miércoles, 2 de febrero de 2011

El diván virtual


¿Qué es la solidaridad?

Esta es una palabra que se vuelve recurrente cuando la naturaleza nos recuerda su poder, y al parecer se olvida cuando se calma, como si ser solidario sólo fuera posible en los momentos de catástrofe y seguramente la razón de que sean más catastróficas.

Ser solidario significa considerar al semejante, y no sólo cuando está en la mala, como decía alguien ingenioso: los amigos se conocen en estas ocasiones, pero aún más cuando uno está en la buena, porque ahí se muestra si es capaz de alegrarse por eso. Algo que parece escaso, y la razón de que en los momentos en que se debe estar unidos y trabajar para cuando vengan las vacas flacas, es casi imposible hacerlo por la incapacidad de reconocerle al otro sus ideas, valores y esfuerzos. Digamos que esa condición humana de rivalidad y descalificación, de la que al parecer padecemos en gran medida, no permite acercamientos en los que se lideren soluciones para hacer que la vida sea más vivible y menos trágica.

Estamos habituados a culpar, a explicar lo que pasa en razón de la mala voluntad del otro, a desconfiar siempre como si eso nos salvara de ser ignorantes, a no atender creyendo que la idea nuestra es mejor. A discutir sin escuchar, lo que es valorado como aguerrido y de gran carácter, unas condiciones que no las sostienen sólo los que pertenecen a los grupos que empuñan las armas, algo sufrimos de eso, pero no nos damos cuenta.

Hoy se ha hecho más visible lo que podríamos llamar un síndrome nuevo, el de la víctima, lugar que ha adquirido gran importancia en nuestro medio porque además son reales y muchas. Un país de desplazados por la violencia y ahora por el invierno hace innegable su existencia, razón por la cual en medio del dolor y la tragedia es importante pensar cómo obramos para no seguir repitiendo lo que García Márquez, en uno de sus tantos discursos, manifestaba: “Una patria oprimida que en medio de tantos infortunios ha aprendido a ser feliz sin la felicidad, y aún en contra de ella”. Y es que si se repite y no deja de repetirse, seguramente algo debemos estar haciendo mal para que siga sucediendo, que probablemente tiene que ver con la solidaridad, o más bien con la falta de ella.

Pareciera que es más fácil considerar al otro sólo cuando es víctima, la causa de que algunos se gradúen de desplazados porque saben que si trabajan para quitarse el rótulo, van a perder muchos beneficios. Lo que demuestra que algo anda muy mal, porque la condición de desamparo y carencia pareciera ser la única forma de ser reconocido, así sea con una etiqueta que no dignifica sino que estigmatiza. Una forma de ver las cosas en la que hemos crecido, que nos permite ser solidarios cuando las condiciones son muy adversas pero en las de igualdad, la competencia no es libre de envidias, celos y resentimientos.

Hay una diferencia entre la agresividad y la violencia, la primera es un gesto, una forma de supervivencia necesaria, la segunda es una acción generada por la incapacidad para hacer uso del mayor don que tenemos: la palabra. Y es así porque no se reconoce al otro en su condición humana: que se equivoca, que también le duele y, sobre todo, que es diferente y por eso hay que permitirle que hable para poder entendernos. Un desconocimiento que se muestra en las muertes sin sentido que a diario vemos, una solidaridad que se ha perdido y de la que debemos preguntarnos si las causas son económicas, o su origen está en la transmisión de una falta de consideración y respeto por el otro y lo que le pertenece, que viene desde la cuna y atraviesa todos los estratos, por lo cual las soluciones que dignificarían la vida están vedadas y el reconocimiento sólo aparece en la compasión y la lástima, cuando algo estruendoso nos avasalla.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Diciembre 23 de 2010

sábado, 29 de enero de 2011

Artículos y ponencias

Una pregunta por el saber
Decir que no sabemos con entera
certeza hacia dónde vamos,
es una prueba de lucidez.
Lo insólito sería que alguien
efectivamente lo supiese.
¿Lo sabe alguno de nuestros pedagogos,
moralistas, guías y filósofos?
Octavio Paz
El universo existe, eso lo sabemos, aunque no sepamos mucho sobre él. Un cielo, un sol, una luna, muchos planetas que a través de millones de años, en forma eterna, realizan su movimiento. Giran incansables para aparecer y desaparecer en una sincronía perfecta que nos permite decir que existen el día y la noche y poder contarlos en un calendario inventado y útil, que nos ubica y ordena.

Ese universo existente, obediente no sabemos a qué, se sostiene y, nosotros ahí, en el tiempo que nos pueda haber correspondido, gozamos del mismo sol que entibió a Aristóteles, la misma luna que pudo mirar Colón, los mismos astros que rítmicamente realizaban su movimiento cuando el hombre primitivo hizo su aparición. Y en ese universo eterno, nosotros, cada uno, sólo tenemos como máximo unos mínimos años. Si ese es el poco tiempo que nos ha sido dado, si esa vida nos ha sido brindada como un regalo, ¿por qué muchas veces la padecemos, la desperdiciamos? Algunos hasta devuelven el obsequio. ¿Qué es lo que de lo humano no permite que gocemos eso dado?

Un acercamiento a una respuesta se puede dar desde el psicoanálisis. Acercamiento que en sus inicios no es sin dificultad, porque si el decir de Sigmund Freud angustia, el de Jacques Lacan no lo hace más fácil. Pero como todo en la vida hay que hacer el tránsito para poder pasar, después, si a uno le va bien, se podrán ver las cosas desde otro lugar.

No hay encuentro sin desencuentro. Cada sujeto tiene su mundo ordenado, organizado con los saberes que ha acumulado y encontrarse con un decir que arroja algo diferente sobre esas piezas tan bien armadas, genera malestar. Cambiar las ideas en las que se ha creído y, en las que se está bien acomodado, aunque se padezca sin darse cuenta, implica una pérdida. De esto da cuenta la historia cuando encontramos los pasajes de Sócrates o Galileo, entre muchos otros. Personajes que, al adelantarse a una época, son incomprendidos y su influencia se cree nefasta. Hay cierta resistencia para abordar, para poner en duda lo que se ha construido acerca de la racionalidad, el saber, el control y esa bondad intrínseca y espiritualidad atribuida al habitante del mundo porque tiene inteligencia.

No es sencillo acostumbrar la escucha a términos del psicoanálisis como “perverso polimorfo” y “cría humana”, para referirse al niño y al bebé, tampoco “malestar en la cultura” y “jauría humana” pero parecen más acordes con las noticias diarias y con la historia que nos cuenta los actos de nuestros antepasados.

Entonces, encontrarse con un decir diferente puede producir malestar porque atenta contra lo pensado, cambia de lugar y posición un saber adquirido. También, porque en un principio no se entiende y esto pone a pensar, hay que hacer un esfuerzo. Abordar la complejidad del ser humano no es nada fácil. Es prudente preguntarse si remite a consejos, recetas, buenas intenciones, teorías o la razón.

¿A consejos? La realidad nos muestra que en la mayoría de los casos el consejo surte efecto cuando el que lo recibe escucha lo que hace rato quiere oír. Al parecer es operativo si coincide con el propio deseo. Muchas veces lo utilizamos, pero aquí cabría una interrogación, ¿no sería este tiempo mejor empleado si pudiéramos escuchar realmente lo que el otro tiene para decir o revisar lo propio que, en ocasiones, no ha accedido siquiera a una pregunta?

Lo de recetas amerita una reflexión. Si aun en la cocina, donde se tienen los ingredientes necesarios y se pueden medir las cantidades, no hay garantía de que allí resulte un buen cocinero, cómo aplicarla a la gran complejidad del ser humanos. Cómo envasarlo en una fórmula, en un: “Cuando pasa esto es por esto”, “Cuando haga esto diga esto”, “Si hizo esto fue por esto”, “Haga esto para que pase esto”. Debe ser una forma de aliviarnos y engañarnos. Es que a veces la vida se vuelve tan confusa y difícil que tendemos a afianzarnos a algo que nos garantice una respuesta. Pero a veces la cura empieza a convertirse en la misma enfermedad: hay que emplear una gran cantidad de energía para sostener aquella verdad con la que se pretende aliviar.

