos años. Un paciente en análisis freudiano comenzó a soñar repetidamente con la comida totémica. De más está decir que tanto el paciente como el analista estaban muy satisfechos con esos sueños. En otro análisis, conducido por una analista kleiniana, los sueños presentaban una muy abundante cantidad de símbolos. Aparecían símbolos de genitales femeninos, del pecho, así como también túneles y objetos muy próximos a algunas descripciones de Melanie Klein: heces explosivas y cosas de ese estilo. Por último, un paciente en análisis lacaniano soñaba con imágenes del cuerpo fragmentado, con ectopias corporales al estilo del Bosco, como hubiera agradado a Lacan.

El poder de sugestión en el análisis penetra hasta el nivel onírico. Los sueños, esos sueños, reciben sobre sí el mensaje invertido del analista en juego en cada uno de ellos. No porque el paciente quiera agradar a su analista, dimensión que sin duda está también presente, sino por la estructura de la significación: el sueño vale en razón del punto a partir del cual recibe su significación. Esta es, precisamente, la nave del análisis.

Releyendo un texto de Roger Callois encontré otro ejemplo sobre la sugestión en los sueños. Callois escribe: “Una mujer fue a ver al rabí Eliezer y le dijo: “He visto en sueños que el granero de mi casa se abría por una rajadura”. Él le contestó: “Concebirás un hijo”. Ella partió y eso fue lo que sucedió. De nuevo soñó ese mismo sueño y lo contó al rabí Eliezer quien le dio la misma interpretación, y eso fue lo que sucedió. Ella soñó el mismo sueño por tercera vez y buscó al rabí Eliezer. Al no encontrarlo, dijo a sus discípulos: “He visto en sueños que el granero de mi casa se abría por una rajadura”. Ellos le contestaron: “Enterrarás a tu marido”. Y eso fue lo que sucedió. El rabí Eliezer, sorprendido por los llantos, se informó de lo que andaba mal. Sus discípulos le contaron lo que había pasado. Exclamó: “¡Desdichados! ¡Han matado a ese hombre! Acaso no está escrito: Como nos lo explicó, así fue”. El sueño −como dice Callois en ese mismo texto− sigue a la boca que lo interpreta.

Lacan desdobla la forma primera del grafo para salir del terreno de la sugestión. El piso superior, entre S◊D y S(A), entre la pulsión y el significante de la falta del Otro, es una suerte de significación gráfica que recalca la superposición de las líneas por segunda vez, simbolizando que el deseo se produce en el más allá de la demanda. El ché vuoi? de Cazotte, que constituye el tercer grafo, permite pasar al último estado de la construcción al plantear el problema del sujeto en dependencia de su querer. La pregunta de Cazotte es también una sigla del sujeto, una S que se ubica sobre el lugar del Otro, como si éste fuera el punto del signo interrogación. En el piso inferior el deseo del sujeto, su querer, no podría tener solución: es tanto su “deseo” como el “deseo” del Otro. Nada le garantiza allí que lo que pide sea verdaderamente pedido por él. Mientras se mantenga la significación de la demanda el transitivismo no desaparece. La significación se desliza sin poder detenerse en el sujeto o en el Otro. El problema es entonces cómo se sale de la significación o, lo que es lo mismo, ¿cómo la interpretación puede tener alcance sobre el deseo? ¿Cómo producir el deseo más allá de la sugestión?

Veamos el problema desde otro ángulo. Si el niño depende en primer lugar de la significación materna, aprenderá, como dice Melanie Klein, que la madre contiene el falo, es decir, será remitido a la instancia paterna (cf. la crítica de Lacan a la adhesión de Jones al kleinismo, en Écrits, p.e., p. 688). Pero nada nos dice que no sea el padre quien, en segunda instancia, signifique al hijo. Y no es lo importante aquí que se trate de ese tipo de padre materno, o de una pareja combinada incluso. Lo importante es que en tal caso no saldríamos, en modo alguno, de la estructura de la significación. Pasaríamos, simplemente, de un Otro a otro Otro, si se quiere más potente o, aun, más eficaz, lo que es todavía peor. Es en este lugar y respecto de este
problema que en la complicada mitología freudiana toma su estatuto el mito del Padre Muerto. Por esto, y como Jones lo ha consignado en su biografía −aunque obviamente no por esta razón−, Freud consideraba a Tótem y tabú su obra principal.