¿Y las buenas intenciones? Es de esperar que estas deban estar, pero a veces no se alcanza a detectar debajo de esa gran necesidad de hacer el bien, de esa generosidad, una forma muy humana de ejercer poder, de dominar, de lograr que el otro atestigüe que aquello en lo que se cree, es lo que conviene. Circunstancia bastante particular ya esbozada por Hegel, cuando da cuenta a través de su mirada a la historia, cómo ese amo no es tan feliz, ni ese esclavo tan indefenso, allí los dos son necesitados, el uno de que haya alguien que lo reconozca con un poder, saber o autoridad, y el otro, que exista alguien que le confirme que en este mundo siempre habrá alguien que lo puede y lo sabe todo. Figuras que se repiten en el tiempo, no sólo fueron existentes en la antigüedad. Posiciones producto de un deseo desconocido porque siempre estará en relación al deseo del otro.

¿Y el conocimiento de teorías? Hay que tener cuidado pues esto puede engañarnos. Es reconocida la ampulosidad del supuesto sabio, esto ya lo denunciaba Sócrates. Al parecer pocos lo entendieron, aunque es posible que sí, por eso le fue ofrecida la cicuta. Un personaje desobediente de los saberes de la época, que decía cosas inoportunas, que develaba con su ironía aquello en lo que todos querían creer.

Dejar caer un saber duele. Es entendible, hacen parte de nuestra historia, de nuestro pasado y del pasado de aquellos amados, es perder algo con lo que nos hemos construido y, al parecer, amamos nuestros saberes como nos amamos a nosotros mismos. Tal vez esto nos explique por qué se tiende a sacrificar a otros por tan sólo una idea, volviéndose ésta tan importante que, allí, también se termina igual: sacrificado. Esto sólo lo logra el animal humano.

¿Y confiarnos a la razón? La historia nos enseña que ésta nos engaña al igual que la sensación. Hay que pensar en el hombre del Medioevo que miraba el mar. A través de sus sentidos sólo podía ver hasta donde sus sentidos le decían que terminaba, entonces su razón le decía de un abismo profundo donde caería si avanzaba. Algo para pensar, ¿acaso los griegos no habían concebido a Atlas, esa figura mítica condenada a cargar el mundo sobre sus hombros y, en su intuición, ya ese mundo lo imaginaban redondo?

Al poner entonces en duda sus razonamientos el hombre puede avanzar más allá de donde esa “mirada” le muestra, navega y encuentra otro mundo. De igual manera, a partir de lo que por sus sentidos conoce puede ver que el sol y la luna dan vuelta alrededor de la tierra. Y la razón, que siempre es lógica pero no por eso cierta, lo coloca como centro del universo. Hay razones que la razón desconoce, como dijo Pascal, ese gran pensador.

Entonces, ¿aliviamos el dolor con una creencia, una teoría o partiendo de la razón? De todo esto siempre hemos tenido, es con lo que contamos, pero ese dolor insiste, se repite, y es dicho en la náusea sartreana, en ese eterno retorno nietzcheano, compulsión a la repetición lo llama Freud. Como si aquello que nos puede producir dolor, acechara más allá de lo que por naturaleza nos está dado soportar. Lo anterior lleva entonces a una pregunta:

¿Por qué insistimos en un saber adquirido, en ese vacío insondable que angustia? ¿Será que cuando sufrimos hay algo ahí que gozamos?

Estas preguntas abren espacios, permiten la búsqueda, mueven a la acción. Situación evidente en la historia, cuando el hombre creyó tener la verdad y limitó sus cuestionamientos a una sola respuesta: Dios, conocemos un tiempo de muchos años que no se caracterizó precisamente por su santidad. Bastante paradójico si uno es atento a esos rodeos que quedan como rastro en la historia. Dios, esa necesidad intrínseca del ser humano, que en su filosofía Descartes caracteriza como aquel ser omnipotente que con todo su saber juega con nosotros, ya que nos pone en un mundo dónde, por nuestras limitaciones, nos es imposible conocerlo en la dimensión que realmente tiene.

Creencia siempre presente a través de todas las épocas, omnipotencia del creador del cosmos, de todos los planetas, de ese vacío donde ellos se mueven. Movimiento que en el decir de Pitágoras, conocedor del número y amante de la música, es tan perfecto que produce la melodía más bella que por ser siempre escuchada no la podemos reconocer. Y en esa majestuosidad, nosotros allí, habitantes de uno de los incontables puntos que conforman esa creación. Razón entonces tenía alguien ingenioso que decía: “Imagínate Dios tan poderoso, creador de semejante proyecto y algunos lo creemos pendiente de querer saber qué hacen estos pobres humanos con su sexualidad”.

Y aquí encontramos el término por el cual Freud ha sido maltratado, poco entendido, bastante oído, pero poco escuchado: la sexualidad. Somos seres del lenguaje, tenemos la posibilidad de la palabra que nos permite decir. Pero, en ese decir también se encuentra una imposibilidad, y es que el otro no puede escuchar a aquel que habla desde el lugar desde donde dice. Problema humano, a veces nombrado como falta de comunicación evidente en la cantidad de aparatos inventados, producto de la tecnología para mejorarla, los cuales son supremamente útiles para que el mensaje llegue al oído buscado pero que no garantiza que sea entendido.

Freud y sexualidad, a veces parecería una tautología, un pleonasmo. Debe ser por lo mismo, hay algo que no se escucha. Ha sido repetido, y la repetición aparece porque algo de la verdad insiste, insiste para ser interpretada. Y es que es complejo comprender aquello que decía, por lo cual es entendido de muchas maneras.

Es en ese punto, en esta imposibilidad del lenguaje es donde radica eso que el fundador del psicoanálisis denominaba la resistencia. Resistencia a escuchar eso que no se acoge a nuestro imaginario, que no deja pasar, que insiste en un saber adquirido, aunque lo que se sostenga sea motivo de sufrimiento. Es que no sabemos, y además, no se está muy interesado en develarlo. Es la pasión por la ignorancia. Razón quizá por la cual el buen consejo no es recibido, la intención desinteresada sea mal interpretada, la receta mal combinada, la teoría, aunque demostrada puede ser rechazada.

Hay que recordar a Galileo Galilei. Construyó el telescopio, ilusionado tal vez, pensando que siempre los hombres ven lo que tienen ante los ojos. Galileo, un personaje especial, amante del conocimiento y de la humanidad, creyó poder darle algo a esta y que fuera bien recibido. Seguramente entusiasmado con su invento, porque obviaba el hecho de que tuvieran que saber matemáticas para entender el movimiento de los astros, les dijo: “Asómense, miren, ahí se ve”. Le tocó abjurar para conservar su vida. Es paradójico, sólo se ve lo que se puede ver, por eso cuando le tocó el turno a Freud, y los nazis quemaron sus libros en la segunda guerra mundial, este sólo atino a decir: “Menos mal sólo fue eso, en otra época me hubieran quemado a mí”. Claro que si se hubiera quedado también lo hubieran quemado, el ser humano es bastante complejo.

Y aquí alguien diría: -otra de las inculpaciones que se le hacen al psicoanálisis, se le acusa de pesimista, de determinista, de no creer en las posibilidades del ser humano- “Y entonces, si uno ve lo que puede ver, oye lo que quiere oír, percibe, entiende y escucha de acuerdo a lo grabado, preso de saberes antiguos que ni siquiera reconoce, de placeres vividos que añora sin saberlo, de nostalgias de objetos perdidos que le duelen pero que no puede recordarlos porque no sabe si alguna vez existieron. ¿Y entonces?

Es la intención de las siguientes páginas, hablar de la propuesta freudiana: una forma de escuchar aquello que duele para que pueda ser recibido, para ser olvidado. Una posibilidad de relacionarse con el mismo mundo de una manera diferente. El encuentro con la palabra plena, forma de decir de Jacques Lacan, un avance que permitió, entre otros aportes, que la asociación libre, ese descubrimiento de la técnica de Freud, tomara nuevamente un lugar en la clínica, pues su sentido, representado en el diván, estaba pasando a ser, como los dioses griegos, palabra de un crucigrama, malentendido de película de Woody Allen o chiste magazín dominical.

Primer capítulo del libro El Dolor Humano. Psicoanálisis para Desprevenidos. Tercer Mundo Editores. 2005. De Isabel Prado Misas

miércoles, 26 de enero de 2011

Invitación al seminario


“La metáfora paterna, y lo que representa la ley”

El padre, el Nombre-del-Padre, sostiene
la estructura del deseo junto con la ley.-
pero la herencia del padre, Kierkegaard
nos la designa: es su pecado.
Jacques Lacan

Para el psicoanálisis la alienación tiene todo su significado, y no precisamente porque, como se puede pensar, se esté alienado al padre, a la madre. Es todavía una posición más cautivante, la de que por efectos de lo simbólico, la única manera de pertenecer al mundo que habla, esté dada por una condición que nos hace subyugados a un significante que desconocemos, condición necesaria para la aparición del sujeto que no es sin falta, falta de saber de eso que lo comanda. De ahí que: “El síntoma sea un saber, ya ahí, para un sujeto que sabe que eso le concierne, pero que no sabe lo que es”.

Los anteriores razonamientos planteados por Lacan, dejan ver que el sujeto está en relación a un saber. Y no precisamente erudito, es el saber de un significante que lo representa, un significante para otro significante, que si lo pensamos en relación a la libertad, tendríamos que ponerla en tela de juicio. Porqué, ¿cual libertad nos muestra El hombre de las Ratas? Ese caso de Freud que nos enseña cómo un joven convierte una deuda fácilmente pagable, en algo impagable, porque en el nudo de significantes que arman su síntoma sólo puede padecer, dudar, impotentizarse ante un goce que desconoce.

El presente seminario es una invitación a introducirnos en estos temas, que nos llevarán a indagar lo que está en relación a la función del Nombre-del-Padre, y en ese camino lo que tiene que ver con el deseo. También abordaremos el momento de ver, comprender y concluir, así como, en relación a la ley, esa frase, ya no tan enigmática: “Si Dios ha muerto, nada está permitido”. Una forma de hablar de la castración, de esa condición sin la cual no hay sujeto, aunque sea un poco averiado, especialmente por el goce y su representante: el Superyó. Y, la pregunta por la libertad, ¿cuál es esa?, si sabemos que existe el inconsciente.

TEMAS
El padre Real, simbólico e imaginario.
El Vel de la alienación. Los tiempos lógicos.
El significante, el Falo, la falta.
El lugar del analista y el objeto a.

LECTURAS
Seminarios de Jacques Lacan: Los cuatro conceptos fundamentales. Problemas cruciales del psicoanálisis. La relación de objeto. Otros.
Análisis de un caso de neurosis obsesiva. (El hombre de las ratas) Sigmund Freud.
Retrato del artista adolescente o Stephen el héroe. James Joyce

INICIO: MARTES 1 de FEBRERO DE 2011
FINALIZACIÓN: MARTES 28 JUNIO de 2011
TEL 3560556/3158956671
HORA: 6:30 p.m.
VALOR: $70.000 MENSUALES

lunes, 17 de enero de 2011

El diván virtual


¿Qué podemos esperar del año que comienza?

Cada fin de año hay celebración, un reconocimiento a trescientos sesenta y cinco días vividos y a la expectativa de los que vienen. Hacemos recuento de lo realizado y recreamos los deseos que queremos que se nos cumplan. Una forma de ir dándole sentido a la vida a través del tiempo.

Un rito que nos permite hacer un alto en el camino, una mirada hacia atrás que, para los que han tenido experiencias dolorosas, se refleja en el momento de los abrazos cuando aparecen emociones encontradas y, a los que no les fue muy bien, la frase: “siquiera se acabó este año”, representa el fin de un ciclo y el inicio de otro, del que se esperan cosas mejores.

También el momento de las auto promesas que seguramente al otro día se olvidan pero nos permiten una especie de pausa para seguir, para contar un número más en el año que nos marcará el calendario, para cambiar de agenda y dar inicio, -como en una nueva largada, después de llegar a una meta-a otro año que la vida nos regala.

Una promesa de vida que, como siempre, no sabemos lo que nos deparará. Pero ya sabemos que esa es su condición, como dijo el poeta Manuel Saturio Valencia: “El hombre en pos de su destino ciego avanza, Dios quiso ocultarle su camino para no hacerle la vida más amarga”. Podríamos pensar que también es para hacerla más feliz, ya que si supiéramos de antemano los momentos de dicha, ya no serían tan dichosos.

El tiempo y su paso es algo que sabemos contar, vivimos en un presente que a cada segundo se vuelve pasado y el futuro nunca lo alcanzamos pues al lograrlo, se vuelve presente. Seguramente la razón de que muchas veces al pensar cómo hemos actuado, nos aqueja el “Si yo hubiera”, una conjugación en pretérito que nos puede martirizar porque es más fácil concebir las mejores soluciones cuando ya no se vive el momento. Olvidamos que las decisiones que paso a paso tomamos van de acuerdo al momento que se vive y a lo que el mundo exterior nos propone y que es muy fácil ser más inteligente para juzgar lo pasado, obviamente porque ya pasó.

La vida es sorprendente, significa estar expuesto a perder y a ganar, a soportar el dolor, a disfrutar y a soñar, a equivocarnos y, especialmente a entender que lo hecho, hecho está y no lo podemos cambiar, pero seguramente con un poco de esfuerzo algo podemos remediar.

El fin y el inicio del año es sólo una marca más en el tiempo que va dejando huellas en nuestro cuerpo que no quisiéramos ver, y es posible que puedan ser más amables si logramos no sólo verlo pasar. Si vivimos ese tiempo como un regalo sabiendo que no es eterno y entender que nos fue dado para usarlo y construir con nuestras acciones y decisiones la vida que queremos tener.

Nunca sabemos cómo el año va a terminar, lo que nos depara el destino, como dice el poeta, lo que sí podemos saber es que de nosotros depende lo que consigamos en él, del esfuerzo que realicemos para obtener lo deseado porque lo que es inexorable es que en la vida nada se nos da de balde y si se quiere ganar sin pagar, la cuenta siempre será cobrada. Podemos engañarnos a nosotros mismos y engañar a otro, pero el destino, ese derrotero que nosotros mismos vamos construyendo no es engañoso, en él siempre se mostrarán los estragos o las recompensas, de las que no podemos culpar al tiempo, sino a lo que hemos o no logrado con él.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barrranquilla, Colombia. Enero 15 de 2011

jueves, 6 de enero de 2011

De escritores

BORGES

De los niños.
De los niños es el reino de Dios, se lee en el evangelio de San Marcos, en el versículo catorce del capítulo diez. Palabras dichas para siempre y de una veracidad literal, ya que en el cielo, que es el reino de Dios, el tiempo no existe-como tampoco existe para los niños. Los niños desconocen la sucesión; habitan el liviano presente, ignoran el deber de la esperanza y la gravedad del recuerdo. Viven en la más pura actualidad, casi la eternidad.

Todo es juego para los niños: juego y descubrimiento gozoso. Prueban y ensayan todas las variedades del mundo: los desniveles, los colores, los árboles, los objetos fabricados y naturales, los animales, la tierra, el fuego, el aire y el agua. Juegan tanto, que juegan a jugar: juegan a aprender juegos que se van en preparativos y que nunca se cumplen, porque una nueva felicidad los distrae.