Es necesario que aquel que está destinado, por cualquier razón que sea, a ocupar ese lugar lo haga al precio de su desaparición6. Lo esencial del complejo de Edipo, en cierta forma, se halla en esa cuestión: en la caída de la dimensión del Otro (desde otra perspectiva: el destino de resto que toma el héroe en la tragedia). De ahí que el mito de Edipo aparezca como normativo respecto del deseo. Pero en otro sentido, como decía Lacan, el Edipo no es más que el cuadro con el que los analistas reglan el juego.

Edipo pone en juego el destino del héroe en la tragedia, el resto, el resultado de la operación analítica bajo la especie del (a). Se ve así que el Edipo no hace más que recubrir la castración, la caída del Otro en el objeto (a). En Subversión, por ejemplo, leemos: “Pero lo que no es un mito, y que Freud ha formulado sin embargo tan pronto como el Edipo, es el complejo de castración” (E, p. 820). Hay otras observaciones de Lacan, en este mismo texto, en la misma línea: “Se haría mal en creer que el mito freudiano del Edipo termine con la teología. Pues no basta agitar el guiñol de la rivalidad sexual. Convendría más bien leer lo que en sus coordenadas Freud impone a nuestra reflexión: pues vuelven a la cuestión de dónde él mismo ha partido: ¿qué es un padre? (E, p. 812). Y, más adelante, para terminar con esta serie de citas (a las que se podrían agregar aun otras referidas a la castración, al Padre Muerto, etc.): “Ya es mucho que tengamos que ubicar aquí, en el mito freudiano, al Padre Muerto. Pero un mito no se basta sin soportarse por algún rito, y el psicoanálisis no es el rito de Edipo, observación a desarrollar más tarde” (E, p. 818). Para decirlo con otros términos, hay un éxito de descubrimiento en la empresa freudiana. Este éxito gira en torno al descubrimiento del complejo de castración. Digo “éxito de descubrimiento” en el sentido en que se habla de él en la fonología (me refiero a los resultados que se obtienen después de Saussure: el fonema como objeto formal separado de la fonética), o incluso en el sentido de la tablas de Mendeleev que permiten, una vez producidas, deducir la existencia de elementos desconocidos empíricamente. El éxito, en el campo del psicoanálisis, consiste en descubrir el complejo de castración, y su relación con la subjetividad.

Este desarrollo sobre el Edipo y los fragmentos que cité no tienen más función que la de procurar un apólogo al piso superior del grafo. Me permití tomar el complejo de Edipo como apólogo −ya que tiene relación con la danza de faltas en que se constituye el deseo− de la falta del Otro. El grafo, pues, en su forma desarrollada, introduce la falta del Otro, y esa falta no es a entender únicamente, como se cree erróneamente, como la falta del Otro −al Otro le faltaría, por ejemplo, el significante que lo designe para sí mismo; o bien, el Otro se constituye en razón de un significante faltante−, se trata también, y es lo esencial, de la falta del Otro, de que no hay Otro, en el sentido del genitivo por donde es el Otro mismo quien desaparece. Solo esta operación permite que se halle una salida al problema que introducía la significación, permite la articulación del deseo (aun cuando queda por explicar todavía que la condición de articulación del deseo es que sea inarticulable dado que está articulado en un nivel que no le es propio, la demanda, cf. E, p. 804).
Lacan sostiene explícitamente en el texto que el Otro falta. No es una fórmula extraña a Lacan, pero es raro encontrarla tempranamente. No sorprende hallarla en el seminario XIV; puede sorprender encontrarla en Subversión. Respecto de esto voy a citar dos párrafos: “(El goce) la experiencia prueba que me está ordinariamente prohibido, y esto no únicamente, como lo creerían los imbéciles, por un mal arreglo de la sociedad, sino diría yo por la falta (faute) del Otro si existiera: al no existir el Otro, no me queda más que tomar la falta sobre Je, es decir creer en aquello a lo que la experiencia nos conduce a todos, y a Freud en primer lugar: al pecado original” (E, p. 820, el subrayado es mío). Y hacia el final del escrito: “(...) por qué razón sacrificaría su diferencia (todo pero no eso) al goce de un Otro que, no lo olvidemos, no existe” (E, p. 826, el subrayado es mío).