Anécdotas
El ventrílocuo vive en las trastiendas...Y cuando el ventrílocuo abandona sus muñecos desparramados en todas las posturas, en su camerino, ¡qué solos quedan los muñecos! Colgados como sueños muertos, ya no pueden moverse, ni ver, ni hablar. Y eso es lo dramático de la ventriloquía. ¿Y aquel ventrílocuo que se enamoró de la marioneta? Era una hermosa muñeca lenzi. El infelìz se hacìa a sì mismo el amor, se hablaba dulcemente con su otra voz, hasta que en el incendio del teatro, no pudo llegar a tiempo para salvarla.
-¿Hay una mujer adentro!-Gritaba.
Y, en realidad, él la tenía adentro. Pero su voz, vale decir, la voz de la marioneta, no volvió a oirse jamás.

Los baratijeros Mosche y Daniel se encontraban en la mitad de la mitad de la gran llanura de Rusia.
-¿A dónde vas Daniel? – dijo el uno.
-A Sebastopol- dijo el otro.
Entonces Mosche lo mirò fijo y dictaminó:
-Mientes Daniel. Me respondes que vas a Sebastopol para que yo piense que vas a Nijni-Novgórod, pero lo cierto es que vas realmente a Sebastopol. ¡Mientes Daniel!

Textos tomados de Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inèditas. Atlantida.Buenos aires 1995. Textos de 1933 a 1934, dice el pròlogo: un Jorge Luis Borges jugando con sus diferentes posibilidades en su busca de si mismo y de su destino de escritor. Es la razòn de que algunas no esten firmadas y otras bajo seudónimo

Cabe resaltar que la ùltima historia es relatada por Freud en su libro El chiste y su relaciòn con el inconsciente de la siguiente manera: "En una estación ferroviaria de Galitzia, dos judíos se encuentran en el vagón. «¿Adónde viajas?», pregunta uno. «A Cracovia», es la respuesta. «¡Pero mira qué mentiroso eres! -se encoleriza el otro-. Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cracovia. ¿Por qué mientes entonces?».


jueves, 30 de diciembre de 2010

El diván virtual


¿Qué nos despierta la Navidad?

Seguramente recuerdos nostálgicos, sobre todo la añoranza de la inocencia cuando creíamos ciegamente en El niño Dios o Papá Noel. Una añoranza adornada de colores, guirnaldas, villancicos y luces que nos devuelven a la única época donde fuimos totalmente felices porque todavía no sabíamos nada de la vida, cuando no podíamos dudar de lo que nuestros padres o los más grandes dijeran y el mundo era seguro, y no porque lo fuera, sino porque todavía no nos habíamos enterado que vivíamos engañados.

La navidad es en algún momento la caída de la ilusión, una ilusión que debe caer, por eso aunque algunos por sus creencias no la hayan vivido, de alguna manera para el niño, siempre llegará un instante en que el mundo se le parte en dos. Situación dolorosa pero afortunada porque se nos muestra la realidad, algo que no quisiéramos que sucediera pero que, sabemos, sería peor si no fuera así. Podríamos decir que es la segunda salida del cascarón, el nacimiento es la primera pero allí no se está comprometido, en esta sí, es el comienzo del uso de razón y la razón también de que, en la mayoría de los casos, se recuerde muy bien el descubrimiento de esa verdad, como lo relataba jocosamente alguien el día en que Papá Noel llegó a su casa cargado de regalos. Esa noche su emoción no podía ser más grande, también su desilusión porque Papá Noel se demoró y cuando él regresó de quemar toda la pólvora que en ese tiempo era posible, y él era capaz encender a los seis años, encontró a Noel bebiendo, se le había caído la barba y era Toño el vecino del frente.

En navidad se exige la alegría, razón por la cual para aquel que está triste son innegables las pérdidas, los duelos y la soledad. Aún quien no quiere saber nada de ella es tocado, así sea para criticar a aquellos que la saben disfrutar y para los cuales hay pocos lugares para esconderse porque en casi todo el mundo se celebra. Una fiesta que nos recuerda el fin de año y, aunque no quisiéramos, terminamos haciendo un balance de lo logrado, de lo que no siempre salimos airosos. También el tiempo de los encuentros que evidencian los desencuentros. Los padres separados tienen que hacer acuerdos previos para compartir a los hijos, y si los abuelos también son separados ya no alcanzan los días porque todos no pueden estar juntos. Si la suegra y la nuera no se gustan, se ven obligadas a sonreírse por necesidad, si el yerno le ha hecho el quite a la familia de ella toda el año, en esos días no encuentra excusa. Y aún en las familias más armoniosas, las discusiones por la cena y el lugar de reunión, a veces se vuelven motivo de resentimientos. Además, si en algún momento fuimos engañados, es cuando menos quisiéramos que nos lo hubieran aclarado porque es cuando más que nunca se necesita ese papá Noel para sufragar todos los gastos: adornos navideños, atuendos, pasajes, compromisos, cenas, regalos.

El fin de año y la navidad son celebraciones que afortunadamente existen, son los ritos que tenemos para demarcar y celebrar el paso del tiempo que, aunque  estén  influenciados por el comercio y la publicidad, guardan algo muy especial y humano. A través de ella revivimos la ingenuidad y alegría de cuando éramos chicos a través de los niños, nos entusiasmamos. Otros, a veces no queriendo, se sienten obligados a compartir con los demás y a responder, algo necesario para la vida. Y aunque para algunos se haga evidente la soledad del que no tiene pareja, del que no tiene hijos, del que no tiene plata, de los que sufren por un desastre natural, es un no tener que hace parte de la existencia que nos lleva a querer buscar y solucionar. Esa posibilidad que nos demuestra que estamos vivos, y de lo cual nos quedan los recuerdos que hacen parte de todo lo que, como humanos, creamos y creemos para hacer la vida más agradable mientras nos morimos.  

Escrito de IPM publicado en elperiódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Diciembre 23 de 2010

martes, 21 de diciembre de 2010

El diván virtual


¿Cuál es el poder de las palabras?

En una ocasión a alguien le preguntaron que si se viera obligado a vivir en una época anterior y le fuese permitido llevarse algo de los tantos adelantos actuales, qué llevaría. Su respuesta fue: las medicinas. Seguramente es la mejor elección pues sólo hay que pensar cómo era el mundo cuando no existían los antibióticos, sin los cuales, la muerte por cualquier enfermedad infecciosa era inminente. Sin los analgésicos que alivian dolores que antes estábamos condenados a soportar sin remedio. Sin los anestésicos que aún despiertos, permiten la intervención de alguno de nuestros órganos que, al no sentir el dolor, nos parece ajeno. Una respuesta acertada porque sabemos que los adelantos en la ciencia médica, nos dan la posibilidad de vivir más años y con mejor calidad de vida.

Hoy tenemos la posibilidad de vivir con un corazón con el que no nacimos, con un riñón, un pulmón, en fin, con lo que sea utilizable de otro que por fallecimiento o, aún estando vivo, nos puede donar. Y cómo no estar agradecido con esas pastillas milagrosas que permiten que la epilepsia ya no haga estragos, no sólo neurológicos sino sociales, en el que ahora la padece. También el gran alivio en un paciente psicótico que puede tener una vida, sino normal, un poco más atemperada cuando le sobrevienen esos estados que a los familiares y a los que lo rodean les causan tanta angustia y en esos momentos no saben qué hacer. Y aquel que en una depresión aguda necesita algo que, por un tiempo, le ayude a sobrellevar la pena, o en el que en un estado de angustia desbordada encuentra sosiego en un calmante. Allí el medicamento es como un milagro, una gran posibilidad de vida, una respuesta a una necesidad que sólo con eso se puede calmar.

Sin embargo sucede que debido a su efectividad, a veces olvidamos que no somos solamente biológicos, que también nos duele el alma y para eso no hay pastilla que valga. Y no vale porque también somos seres de sucesos aparentemente olvidados, productos de una historia vivida que sigue insistiendo en el momento presente, que determina muchas de nuestras acciones, motiva nuestras alegrías y también los desasosiegos que nos hacen sufrir. No somos sólo biología, por eso en ocasiones, ni las pastillas ahuyentan el insomnio, el efecto que calma la ansiedad dura poco y, en el niño hiperactivo apaciguado con píldoras, no sabremos si lo que le ocasiona su ansiedad fue resuelto, aunque sí lo haya sido para los otros que, con su aparente calma, pueden quedar tranquilos.

La medicina tiene la virtud, además, que obra por sí sola, nos alivia sólo con tomarla, pero desafortunadamente no todos nuestros malestares son tan fácilmente curables, en muchos hay que poner de nuestra parte y allí es donde la palabra opera. Hay una frase que dice que la palabra mata, y lo entendemos, las hay que pueden hacer mucho daño, por eso también es creíble que la palabra cure. En una cura dónde lo que fue dicho en algún momento ya olvidado de nuestra historia,  se pueda volver a traer para, como decía Freud: “En un rodeo restaurar las palabras para devolverles, al menos en parte, su antiguo poder mágico”.

Un poder mágico que operará sobre lo que se escuchó, seguramente en momentos traumáticos que en edades tempranas son muchos, porque poco se entiende del mundo y donde lo sucedido queda grabado a la manera del niño, y sigue insistiendo en el adulto que padece miedos nocturnos y no puede dormir, que no puede comer, o come demasiado, en el que una adicción es su razón de vivir. Aquel para el cual el amor es un drama, la sexualidad un tormento, la amistad un imposible o el trabajo un enemigo, porque enlazado a unas palabras y a unos afectos reprimidos, que ninguna pastilla eliminará, le queda  afortunadamente el camino de poner algo de su parte y empezar a decir lo que le duele y no puede cambiar.   

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Noviembre 20 de 2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

Retazos freudianos

Del caso Juanito y el tratamiento

El padre pregunta demasiado, e investiga siguiendo los propósitos suyos, en vez de dejar explayarse al pequeño. Todo ello quita transparencia y seguridad al análisis…A aquellos lectores que no hayan llevado a cabo por sí mismos un análisis, he de aconsejarles que no pretendan comprenderlo todo en el acto, y vayan acogiendo con una cierta atención imparcial todo lo que surja, en espera de su definitiva aclaración.

A lo que tendemos en primer término no es a obtener un resultado terapéutico, sino a colocar al paciente en situación de aprehender conscientemente sus impulsos optativos inconscientes. Para ello, basándonos en sus manifestaciones y con ayuda de nuestro arte de interpretación, situamos ante su conciencia, expresado en nuestra forma verbal, el complejo inconsciente. La analogía entre lo que así oye el paciente y aquello que busca y que a pesar de todas las resistencias pugna por abrirse paso hacia la conciencia, le hace posible hallar lo inconsciente. El analista le precede un cierto trecho en la comprensión de sus problemas, pero el paciente llega a ella por caminos propios, reuniéndose con él en la meta fijada. Los principiantes en psicoanálisis suelen incurrir aquí en error. Suponen que el momento en que descubren un complejo inconsciente es el mismo en que el enfermo lo aprehende, y esperan demasiado al pretender curar al sujeto con la comunicación de aquel descubrimiento, pues en realidad tal comunicación no puede servirle más que para ayudarle a encontrar el complejo inconsciente en aquel lugar de su inconsciente en el que se halle anclado.

Tomado de Análisis de la fobia de un niño de cinco años. 1909

domingo, 19 de diciembre de 2010

El diván virtual


¿Qué aspectos nuevos afectan la comunicación de hoy?

Toda demanda es demanda de amor, dice una frase, y es creíble porque las relaciones se mueven en medio de pedidos que cuando el otro los responde, suponemos que nos quiere: que me ayude, que me dé, que me desee y, actualmente, sobre todo, que me llame o me conteste en uno de los tantos medios que nos ofrece la tecnología. Una demanda de amor que, muy en el fondo, es un deseo de reconocimiento. Los seres humanos somos seres gregarios, incapaces de vivir en soledad, y es así porque a través del otro nos reconocemos, es el otro quien con su presencia autentifica la nuestra. Es también por lo mismo que el odio hace estragos, una forma también de reconocimiento que explica porqué algunas relaciones o comportamientos se sostienen, porque para algunos un maltrato, se puede convertir en una forma de ser reconocido.

Hoy la tecnología lo hace más evidente y la palabra “conectado” refleja el mundo en que vivimos. Un conectarse que para algunos es la posibilidad de encontrar información, de hacer amigos, de saber del otro, y para muchos puede ser literal, una realidad, porque viven realmente conectados, como si hubieran vuelto a anudar el cordón umbilical y no pudieran desprenderse. Lo anterior no tendría ningún problema si no generara angustia, lo que podríamos llamar la angustia de la época.

Vivimos en la inmediatez de la comunicación que causa  dificultades al  permitir que los síntomas, que antes eran coartados porque no era tan eficiente, ahora aparezcan como una especie de acoso donde la falta de consideración por el tiempo del otro y de su intimidad, puede no tener límites. Es así que una madre desbordada hará la vida imposible a los hijos con sus llamados sin control, un celoso creerá poder manejar lo que es incontrolable, el suspicaz siempre dará interpretaciones maliciosas a una devolución no inmediata a su llamado. Un pedido de atención que por estructura siempre ha estado y estará, que hoy, con los vehículos que contamos para esperar la respuesta que está a la mano, o más bien en la mano, podríamos creer que habíamos encontrado la forma de calmarla pero, paradójicamente, es lo que más la exacerba. Una calma que no llega porque no está en el medio que transmite, más bien él nos muestra, si sabemos verlo, cuál es nuestra posición con relación a las demandas que hacemos al otro. Nos puede mostrar la incapacidad para esperar, para confiar, y qué tan dependientes somos cuando transformamos cualquier anomalía, no sólo cibernética sino humana, en todo un drama.

A veces también nos confundimos creyendo que si la tecnología logra que el mensaje llegue al oído buscado, tenemos mejor comunicación, algo que puede ser un engaño pues ella puede estar ayudándonos a tapar lo que de frente no soportamos. Y es que somos seres del deseo que se vehiculiza en el cuerpo, que se anuncia, se denuncia o nos traiciona en la mirada, la voz, el gesto, las palabras, que ya dichas, no pueden ser borradas. El cuerpo es lo que el otro ve de nosotros y a través del cual expresamos nuestras demandas y se muestran nuestros goces. Algo que si lo pensamos, no es cómodo, es la razón por la cual la timidez o la inseguridad pueden acosar en el encuentro con el otro que suscita en nosotros emociones desconocidas. Lo cómodo es esconder el brillo en la mirada, la posible equivocación, la presencia real a través de un texto o una imagen que nos permita sustraernos y ponernos a salvo. Tal vez la razón de que sea preferible hablar con el que está lejos y ocultarnos del que cerca, con su presencia, pide nuestra mirada.

Los medios con que hoy contamos son lo más maravilloso que nos puede haber pasado, pero entrañan el peligro, para algunos, del desborde de la angustia en aquel que enterado de su inmediatez, no puede esperar, como si de la respuesta del otro dependiera su existencia. Para otros, una forma de ausentar el cuerpo en una aparente y continua comunicación que les permite hacerse más ensimismados. 