Ver todo el texto en el blog el psicoanalista lector de Pablo Peusner  

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El diván virtual


                                                          ¿Qué nos enseña Steve Jobs?

Por un discurso muy conocido sabemos algunos aspectos de su vida, uno de ellos, que fue regalado por su madre a sus padres adoptivos con una condición, que fuera a la universidad. Algo que no sucedió, aparentemente en ese tiempo por razones económicas, que él interpretó más tarde como la forma de seguir su propio camino.

Enseña así que en la condición humana no hay nada escrito y que si bien es cierto que lo sucedido en el pasado determina nuestro presente, es falso creer que hay fórmulas que permiten la generalización, según las cuales, un suceso que afecta a uno de determinada manera, es igual para todos. Una creencia que determina diagnósticos y tratamientos errados, también saberes que se sostienen, que si no estuvieran, no se sufriría por eso.

Hizo evidente que ser o no un hijo deseado está relacionado con lo que puede ser de alguien en el futuro, pero no a la manera que lo entendemos, evidente en la pregunta que figura en las historias clínicas donde se consignan los datos del que llega a consulta psicológica por algún síntoma. ¿Fue un hijo deseado? A lo que siempre se da una respuesta, vaya a saber qué tan cierta, que algunos responden negativamente cifrando allí el dolor de su existencia. Así como antes se sufría por ser hijo natural, ahora en los anaqueles del olvido, que en su momento alguien resolvió con un chiste diciendo: menos mal no soy artificial.

Entendible, si somos menos románticos y más realistas, porque viendo cómo se mueve el mundo, la proliferación de sus habitantes y los dramas del amor y la sexualidad, ¿no es más lógico pensar que los deseados, aún no sean regalados o abandonados, son más bien pocos?

Steve Jobs nos enseñó que vivir implica perder, que es parte del desvío de los caminos que recorremos, virajes que las situaciones nos imponen, crisis a las que cuando se responde con entereza y no con autocompasión, mucho se puede alcanzar. Al parecer no era sólo un genio de las computadoras, también de la vida, para lograr entender que en ella creemos saber para donde vamos, una ficción que a cada paso se nos desbarata, además, porque no tenemos brújula.

Sabía que podía inventar muchas cosas pero no ese cuadrante, lo que sí tenía claro era que lo único que nos puede guiar es la certeza de la muerte, la única brújula que nos puede acompañar para aprovechar ese momento que es la vida, porque independiente del deseo de quien nos la dio, ya es un regalo.

También por él podemos concluir que no se enseña con cátedras, consejos o peroratas, que se hace con la propia vida y no precisamente porque quisiera dar ejemplo, seguramente algo lejos de su pensamiento cuyo interés era crear y trabajar. Así mostró que seguir el propio deseo, reconociendo que hay cierta dificultad no sólo para encontrarlo sino también para realizarlo, es una excelente manera de darle sentido a lo que hacemos y entregar a los demás lo mejor que se tiene.

Un personaje que no se puede olvidar, no sólo porque tuvo la posibilidad de ver el mundo más allá de los límites impuestos a todos sino porque logró una revolución, y no aquellas que dejan muertos sino las que oxigenan la vida, que subvierten lo que antes había sido visto de una sola manera y nos recuerdan que el tiempo y el espacio, están atravesados por una concepción humana por lo cual tampoco allí, hay fórmulas inamovibles. Pero especialmente nos enseñó que el deseo es enigmático y no viaja por carriles conocidos por nosotros. ¿Acaso no terminó en la universidad sin haber estado en ella, y además premiado?

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barraqnuilla, Colombia. Octubre 15 de 2011

jueves, 3 de noviembre de 2011

Interesante.


David Cronenberg, director de “Un método peligroso
Escrito por José Arce

La sola mención del nombre de David Cronenberg llena nuestra mente de imágenes turbadoras que surgen de la incomparable filmografía de un realizador clave en el cine de las últimas tres décadas. Ahora presenta “Un método peligroso”, centrada en la complejísima relación a tres bandas entre Sigmund Freud (Viggo Mortensen), Carl Gustav Jung (Michael Fassbender) y Sabina Spielrein (Keira Knightley).

Y la verdad es que sorprende encontrarse a una persona sencillamente encantadora, amable y atenta, alejada de la imagen inquietante que puede derivarse de su trabajo tras las cámaras. Charlamos con él durante unos minutos que pasan volando; su agenda manda, evidentemente, y tenemos que dejar para otra ocasión una conversación más distendida que se antoja forzosamente fascinante.