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Noviembre 18 de 2010 

sábado, 18 de diciembre de 2010

lecturas recomendadas


Seguía soñando con esa matemática que fue ritual, orden de actuación, que fue religión, que fue altar, cubo que se quiso duplicar, círculo que se quiso volver cuadrado, que implicó el amor y el respeto a la divinidad. La matemática que fue religión, “número” y  “todo”. La de la armonía de las esferas, la de los problemas milenarios, la ciencia de las grandes pasiones que se convirtió y se conservó en epitafios para mostrar una vida entera sumergida en el paraíso de los problemas históricos. La matemática del horror al infinito que produjo la amistad y la hermandad entre el “héroe de los pies ligeros” y la lenta tortuga. La que alternó entre el número y el segmento, entre  aritmética y geometría, la de lo real y lo insondable, la de lo concreto y lo impensable. La matemática de la pirámide, de la conservación de los muertos faraónicos. La matemática del calendario que fue agricultura y riqueza de sus poseedores, los agricultores, los primeros opulentos y dueños de la ciencia y, con ella, del planeta. La de los sacerdotes que trajeron las estrellas y las relacionaron con la vida de los hombres y cada uno perteneció a una de las doce constelaciones ligando el destino humano con el horóscopo que aún hoy se lee. La matemática que fue gematria y, con ella, escritura bíblica. La que fue rey desconfiado, engañado, burlado y sabio corriendo por las calles desnudo gritando ¡Eureka, Eureka, Eureka! Con una corona y una respuesta que luego sería fórmula, ciencia, fluir de realidad y verdad, de justificación, confirmación, testimonio. La matemática sin camino para reyes, la de los axiomas, las definiciones y las proposiciones con las cuales Euclides fundó su ciencia, espejo de todas las sabidurías posibles. La matemática del torneo, del reto, del desafío a la capacidad. La del pedazo ínfimo de papel para copiar la maravillosa demostración que ocupó a todos los matemáticos por trescientos cincuenta años para probarla. La matemática competencia y reto, la de los insomnios, la creadora del espacio y del tiempo, porque el espacio es y se genera de la forma como se mide. La matemática del niño Gauss de nueve años frente a la pizarra y el tiempo para hacer centenares de sumas que resolvió de un solo trazo con una fórmula que, como todo lo suyo y lo de Ramanujan, parecería mágica. La del niño, la del adolescente Galois, que nunca pudo entrar al Politécnico, que siempre le perdieron sus aportes y que en una noche, antes del duelo honorífico y el balazo de horror en sus entrañas, dejara una ciencia nueva, un álgebra, unos grupos. La matemática de las geometrías no euclídeas, la de los fractales y el caos.

Hablar de matemáticas es decir tiempo y espacio, es hablar de épocas heróicas, de edades de oro, de la oscuridad. Es hablar de Pitágoras y los números; de Tales y los principios; de Platón y los sólidos; de Zenón y las paradojas; de Euclides y la geometría; de Apolonio y las cónicas; de Erastóstenes y sus mediciones; de Alkawarizmi y el álgebra; de Fibonacci y su serie; de Stévin y el sistema decimal; de los tenderos alemanes y su +, para el exceso y su – para la deficiencia; de Oresme  y sus gráficas de espacio y tiempo; de Napier y los logarítmos; de Fermát y el último teorema; de Descartes y la geometría analítica; de Leibniz y sus símbolos; de Newton y sus fluxiones, de Euler el "cíclope geometra"; de Gauss y su timidez mezcla de perfeccionismo y arrogancia; de Hamilton y el origen de otras álgebras; de Boole el iniciador del álgebra abstracta; de Russel y la lógica…

La matemática ciencia de pasión y locura, de persecución a las escuelas. ¿Qué pasó con los pitagóricos? ¿Con Pitágoras? ¿Con Hipatya? ¿Con Galois?

Tomado del libro ¿Cómo piensan los matemáticos? De Omar Ciro Restrepo. Ediciones Fibonacci. Bogota 2007. De venta en las librería Nacional de Colombia.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El diván virtual


¿Cuál es la importancia de las palabras de la madre y la presencia de un padre?

Esta es una pregunta que cobra todo su valor si tenemos en cuenta que las familias de hoy son diferentes, ahora las separaciones son cada vez más frecuentes y los hijos sufren sus consecuencias. Antes las parejas que no eran felices seguían sosteniendo la situación en aras del bienestar de ellos y, también, porque las limitaciones tanto de pensamiento como económicas, especialmente de la mujer, no le permitían asumir una posición distinta a quedar sometida a un destino en el que se encontraba insatisfecha.

Actualmente es fácil ver cómo se disuelven los vínculos, a veces de acuerdo, otras en desacuerdo, pero siempre con dolor para todos. Una realidad que vivimos por lo cual se hace necesario pensar la mejor manera de que los hijos, producto de ese encuentro que no pudo perdurar, sufran el menor daño posible, algo que tiene mucho que ver con el padre, pero sobre todo con las palabras de la madre.

Sabemos que por naturaleza el hijo está más ligado a la madre, razón por la cual en derecho, es a ella a quien le es asignada su potestad. También sucede, aunque es menos evidente, que ese hijo tendrá relación con el padre dependiendo de cómo esa madre vea a ese hombre, que, en ocasiones, que no son la minoría, la madre los confunde, y si el hombre la hizo sufrir como mujer, trasladará todo el malestar que siente con él, vertiéndolo en una versión de padre para el hijo. Algo así como una incapacidad para reconocer, cuando sucede, que un hombre puede ser muy mal marido pero lograr ser un buen padre. Y es que es difícil separar estos límites difusos, por lo cual el hijo termina cargando con los dolores de la madre, alejándose del padre y perdiendo, por algo en lo que no tuvo nada que ver, las posibilidades de una relación de la que puede obtener muchos beneficios.

Es una de las razones de que en algunas separaciones, padre e hijos se alejen, como si el rompimiento hubiera sido de todos, no sólo de la pareja y, porque algunas mujeres no están advertidas de que de ellas, especialmente, depende que su hijo siga teniendo un padre, porque de sus palabras y la propiciación de los encuentros, debido a las circunstancias, ellos necesitarán de su fuerza y generosidad para acercarlos. Pero sucede que la generosidad no fluye cuando se está herido, y es ahí donde se evidencia hoy el mayor malestar de nuestra cultura, porque aquellos que encuentran una forma de vivir mejor, sustituyendo a alguien por otro con quien se encuentran más a gusto, no alcanzan a advertir que de paso, el hijo se puede quedar sin aquel que no es sustituible.

Una situación muy visible en los hijos de padres separados que no deja de existir también en los que permanecen unidos, porque la relación del padre y su hijo pasará siempre por las palabras de la madre que, como muchas, en su generosidad, saben distinguir entre sus reclamos de mujer y lo que le corresponde al hijo, evitándole ocupar el lugar de defensor de lo que ella, como adulto, esta en capacidad de resolver. Cuando esto no sucede, el hijo queda colocado en una encrucijada y lo único que le queda es la angustia.

El padre para un hijo es una presencia importante, le da seguridad y alternativas distintas que le permiten ver el mundo de una manera diferente, que interviene con un gesto o una palabra necesarios para aliviar una relación que, por estructura, es demasiado intensa. Es la razón por la cual para una madre no sea fácil criar sola a un hijo y, menos para un hijo, ser criado sólo por la madre, es necesario el padre que, paradójicamente, cuando se logra, estando lejos puede tener mucha presencia. Esto dependerá seguramente de que ella lo propicie y que él responda, obligaciones que como padres, deben permanecer para que esa función no sea parte del inventario de lo que se pierde en la separación de la pareja.

Escrito publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Noviembre 56 de 2010

jueves, 2 de diciembre de 2010

Lecturas recomendadas

Lo que se realiza en mi historia no es el pretérito definido de lo que fue, puesto que ya no es, ni siquiera el perfecto de lo que ha sido en lo que yo soy, sino el futuro anterior de lo que yo habré sido para lo que estoy llegando a ser.
Este carrusel de los tiempos sigue una lógica perfecta. El pretérito indefinido: la historia muerta puede ser olvidada, puede ser recuerdo; ya no tendrá lugar. El perfecto sería algo más adecuado, si no implicara la muerte: la perfección de lo que habrá sido supone la detención del tiempo en el tiempo presente de “lo que yo soy”. Queda el auténtico tiempo del psicoanálisis, el único válido: el futuro anterior. Yo habré sido esto –el niño mudo, el niño colérico, el niño con la fantasía del lobo, el hijo perdido, la hija abandonada- hasta el tiempo que se precisaba para decirlo. Pero, una vez dicha la cosa, ya voy siendo otra cosa. Habré sido esto, pero ya está terminado: no es imperfecto, ni perfecto, ni pasado, sino recuerdo bien situado, alineado, ahora inofensivo. Trabajo sobre la gramática: se sitúa entre la retórica y la invención.

¿Es más o menos que "el retorno a Freud" que Lacan enarboló tanto tiempo como bandera? Todo está en Freud sin la menor duda: la verdad más "construida" a posteriori que recuperada, la ordenación de la memoria como objetivo terapéutico, y el buen olvido que cierra el análisis, cuando todo está concluido así: así que yo habré sido este niño. ¿pero cuál? Se olvida con mucha rapidez que el recuerdo ya engendra un nuevo día.

Pero en realidad nada está allí. Pues es precisamente Lacan quien, jugando con los tiempos, encuentra en la gramática el recurso de una forma que, por función en la lengua, va del futuro al pasado, y del pasado al futuro, indisociablemente: este futuro que se llama anterior, como la vida poética que imaginaba Baudelaire. Un tiempo, el único, verdaderamente dialéctico: una lanzadera lógica. No se piensa mucho en ello; pero la verdad es que la fórmula "yo habré sido" supone, en su extraña torsión, unos márgenes de futuro que se encuentran retroactivamente. Una memoria fisgona sobre su propio futuro. Una memoria dotada para la ciencia ficción que no se contenta con repetir su canción muerta: erase una vez…Dígase habrá sido una vez, y todo cambia. El hada gana de antemano, haya sido buena o mala; la historia ya estaba trazada, pero cambia en el momento en que se dice. Como quien no quiere la cosa, el futuro anterior modifica la historia: es el tiempo del milagro. El de la curación. Ya ven que nada ni siquiera la gramática, escapa al psicoanálisis.

Tomado del libroVidas y leyendas de Jacques Lacan de la filósofa y novelista Catherine Clément. Editorial Anagrama. Barcelona. 1981
La cita que encabeza son palabras de Lacan en Función y Campo de la palabra y del lenguaje. Escritos 1

lunes, 29 de noviembre de 2010

El diván virtual


¿Qué es lo más difícil de ser madre?

Tener un hijo, para la mayoría de las mujeres, es el regalo más grande que le puede dar la vida, un don que a diferencia de otros, recibirlo no es fácil, y es así porque es uno de los encuentros más lleno de emociones, dudas, expectativas y responsabilidades. Afortunadamente en la mayoría de los casos, el amor hace su parte y da la fuerza y voluntad para realizar lo que toda aquella que ha tenido la experiencia, sabe que entraña. Los desvelos de las primeras noches, no sólo para amamantar, sino de una vigilancia tan activa que, aún en el más profundo sueño, un mínimo sonido que provenga del recién nacido la harán despertar. Una comunicación desconocida que a la misma madre sorprende y que está provista de las alertas necesarias para proteger y hacer que el recién llegado al mundo viva.

La anterior descripción puede tener sus variantes, pero en general, ese momento en que una mujer se convierte en madre y además lo asume, está lleno de alegrías, recompensas, también de vicisitudes que se reflejan en la necesidad de adivinación de las expresiones que permiten calmar al recién nacido y generarle bienestar. Un primer tiempo en el que se establece un vínculo tan intenso que parecen hacer uno y que permite disfrutar a ese pequeño a quien ella puede vestir como quiera, colocarlo donde decida, y él en sus gestos busca imitar los suyos. Un momento idílico que, afortunadamente para él no dura mucho, y para ella implicará un desasosiego cuando empieza a dar muestras de cierta libertad. Una lógica que empezará a variar, ella habituada a su obediencia natural y él acostumbrado a ser servido, como lo expresaba con humor una madre ante los pedidos de su hijo de tres años: “Él está convencido que yo soy su esclava”.

Es que cuando esa cosita que ha estado a su merced, como una pequeña estatua que se ha esculpido empieza a hablar, son los momentos más felices para una madre y también serán los más difíciles, porque no siempre dirá lo que ella quiere oír. Ahí, muy temprano, comenzarán los encuentros y desencuentros que pueden perdurar por años. Malentendidos que se reflejan en el decir de algunas madres refiriéndose a su hijo: “Estaba peleando con fulano”, como si no estuviera claro que cuando se pelea con alguien es porque se está en igualdad de condiciones. O, en la tan repetida frase: “yo soy la mejor amiga de mi hijo”, que en una ocasión, una atinada hija contestó: “Yo puedo tener muchos amigos, mamá sólo te tengo a ti”. Y es que es una relación que se construye sin libreto, lo que llevó a Freud a responderle a una madre que se le acercó para preguntarle -creyendo que él lo podía resolver- cómo hacía para criar a su hijo para que fuera normal: “No se preocupe señora que igual, todo no lo va a hacer bien”.

El hijo vive por el deseo de una madre, por eso muchos pueden ser adoptados, y en aquel supuestamente no deseado, si logró nacer y vivir es porque en ella habitaba algo más de lo que pudo haber sentido o expresado en otro tiempo. El deseo de la madre es fuerte, de ahí la dificultad para soltarlo, para confiar en que puede hacer sus cosas aunque ella no esté, esto es lo más difícil de ser madre, poder renunciar a creer que ella todo lo sabe de él y que sólo con ella encontrará satisfacción. Una declinación de una posición que en muchas ocasiones no sucede, impidiendo que el hijo pueda encontrar su propio camino, y la razón de que algunos, ya no de tres años, siguen creyendo que ella es su esclava y ella, sigue esperando su obediencia natural.

Es también la razón de que sea tan difícil percatarse de que ha crecido, como en la señora que llevó a su hija al pediatra y ante su sorpresa, ella fue la más sorprendida, al darse cuenta que su hija ya era una mujer. Por eso siempre será necesario el otro, en este caso el padre que como mediador, pueda permitir mirar lo que a la madre, por ser madre, no le es tan fácil ver.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Octubre 30 de 2010

viernes, 26 de noviembre de 2010

Seminario. Clase ocho.


Lo inconsciente. La vida y sus malentendidos

En la invitación al presente seminario que está llegando a su fin, no porque los temas se hayan agotado, sino porque el tiempo propuesto, límite necesario para recomenzar, llegó a su término, se partió de que pudiera darse un pensamiento en movimiento, donde cada cual debe buscar su propia respuesta y donde el maestro aparece cuando se está a punto de encontrarla.

Lo anterior es una forma coherente de acercarse a una teoría que trata de no rehusar la complejidad de lo que significa la vida. Algo que sabemos, precisamente por vivirla, que en ella prima el malentendido, y que además: “No soporta que se la mire muy de cerca”, como dice Joseph Conrad. De acuerdo a esto, cada cual podrá mirar lo que pueda ver, así también en la teoría sólo se accederá a aquello posible para el que escucha. Una forma del discurso del analista puesto en acto para un dispositivo: El Seminario, donde se propone un tema que llama a algunos, pero en el cual, la asimilación, para cada uno, tomará diversos caminos.

Es la razón de que estar en él estará determinado por un querer saber, en la posibilidad de soportarse en el no saber. Y no siendo un Discurso Universitario dónde lo propuesto está dividido en unidades medibles y cuantificables, en una forma dogmática que impiden la angustia porque todo está planeado de antemano, en el seminario, al tener que poner de su parte, evidenciará una libertad que, supuestamente tan buscada, siempre es rehusada. Y lo es porque por constitución estamos ligados al Discurso del Amo, en el que en posición de esclavo, sabiendo cuál es su goce, entregamos lo que pide, en una repetición necesaria para sobrevivir pero que llevada a extremos, sólo queda la muerte, la muerte del deseo.

Un deseo que titila en una pregunta que, cuando se puede formular, es porque ya se sabe algo de la respuesta, y es entendible, porque cómo se podría preguntar por algo de lo nunca hemos sido anoticiados. Una pregunta dirigida al amo, una pregunta esclava formulada en forma de queja, el Discurso Histérico, el que subraya la falta, el que denuncia al amo, pero que al no distinguir su posición de sujeto, en su misma denuncia, lo sigue erigiendo. También, cuando se puede trascender, puede dar lugar a un acto, un acto de creación, de construcción, no de revolución, sí de subversión, allí donde algo nuevo se puede aportar, como en la ciencia.