Tu carrera sigue llena de personajes turbadores.
Sí. Los personajes de esta historia fueron muy perturbadores en su momento histórico y el momento en el que vivían. En general, no tengo reglas cuando escojo un proyecto, me dejo llevar por mi instinto; de hecho, cuando leí la obra de Christopher Hampton no estaba buscando una película, pero según fui descubriéndola me pareció tremendamente interesante poder explorar cinematográficamente la vida de Sigmund Freud, todo un icono de la vida intelectual del siglo XX.

Y en un momento histórico fascinante.
Exacto, justo antes de la Gran Guerra. Fueron un montón de piezas que ensamblaron solas.

Vuelves a acertar con el casting con el trío principal.
La elección de un reparto es como un arte negro. Es algo muy, muy importante, pero no hay reglas, no hay nada escrito que te ayude a elegir. Puedes matar una película si te equivocas de actor. También me dejo llevar por mi intuición en ese sentido; algo que hago también mucho es ver en Internet las entrevistas que hacen a los actores, porque muchas veces no tienes la posibilidad de conocer a un intérprete de antemano, y así puedo ver cómo reacciona, cómo es en persona. En el caso de “Un método peligroso”, al tratarse de personajes históricos, había que tener mucho cuidado. Con treinta años, Viggo Mortensen podría haber interpretado a Jung, pero con cincuenta no puede hacerlo.

Tercera colaboración con Mortensen, además. ¿Te sigue sorprendiendo como actor?
En realidad creo que soy yo el que en esta ocasión le ha sorprendido a él ofreciéndole este papel, porque él creía que no iba a poder hacerlo. Es increíble cómo ha cambiado su rostro con una prótesis en la nariz y unas lentillas. Eso me recuerda que en el cartel español los ojos de Viggo no son del mismo color que en la película, es un error curioso; de hecho, él estaba un poco molesto por ello. En otros países en el cartel tiene los ojos oscuros. Además, ganó doce kilos para la película, se ha entregado mucho, es fantástico. Confiamos mucho el uno en el otro.

Por otro lado, hay muy buena química entre Michael Fassbender y Keira Knightley.
Me di cuenta en cuanto les vi juntos en el set. Pero bueno, es parte del problema al que me refería antes, los castings son muy complicados. Michael y Keira no se conocían, nunca se habían visto ni habían hablado nunca. He tenido que actuar un poco como un casamentero, porque tenía que hacer que estuvieran bien juntos, que funcionaran juntos. Hay que confiar en que las cosas vayan a salir bien, y así ha pasado.

Más aún cuando tienen que compartir escenas de sexo masoquista…
Desde luego. Además, en esas escenas no da la impresión de que Jung esté disfrutando, es complicado; parece hacerlo más por seguir el consejo de Otto Gross, Vincent Cassel en la película, que le dice que debe darle a ella lo que quiere. Lo hace por ella, principalmente. Los actores suelen sentirse vulnerables al rodar secuencias sexuales, más aún si son de este tipo.

Freud unía el sexo a buena parte de los trastornos mentales.
La verdad es que Freud fue cambiando sus ideas sobre la sexualidad. Vivió una época de mucha represión sexual, y muchos de los pacientes que iban a verle eran víctimas de esa represión; así, es lógico que sexo y problema estuvieran unidos. Puede parecer en la película que Freud es un tipo muy dogmático, pero en realidad no es así; de hecho, escribió un libro titulado “Más allá del principio del placer” en el que trataba la relación entre muerte y sexualidad, a raíz de una conversación que tuvo con Sabina Spielrein.

Es curioso lo cíclicas que se vuelven las críticas hacia el psicoanálisis.
Estas cosas son así, es cíclico, ciertamente. Hace poco leí en el New York Times que el análisis freudiano se está volviendo muy popular en China porque están saliendo a la luz los problemas que tiene su ingente clase media y están volviendo a mirar sus postulados. Freud tuvo una carrera muy longeva, escribió muchos libros y desarrolló muchas teorías que tienen mucho potencial para ayudar a la gente, desde luego. Creo que su vigencia aún será muy larga.

“Un método peligroso” une la exquisitez formal de tus últimos trabajos con temas recurrentes de tu carrera, como una carga intelectual y sexual muy potente. ¿Marca un retorno a los inicios de tu filmografía?
Cuando me embarco en un proyecto no pienso en lo que he hecho hasta ahora, acepto las cosas tal y como vienen. Dicho esto, es cierto que lo primero que rodé en mi vida fue un corto de siete minutos, “Transferencia”, sobre un médico y su paciente. Visto así es como un círculo que se cierra; pero si hiciese mil películas, podrían ser todas distintas. Sexo, muerte, locura, familia… son temas recurrentes, importantes e interesantes, los mismos griegos los trataban con asiduidad. No soy una persona obsesiva, no estoy obsesionado con ningún tema en concreto.

Tu obra ha sido muy influyente para muchos cineastas.
Atom Egoyan me lo dijo, por ejemplo, o Darren Aronofsky, que me comentó que “La mosca” había sido unas de sus principales inspiraciones para “Cisne negro”; es tremendamente halagador, y me encanta haber servido de ayuda. Pero bueno, en lo que sí creo que puedo haber contribuido es en haber sido uno de los primeros directores canadienses que se quedó a vivir en Canadá, sin salir a Estados Unidos o Inglaterra para tener una carrera.
 
http://noticias.labutaca.net/david-cronenberg-director-de-un-metodo-peligroso-no-soy-una-persona-obsesiva/

martes, 11 de octubre de 2011

Lecturas recomendadas


Crepúsculos

Mario Pujó
Revista Imago Agenda


Una literatura calumniosa persigue al psicoanálisis desde sus orígenes. Freud denuncia el propósito difamatorio de esa crítica y, lejos de amedrentarse ante ella, se dedica a leerla a partir de las revelaciones obtenidas por el propio psicoanálisis. Esas injurias vendrían así a confirmar y no a desmentir las incómodas verdades sobre las que nuestra práctica echa luz, intentando silenciarlas y poniéndose con ello al servicio de su represión. La exitosa propagación del psicoanálisis en Europa y América corrobora lo acertado de la estrategia adoptada en su momento por Freud.

Por su parte, lo intrincado del discurrir de Lacan, así como ciertos rasgos de su personaje, se han prestado fácilmente a distintas tentativas de ridiculización. Estando él en vida, la más célebre ha sido probablemente L’effet t’ yau de poêle de François George, en los años ‘70. La mayor parte de esas diatribas atestiguaba antes que nada de la impotencia de sus autores para abarcar el rigor de una enseñanza que les resultaba simplemente impenetrable. Pero, en casi todas ellas, lo que estaba en juego era el crédito de la figura de Lacan, no el de la cura analítica ni el de su disciplina, ni el de los modos de su transmisión. Cuando verdaderamente se quiere atacar al psicoanálisis, es contra el propio Freud que los detractores la emprenden sin mediación alguna.

Es lo que efectivamente ha venido ocurriendo en los últimos años, de una manera que, si no sistemática, resulta al menos reiterativa. Por caso, El libro negro del psicoanálisis, una compilación de 47 autores aparecida en Francia en 2005 bajo la dirección de Catherine Meyer, generosamente traducida a múltiples idiomas. Y, al año siguiente, Le Dossier Freud: enquête sur l’histoire de la psychanalyse de Mikkel Borch-Jacobsen. Y muchos otros, antes o después. [Les Illusions de la psychanalyse, de J. Van Rillaer (1980), Le Freud inconnu: l’ invention de la psychanalyse, de R. Webster (1998), Retour sur “Faut-il en finir avec la psychanalyse?”, de L. Joffrin (2005), etc.]. En todos esos textos Freud es presentado poco menos que como un inescrupuloso falsario, un mitómano embaucador, el canallesco creador de una ilusión fabulatoria, el esmerado artífice de su propia leyenda, su gloria y su celebridad.

En línea directa con esa saga se inscribe el último libro de Michel Onfray, editado por Taurus en abril de este año. Su título es de por sí sugestivo: El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana. La definición de fabulación que inaugura sus páginas no deja lugar a dudas: “Manera caprichosa y hasta mentirosa de presentar o transmitir los hechos”.

Resulta bastante notable −y hasta chocante− que un reconocido filósofo, con más de cincuenta títulos publicados, asuma con entusiasmo la empresa de demoler en 500 páginas la autoridad de la figura de Freud. Aunque no resulte, sin embargo, incomprensible. Porque todo en el libro, absolutamente todo, desde el prestigio de su autor, sus subtítulos, su diseño, su organización, parecerían premeditadamente destinados a convertirlo en un seguro best-seller.

Para corroborarlo, basta hojear el índice dividido en cinco partes, con su prefacio y su conclusión, acompañados de sus cinco “tesis” mayores: 1) El psicoanálisis reniega de la filosofía, pero es en sí mismo una filosofía. 2) El psicoanálisis no supone una ciencia, sino una autobiografía filosófica. 3) El psicoanálisis no es un continuo científico, sino un revoltijo existencial. 4) La técnica psicoanalítica participa del pensamiento mágico. 5) El psicoanálisis no es liberal sino conservador. Cada capítulo pretendería “demostrar” cada una de esas tesis.

El desarrollo argumentativo del prefacio es relativamente simple. Onfray enuncia diez breves “tarjetas postales” −un clisé estandarizado de lo que sería la vulgata psicoanalítica−, para oponerle sus respectivas “contrapostales”. Así, a la afirmación: “Freud descubrió el inconsciente por sí solo con la ayuda de un autoanálisis extremadamente audaz y valeroso”, contrapone la de que “Freud forjó sus hipótesis a partir de sus lecturas filosóficas (Schopenhauer y Nietzsche) y científicas”. A la idea de que “Freud descubrió una técnica que, a través de la cura y el diván, permite atender y curar psicopatologías”, sostiene que “la terapia analítica es una rama del pensamiento mágico: como tratamiento funciona en el estricto límite del efecto placebo”. Cada una de esas sentencias (un remedo de los Diez Mandamientos en el imaginario del autor), son refutadas en un ejercicio de contra argumentación “ateológica”. Pero la respuesta a la tercera pone el foco sobre la hipótesis central del libro: “El psicoanálisis procede de observaciones clínicas: pertenece al ámbito de la ciencia”. A lo que Onfray responde: “El psicoanálisis es una disciplina que pertenece al ámbito de la psicología literaria, procede de la autobiografía de su inventor y funciona a las mil maravillas para comprenderlo a él, y sólo a él”.

Esta aseveración es martillada a lo largo de las quinientas páginas: el psicoanálisis freudiano es una aventura autobiográfica, estrictamente personal, que universaliza la atracción incestuosa por la madre y la rivalidad con el padre que ha experimentado efectivamente su creador; “una disciplina verdadera y justa sólo en lo concerniente a Freud y a nadie más”. Hipótesis que nos da freudianamente una pista de la posición de enunciación de quien la sostiene, por cuanto Onfray es el primero en ser alcanzado por ella.

En efecto, esta extensa diatriba que constituye su texto, está explícitamente sostenida en una vivencia autobiográfica. Porque es como alumno del Liceo y como profesor de filosofía que Onfray accede a su lectura filosófica del psicoanálisis. Y en circunstancias que expone con indisimulada valentía: «Yo salía, en efecto, de cuatro años pasados en un orfanato de sacerdotes salesianos, pedófilos algunos de ellos, y los libros ya me habían salvado de ese infierno en el que no sabía si, a la mañana siguiente, no se habría bajado un escalón más hacia la infamia. Viví en esa hoguera de vicio entre los diez y los catorce años, la edad de mi regreso a la vida». «El niño que ha sentido en el cuello el aliento de la bestia cristiana…» [sic] encuentra entonces en Nietszche, Marx y Freud (El Anticristo, El Manifiesto del Partido Comunista y los Tres ensayos de teoría sexual), el trípode con el que sacudirse el agobio y el oprobio del régimen eclesiástico. El cristianismo no sería ya una fatalidad, el socialismo despejaba el horizonte de otro mundo posible, la sexualidad podría ser vivida sin los desvelos opresivos del dios y el diablo de la moral cristiana.

Veinticinco años después sólo Nietzsche permanece en pie en la consideración del autor. Y, en su visión crepuscular, el freudismo se le aparece como una iglesia monstruosa y fantasmal, con su papa, sus obispos y sus cardenales. El ocaso de los ídolos revela no ser entonces sino el ocaso de sus propias expectativas libertarias, el crepúsculo personal de sus pretéritas y olvidadas convicciones modernas.