El seminario es un dispositivo donde todos los discursos se juegan, donde los síntomas, o sea cada cual a su estilo, en su discurso, aportará lo necesario, no sólo para los otros, especialmente para él mismo.

En este que ya termina, tratamos de discernir lo que para el psicoanálisis es un acting out, un pasaje al acto, un síntoma y de lo que cada cual se pudo apropiar, lo que quedó, sólo el interesado podrá dar cuenta. Así mismo, nos adentramos en la teorización del fantasma y su relación con estas formas de responder a la angustia que, como sabemos, tienen que ver con lo real. También con cómo Lacan nos hace abordar la teoría para matematizarla, y encontrar allí un límite, haciendo que busquemos conocimientos, para algunos, olvidados, y que otros pueden aportar en la dilucidación enigmática que proponen.

Comenzamos con una pregunta sobre la película Madame Boutterfly, que aborda un hecho sucedido en la vida real, cuyo tema nos hizo pensar que podría ayudarnos a encuadrar los conceptos propuestos. En ella, como ya se ha dicho, Golimara, el protagonista, sostiene un romance, dónde para él el amor es lo que lo conduce a una serie de acciones que le enredan la vida, llevándolo al rompimiento de su matrimonio y, sobre todo, a verse involucrado en un delito de espionaje del cual él nunca estuvo al tanto, a pesar de que sus actos lo configuraron. Una ceguera que no sólo es referida a eso, sino especialmente a que la persona a quien amaba, Son Liling, por la cual hace todo lo que lo ha entrampado, resulta ser un hombre, algo que no sospechaba y que se devela en el juicio cuando es acusado de espionaje.

Era un espía quien lo había enamorado, una realidad negada en su totalidad por el protagonista, que al terminar el engaño, no puede olvidar el semblante que lo había enamorado, aunque el que lo representaba lo hubiera dejado caer frente a sus ojos. Unos ojos que quieren seguir viendo lo que ya no existe y por lo cual, en un último acto lo escenificará para matarlo, sólo que lo puede hacer muriendo él mismo en un acto dramático y sacrificial.

Podríamos decir que Golimara, vivió la relación en acciones que nos permiten decir que eran un acting out, pues a todas luces sus pedidos amorosos eran reconocidos y, al mismo tiempo respondidos, acudiendo a una supuesta ignorancia de su parte y por lo cual debía entender unas limitaciones a las que no recusa ni indaga. Una posición de total sometimiento al Otro, que no deja lugar a la pregunta y donde el deseo que se muestra, a todas luces, es el de ser engañado. Y podríamos decir que ante la caída del engaño, lo único que le queda es el pasaje al acto, caída del sujeto de la escena, dónde deja de ser Golimara para representar en una identificación completa la muerte de Son Liling. Digamos que su pérdida, que no pudo simbolizar, la escenifica en lo real, porque no pudo caer en su fantasía.
 
Clase del 23 de noviembre de 2010

lunes, 22 de noviembre de 2010

El diván virtual

¿Qué relación hay entre las palabras y el deseo?

Nuestra condición humana tiene características muy particulares, a veces es bueno pensar en ellas porque nos ayudan a entendernos más, y por ello, a ser más pacientes con nosotros mismos. Una de tantas es que somos sujetos de la palabra, algo que se oye complicado pero que lo podemos entender como la posibilidad de que, teniendo sólo veintiocho sonidos, que en la escritura nombramos como letras, podemos construir un sinnúmero de palabras, que tampoco son tantas para designar todo lo que es este universo. Un universo no sólo de objetos sino también de lo que sentimos, que exige un esfuerzo para encontrarlas y usarlas para hacernos entender. Y es así porque una palabra, según se use, su gramática o puntuación dirá algo diferente en cada momento.

Es la razón de que sea tan difícil la comunicación porque nos movemos en la eventualidad del equívoco, como nos lo muestra la siguiente historia: una secretaria, no muy afecta a su jefe y a quien no le aprobaba sus procedimientos, al final de una carta que él había terminado con: “Y esto es cuanto afirmo”, ella se quedó sin trabajo porque escribió: “Y esto es cuento, afirmo”. Es que el movimiento de letras, puntuaciones o palabras, puede causar risa como pasa en el chiste, y también efectos desconocidos para el sujeto que las emite, evidente en la frecuencia de que lo que creímos decir no fue lo que el otro dijo escuchar, que lleva a la reiterada frase: “Pero es que yo no quise decir eso”. Podríamos decir que en las palabras viaja el deseo, que buscará de alguna manera obtener su satisfacción, una satisfacción inconsciente que para el que habla, es desconocida.

Somos seres del deseo, pero no de aquel que reconocemos normalmente cifrado en palabras como: Quiero ser exitoso, quiero casarme, quiero tener hijos, quiero esta profesión. Somos más de un deseo inconsciente donde lo pulsional desconocido hace efecto. Es por ello que al obtener el éxito no se pueda gozar la satisfacción esperada, después del matrimonio, pueda aparecer la desilusión, apenas nacido el niño, algunos no sabrán qué hacer con él o, terminada la carrera, se llega a descubrir que no quiere ejercerla. Somos seres cambiantes y el conocimiento de nosotros mismos, como nos lo aconsejaba Sócrates, al parecer no es tan fácil. Y no lo es, porque la satisfacción que es lo que nos lleva a sentir felicidad o alegría de vivir, al moverse por los caminos del lenguaje, en palabras, a veces condensadas o desplazadas, que dicen más de lo que creemos decir, lo que creemos buscar, a veces, no es aquello que queremos encontrar.

Tal vez es la razón que llevó a Montaigne a decir que: "El hombre es cosa vana, variable y ondeante". Es que el poeta, que está tan cerca de las palabras, pareciera conocer secretos que al resto de los mortales nos son esquivos, lo que no quiere decir que lo tenga resuelto, sólo que lo puede decir. Escucharlo y asumirlo nos acerca a la realidad, desconocerlo lleva a la desolación de algunos, que no son felices porque no son felices. Como si la felicidad o la satisfacción fuera un camino sin faltas, como si no fuera producto, además, de un rodeo. Podríamos citar aquí a Platón que en uno de sus tantos aciertos, decía: “No te asustes del rodeo, porque es un rodeo necesario”.

Lo que si amerita una reflexión es la repetición, esa condición que nos lleva al sufrimiento, causada por lo que no podemos hacer, o no podemos dejar de hacer. Condición que nos puede llevar a una pregunta que, en un destello, encontremos, y además no retrocedamos, ante la evidencia de reconocer que hay situaciones que se repiten en nuestra vida causándonos insatisfacción. Eventos signados por el “siempre me pasa” o “nunca puedo”, palabras que en aquel que las dice, le sirven para expresar su queja pero también dejan ver una sin salida, porque atrapado en el siempre, no podrá cambiar. Y en él nunca, jamás le sucederá. Somos seres del lenguaje, de vez en cuando es bueno escucharnos, o de pronto, contar con la suerte que alguien nos escuche.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla. Octubre 23 de 2010

Retazos lacanianos


El maestro interrumpe el silencio con cualquier cosa, un sarcasmo, una patada. Así procede, en la técnica zen, el maestro budista en la búsqueda del sentido. A los alumnos les toca buscar la respuesta a sus propias preguntas. El maestro no enseña ex cathedra una ciencia ya constituida, da la respuesta cuando los alumnos están a punto de encontrarla. Esta enseñanza es un rechazo de todo sistema. Descubre un pensamiento en movimiento: que, sin embargo, se presta al sistema, ya que necesariamente presenta una faz dogmática. El pensamiento de Freud está abierto a revisión. Reducirlo a palabras gastadas es un error. Cada noción posee en él vida propia. Esto precisamente es lo que se llama dialéctica.
Los escritos técnicos de Freud. Apertura. 1953

Llevar al lector a una consecuencia en la que le sea preciso poner de su parte…no debe dejar al lector otra salida que la de su entrada, la cual yo prefiero difícil.
Escritos 1. La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud.