miércoles, 31 de agosto de 2011

Pensamientos


Filosofía y psicoanálisis.

Antes de Descartes aunque había sujetos, el sujeto no había sido nombrado en el pensamiento en la cultura. Sujeto a Dios no había sido pensado, es así que los lógicos como San Anselmo se preocupaban más por demostrar la existencia de Dios, o sea del Otro, que del sujeto. Con descartes se empieza a hablar de otra forma y aparece el existo, que va a dar lugar a la existencia y sin el cual no habría existencialismo, aunque él no sea el padre.

CaduceusLo que viene después es todo un adelanto en cómo pensar a ese yo que piensa, y allí, spinoza, qué avance poder delimitar las pasiones, luego, los empiristas ingleses y los debates sobre la ideas. Más adelante Kant y su idealismo, Hegel: la conciencia y la dialéctica. En Kierkegaard y el existencialismo y Nietzsche y el eterno retorno, empiezan a sospechar el agujero, que Freud puede nombrar y Lacan trata de conceptualizar a partir de nombrar al sujeto de otra manera: un S1 para un S2, entre dos significantes. De paso retoma la angustia, que entiendo, la ubica entre ambos y en relación al objeto a, objeto perdido, que por más que se repita su trazado nunca será repetición porque no es eso lo que se encontrará.

Lo que se repite es un vacio, una perdida que es la misma constitución del sujeto, que siendo angustiante, también permite una salida porque es repetición de un momento constitutivo, allí a lo que el análisis apunta, sabiendo que A no es igual A, porque la segunda nunca será igual a la primera. Un avance para pensar al sujeto y al objeto y también un avance de los impases del existencialismo, donde la salida es la eterna repetición que por lo simbólico representa la muerte.

Impase porque la existencia es tomada de la realidad, de la consistencia, de lo imaginario. La ex-sistencia en Lacan tiene que ver con lo real.

De IPM

jueves, 25 de agosto de 2011

El diván virtual


¿Pobrecito?

¿Por qué será que usamos tanto esta palabra? Está tan arraigada que no nos damos cuenta. Vivimos en un mundo de “pobrecitiados”, que se inicia en el decir de muchas madres: “Pobrecito mijo”. ¿Y las razones? Porque estudió toda la noche, porque trabaja mucho, porque no lo entienden, porque no le salieron las cosas como las esperaba. Razones que si se analizan, se aplican a situaciones que a todo el mundo le suceden pero que en un malentendido, dejan a los así rotulados en la creencia de que su vida es un valle de lágrimas.
Una palabra que implica compasión, un sentimiento válido producto de nuestra condición humana que permite identificarse con el dolor ajeno y lleva a la solidaridad con el semejante. También una palabra de la que muchas veces se abusa sin darse cuenta, que transmite un mensaje de desvalorización en el que muchos, por haberlo escuchado siempre, se acomodan.

Mirar al otro con compasión, con dolor, lo disminuye, al mismo tiempo que permite al que así mira, estar en una situación de ventaja. Algo muy común en algunas madres y padres que nunca pueden ver que su hijo ha crecido, por lo cual lo asumen como alguien para quien los retos normales le serán inalcanzables. Un sentimiento conmiserativo que no da apoyo sino que lo quita, que obedece, como casi todo, a razones inconscientes. Que lo sean no quiere decir que sean imposibles de descifrar, sólo hay que fijarnos en las palabras que usamos, y si esta es una de ellas, algo debemos estar trasmitiendo mal.

Un pobrecito que cuando siempre se ha escuchado lleva a la falta de confianza en sí mismo. Donde situaciones de la vida, que no son pocas, en las cuales se exige es levantarse y proseguir, la autocompasión no lo permite porque acomodado en el lugar de la víctima, se recurre al llanto, a la agresión y sobre todo a culpabilizar al otro sin sentirse involucrado. Y, en ocasiones, a buscar ayuda en remedios mágicos donde otros hacen de las suyas, aprovechando que el interesado está convencido que las soluciones no las tiene él sino el destino y la suerte que siempre le ha sido adversa.

Vemos la vida según el marco interpretativo en el que nos la han mostrado, por eso aquellos que ante un simple resbalón siempre han oído una gran algarabía y han sido mirados con compasión, serán muy diferentes a los que ante el mismo, encontraron una mano que los ayudó a levantarse, no sólo del piso sino de una creencia de ineptitud, incapacidad y derrotismo.

Pobrecito es un mensaje fuerte que no prepara precisamente para los momentos difíciles, cuando perdemos un amor, un amigo, un trabajo, cuando la enfermedad nos encuentra o la muerte acecha. Pobrecito es algo que no debemos decir a nadie, ni decirnos a nosotros mismos, ya que todos estamos en este mundo, seguramente con más o menos posibilidades pero con la suerte de estar vivos. Tal vez lo que llevó a García Márquez a una frase magistral, cuando uno de sus personajes a una edad muy avanzada se da cuenta que “No era la muerte sino la vida la que no tenía límites”.

Unos límites que a veces los estrechamos porque una situación difícil nos lleva a recordar otras pasadas, que así encadenadas, llevan a pensar que se es muy de malas, cuando sólo es una asociación en la que pasamos por alto lo que no entra en la serie del infortunio. Una posición adquirida desde tiempos tempranos donde nos adjudicaron y nos adjudicamos como pobrecitos, un dicho muy común que no se cuestiona, que se arrastra de generación en generación y es aceptado como normal y hasta benéfico en la cultura.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Junio 18 de 2011

lunes, 22 de agosto de 2011

Lecturas recomendadas



Conferencia de Lacan en Londres

Una nota de Hebe Friedenthal -3 de febrero de 1975-.

"El Instituto Francés de Londres invita a 'Entretiens avec Jacques Lacan' el 3 de febrero de 1975" anuncia un cartelito colgado en segundo plano en una cartelera escondida en una de los Departamentos de la Tavistock. Los ingleses, ni se enteran: el cartelito casi ni se ve, ellos no entienden francés, y además ¿quién es Lacan?

Los sudamericanos en cambio, se alborotan, se preparan, hacen lugar en sus agendas para una conferencia vespertina. Yo llego media hora antes, recordando relatos sobre sus auditorios multitudinarios en la Sorbona. El Instituto Francés está situado en un barrio "posh", como dicen por acá (en criollo, "pituco"), tiene un pequeño teatro donde se realizará la conferencia. Lentamente se llena. Concurrentes ¿quiénes serán? Por su aspecto diría estudiantes, señoras y señores que asisten a "conferencias de enriquecimiento cultural", psicoanalistas (pocos) que oyeron hablar de Lacan, y unos diez psicólogos y médicos argentinos estudiando o paseando en Londres. En fin, una mezcla. En el escenario del teatro una mesa, rnicrófono y silla esperan a Lacan.

Este se presenta con un traje gris de excelente corte y una camisa blanca cuyo cuello alto y duro le forman un cierre novedoso, una terminación especial. ¿Estudiada? ¿Diseñada para él? Pelo blanco, frondoso, anteojos, un cigarro, cejas muy espesas. Con sorpresa me entero que tiene 74 años. Un señor lo presenta, saluda el retorno de Lacan a Londres, y, espera, el de Londres a Lacan, después de diez años. Anuncia la próxima aparición de los "Escritos", publicada por Tavistock Press.

Lacan comienza:

¿Se oye bien? Me sorprendió que me pidieran varias veces que viniera a Londres, no tenía idea de cuantos seríais, no esperaba encontrar una asamblea tan numerosa. Sé que aún se me ignora. Podemos tomar a Erich Fromm como un nombre dentro del psicoanálisis, que no me menciona. Ya en 1953 en París se da la primera escisión del Instituto Psicoanalítico, contemporánea a su formación; yo he creído mi deber tomar partido por cierto número de personas, de ahí derivaron todo tipo de consecuencias cuya historia no tiene ningún interés. El psicoanálisis francés se habría beneficiado si hubiera seguido siendo, un solo psicoanálisis... habría tenido también la ventaja de recibir mis enseñanzas. El libro de Erich Fromm "La crisis del psicoanálisis" ‑él considera que hay menos gente que se hace analizar en Norteamérica‑ me ha sorprendido, no me menciona. Para él sigo siendo un desconocido.

Yo insisto en comentar cómo siento que son las cosas. ¿Por qué se siguen mis cursos en París? Porque aportan. Porque aportan algo que es del orden del signo. El psicoanálisis aparece en el mundo en el momento de introducción de una palabra como ésa (signo). Quiero decir que no es un concepto del mundo sino algo que relativiza la noción que podemos tener de lo que es un mundo. Es una noción totalmente –para introducir un término que suelo usar, "un pivote"- es una noción imaginaria. Uno se imagina que hay un mundo y esto es algo que hay que revisar, quiero decir, que hay que retomar, porque esto es lo que nos enseña la historia.

domingo, 14 de agosto de 2011

El diván virtual


¿Una cura para el dolor humano?

Cuando se escribe, muchas veces asalta la pregunta de para qué sirve lo que se está diciendo. Un pensamiento más frecuente cuando se cree estar tratando un tema trivial, algo que me recuerda la tenacidad del fundador del psicoanálisis Sigmund Freud. Sabemos que se dedicó a aspectos considerados banales para su tiempo, y aún algunos lo creen así. Dedicarse al estudio de los sueños, de los lapsus, de los olvidos, del chiste, parecía un chiste.

Y no sólo indagó sobre lo anteriormente nombrado, también, y es lo más reconocido, introdujo en el estudio del comportamiento o más bien de la psique, la importancia de la sexualidad. Y quien la negaría hoy cuando vemos los sucesos que día a día nos asaltan y a los que nos gustaría encontrarles una explicación. Es aquí donde el descubrimiento freudiano nos da algunas luces, ya que sólo el pensamiento o la razón no explican a ese ser habitado por un gran cúmulo de pasiones donde priman el amor, el odio y la ignorancia.

El amor, cuando somos capaces de crear lo más sublime y hacer por otro lo que nunca hubiéramos imaginado. El odio, que se evidencia en la guerra, en la violencia cotidiana y en la incapacidad para soportar al otro con sus diferencias. Y sobre todo la ignorancia, esa pasión que nos deja ciegos, que no nos permite indagar las propias debilidades y que nos fuerza a mantener situaciones por temor a la soledad o al abandono. También como ha sucedido en diversos momentos de la historia, la tendencia a negar lo que aparece como novedoso, hasta el punto que aquellos que se atrevieron a mostrar otra faceta de lo que supuestamente ya se sabía, fueron condenados y algunos lo pagaron con su vida. Lo que deja ver que mover las verdades en las que uno se ha construido no es tarea fácil.

El psicoanálisis al adentrarse en temas al parecer poco ortodoxos, se le supone menos riguroso, porque sus postulados se sostienen en la existencia del inconsciente, se le considera menos científico. Y se puede entender la razón de los que así piensan porque siendo el inconsciente lo que no está a la luz de la conciencia, su demostración no se hace posible a través de los métodos utilizados por otras disciplinas. Sólo cuando alguien se atreve a indagar en un proceso de análisis las razones por las cuales su vida no anda, será cuando podrá entender de qué se trata aquello que el fundador del psicoanálisis mostró como una posibilidad de cura al dolor humano.

También es muy común escuchar, además como una crítica, que su tratamiento es muy largo, siendo más fácil acudir a las pastillas que, seguramente en momentos de crisis son muy necesarias, pero nadie podría creer que un duelo que no cesa por la pérdida de un ser querido, la angustia evidente en una fobia, el rumiar de pensamientos de un obsesivo, y tantos otros malestares de los que no sabemos su causa podrían ser curado con ellas. Son sólo un paliativo que adormece la conciencia, como si en la medicina se dieran pastillas para la fiebre sin atacar la infección.

Y si, lleva un poco más de tiempo, sobre todo porque reconoce la complejidad humana donde los encuentros con la propia verdad no se dan porque otro nos la diga, eso lo hacen siempre nuestros familiares y amigos sin que los podamos escuchar y, porque lo que nos hace sufrir está tan escondido que aún teniendo la mejor voluntad se escabulle. Es la razón de la técnica llamada Asociación Libre, una libertad para hablar sin ser cuestionado o censurado, dónde aparecerá lo no sabido. Entonces, si dura un poco más, no es porque se demore la cura, ella se da sesión tras sesión, es porque el participante al confirmar la existencia del inconsciente y sentirse aliviado, se muestra tan interesado en seguir indagando que aparece otra pasión: querer saber más sobre sí mismo.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barraquilla, Colombia. Junio 11 de 2011

sábado, 6 de agosto de 2011

Invitación al seminario



"El objeto detrás del deseo”

Hay cuatro cosas sobre las que nada puedo decir,
porque no queda de ellas huella alguna.
Del surco del águila en el cielo, de la serpiente en la tierra,
del navío en el mar y de la huella del hombre en la muchacha.
Salomón
“El verdadero objeto que busca el neurótico es una demanda que quiere que se le demande. Quiere que le supliquen. Lo único que no quiere es pagar el precio”. Esta es una afirmación del seminario La angustia, aquel donde Lacan va construyendo su concepto del objeto a, allí donde podemos encontrar los cimientos que nos permitirán entender lo que planteará más tarde en el seminario Aun o del goce.

También en otro lugar dice: “Aquello ante lo que el neurótico recula no es la castración sino que hace de su castración lo que le falta al otro”. Y aquí entramos en la propuesta del presente seminario que versará sobre esa falta, sobre la angustia y su propuesta posterior de las fórmulas de la sexuación. Unas fórmulas que están para mostrar lo que da cuenta de sus aforismos: La mujer no existe y la relación sexual no puede escribirse. Una búsqueda de respuestas y una lectura de lo que a diario padecemos, por lo cual se acude a un análisis, pero también y sobre todo, luces que dan cuenta de la dificultad para teorizar eso que siempre se escabulle: lo inconsciente.

TEMAS

-El objeto detrás del deseo. La identificación sádica con el objeto fetiche. La identificación masoquista con el objeto común. Acting out y pasaje al acto.
-Te deseo aunque no lo sepa. Lo especular y el significante. Hamlet y la escena dentro de la escena. De la detumescencia a la castración.
-Necedad del significante. El signo de que se cambia de discurso. Hablar de coger. El Otro sexo. El amor suple la ausencia de relación sexual.
-Goce del ser. Los místicos. Una carta de almor y las fórmulas de la sexuación. El odioamoramiento. Allí donde eso habla goza y no sabe nada.
-El hombre, la mujer y la lógica. El hombre, la mujer y el psicoanálisis

MATERIAL

Película: Hamlet (1990), Dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por Mel Gibson, Glenn Close, Alan Bates.
Jacques Lacan. Seminarios: La angustia, Aun. De un discurso que no fuera del semblante.
Sigmund. Freud. La joven homosexual. Caso Dora.

INICIO: MARTES 9 de agosto DE 2011
FINALIZACIÓN: MARTES 28 de noviembre de 2011
HORA: 7:00 p.m.
Informes 3158956671

Obra. Salvador Dali.Figura femenina con cabeza de flores.

jueves, 4 de agosto de 2011

El diván virtual


Dependencia y sobreprotección

Cuando hablamos de dependencia lo entendemos como la incapacidad para realizar por propia cuenta y riesgo lo que corresponde a la edad. Lo anterior no es falso, pero es algo que va más allá.

La dependencia es un dolor indecible, una situación muy penosa por el continuo miedo de “pasar pena”, lo que nombramos como: “Vivir pendiente del qué dirán”. Un qué dirán que amordaza, afecto que se inmiscuye en cualquier elección, entendible porque siendo seres gregarios, el semejante siempre estará en el horizonte de cualquiera de nuestros actos, si así no fuera, no podríamos vivir en grupo porque librados todos a: “Lo que nos diera la gana” no habría lazo social que se sostuviera.

Estamos hablando entonces de algo que es común pero con un agravante, y es que este sentimiento ocupa de tal manera al llamado Dependiente, que todos los actos de su vida están regidos por el temor a realizar lo que, de pronto, no va a ser mirado con buenos ojos. Una dependencia que no se refiere precisamente al otro que tenemos al frente, aunque la represente, sino a un otro que llevamos en la mente, que apabulla con una serie de pensamientos que limitan para ser lo que realmente se quiere ser. Una entramada de prejuicios, armazón de inhibiciones, cúmulo de dudas paralizantes, y en el cuerpo, sudores y temblores que atan no sólo la lengua, también el pensamiento.

Es así, que el estudiante en clase se abstendrá de hacer una pregunta para él importante, un empleado en el trabajo, se guardará el aporte que hubiera mejorado la empresa, un padre o una madre callarán ante los abusos a sus hijos o de sus hijos, un profesor no tendrá palabras para proponer sus criterios, y el jefe permitirá que sus subalternos burlen las normas, así como el enamorado no podrá decir sus afectos.

Dudas que afectan también el vestir, llevando a algunos, y en este caso especialmente a las mujeres, a emplear un tiempo desmesurado combinando prendas para terminar eligiendo lo que menos quería lucir. Es como vivir en una burbuja o detrás de un vidrio, como un observador que se siente observado mirando el mundo del que quisiera participar, pero le está vedado. Y cuando a veces lo logra, lo asalta una culpa que no sabe de dónde viene, lo que si sabe es lo que le dice, que no lo hizo nada bien.

Es conocido que esta situación está relacionada a una crianza de sobreprotección, lugar común, del que se cree ya está todo dicho, sin embargo se podría decir algo más. Es entendible que si el medio en que se vivió no permitió el desarrollo de la posibilidad de decisión, más tarde, al verse abocado a hacerlo, se encontrará con la angustia. Y es así, porque ella da cuenta de la soledad verdadera, aquella en la que se encuentra el ser humano frente a sí mismo y donde sabe, o más bien intuye que la vida le exige ser su propio artífice.

Una angustia que aparece producto de haber estado siempre en posición de recibir y poco en posición de dar. Por eso en el momento se escabulle, negándose a si mismo lo que quisiera decir, o se borra, cuando la mente le juega la mala pasada de quedar en blanco. Nada acude a ella, convirtiéndolo en una nada que no quiere ser.

A veces en un malentendido se cree que para salir de este estado se deben sufrir las consecuencias de perder lo que se ha tenido, cuando esto sólo lo haría más pobre, más adolorido. Podríamos mejor concluir que la sobreprotección ejercida sobre alguien no consiste en haberle dado mucho, sino en haberle pedido poco. De allí que ese alguien puede construir su vida pensando que lo que tiene para dar no significa nada para los demás. Seguir creyéndolo no lo ayudará. Sólo le queda averiguar.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla. Mayo 28 de 2011

jueves, 28 de julio de 2011

Entrevistas


                                                  Entrevista a Lacan por Por Emilia Granzotto

Emilia Granzotto: -Profesor Lacan, se escucha cada vez más a menudo hablar de la crisis del psicoanálisis: se dice que Sigmund Freud está pasado de moda, la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina ya no es suficiente, para comprender al hombre ni para interpretar a fondo su relación con el medioambiente, con el mundo.

Jacques LacanJacques Lacan: -Esas son historias. Primero, no hay crisis. El psicoanálisis no tiene del todo localizados sus límites, al contrario. Hay todavía muchas cosas por descubrir en la práctica y en la doctrina. En psicoanálisis no hay una solución inmediata, pero solamente a la larga, espera investigar los por qué.

Segundo: Freud. ¿Cómo se puede juzgar que está pasado de moda si nosotros no lo hemos comprendido totalmente? Lo que, sabemos es que ha hecho conocer cosas perfectamente novedosas que no se habían imaginado antes que él, problemas… desde el inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico, a la sujeción a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto en cuestión la verdad, un asunto que importa a cada uno, personalmente. Nada tiene que ver con una crisis. Yo repito: se está lejos de los objetivos de Freud. Es también porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas, desviaciones, los epígonos[2] no han seguido siempre fielmente el modelo, esto ha creado la confusión.

Después de su muerte, en el ‘39, mismo algunos de sus alumnos han pretendido hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivos, la readaptación del individuo a su medioambiente social. Es decir la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

El lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres intervenciones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy poco importa qué responsabilidades tiene el gobernante, y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los psicoanalistas, desgraciadamente, ellos prosperan como los magos y los curanderos. Proponer a la gente ayudarlos significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

- ¿Qué exactamente?
- Yo lo defino como un symptôme[3], revelador del malestar de la civilización en la cual nosotros vivimos. No es, por supuesto, una filosofía, yo aborrezco la filosofía, hace mucho tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco fe, y no me gusta llamarla ciencia. Decimos que es una práctica que se ocupa de lo que no marcha bien, terriblemente difícil porque ella pretende introducir en la vida cotidiana lo imposible y lo imaginario. Hasta ahora, ella ha obtenido ciertos resultados, pero no tiene todavía reglas y se presta a toda clase de equivocaciones.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, que tiene relación con la medicina, o con la psicología o con las ciencias afines. Ella es también muy joven. Freud ha muerto hace a penas 35 años. Su primer libro La interpretación de los sueños ha sido publicado en 1900, y con muy poca repercusión. Creo que ha tenido 300 ejemplares vendidos por aquellos años. Tenía también muy pocos alumnos, que pasaban por locos, y ellos mismos no se ponían de acuerdo sobre la manera de poner en práctica y de interpretar lo que habían aprendido.

- ¿Qué es lo que no marcha bien en el hombre?
 Hay una gran fatiga de vivir, resultado del camino hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta donde se puede ir arrastrando esta fatiga, este malestar de la vida.

- ¿Qué empuja a la gente a psicoanalizarse?
- El miedo. Cuando le pasan cosas, las mismas cosas que ha querido, que él no comprende, el hombre tiene miedo. Sufre por no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico, es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo enferma por el temor de estar enfermo, sin estarlo en realidad. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza… pensamientos que uno no puede controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

- ¿Por ejemplo?
- Llega a la neurosis de sentirse empujado por una necesidad horrorosa, de ir a verificar decenas de veces si la canilla está verdaderamente cerrada o si tal cosa está bien en su sitio, sabiendo con certeza que la canilla está como debe ser, y que todo está en su sitio. No hay píldora que cure esto. Tú debes descubrir por qué se llega y saber lo que esto significa.

- ¿Y el tratamiento?
- La neurosis es una enfermedad que se trata con la palabra, ante todo con la suya. Él debe hablar, contar, explicar,... el mismo Freud lo define así “asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro”.
El psicoanálisis es el rey de la palabra, no hay otro remedio. Freud explicaba que el inconsciente, no es tan profundo más bien es inaccesible a la profundidad conciente. Y decía también que en este inconsciente “eso habla”: un sujeto en el sujeto, transcendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

- ¿Palabra de quién?; ¿del enfermo o del psicoanalista?
- En psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina, no son exactos, no son utilizados. Mismo las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice “hacerse psicoanalizar”. Eso es falso. Quien hace el verdadero trabajo en análisis es el que habla, el sujeto analizando, mismo si lo hace sobre al modo sugerido por el analista que le indica como proceder y lo ayuda por las intervenciones. Las interpretaciones le son abundantes, parecen al principio dar sentido a lo que el analizando dice.
En realidad la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es mostrarle a través de su propio relato que su symptôme, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, está desprovista de todo sentido. Mismo si en apariencia es real, no existe.
Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede demandan una gran práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la medida son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber medir la ayuda que uno da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

- Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: “el retorno a Freud”; ¿qué significa esto?
- Exactamente lo que he dicho. El psicoanálisis es Freud. Si uno quiere hacer psicoanálisis, es necesario referirse a Freud, a sus términos, a sus definiciones, leídos e interpretados en su sentido literal. Yo he fundado en París una escuela freudiana justamente para eso.
De esto hace veinte años y más que yo vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud significa simplemente despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales, por ejemplo el formalismo institucional de las sociedades psicoanalíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer Freud quiere decir solamente releer Freud. Aquel que no haga esto en psicoanálisis utiliza formas abusivas.

- Pero Freud es difícil. Y Lacan se dice lo vuelve incomprensible. ¿Se reprocha a Lacan de hablar, sobre todo de escribir, de tal manera que solo algunos iniciados puedan esperar comprender?
- Yo lo sé. Tengo la reputación de ser un confuso que oculta su pensamiento en las nubes de humo. Me pregunto por qué. A propósito del análisis repito con Freud que es “el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entra en lo real”. ¿Está claro? Pero el psicoanálisis no es algo simple.
Mis libros son famosos incomprensibles. ¿Pero por qué? Yo no los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, yo no me he preocupado un instante de disfrutar con algunos lectores. Yo tenía cosas que decir y las he dicho. Me basta con tener un público que lee, si no comprende tanto peor. En cuanto al número de lectores, yo he tenido más suerte que Freud. Mis libros son tan leídos que me asombra.
Estoy convencido que dentro de diez años como máximo, quien me leerá me encontrará transparente como un bonita copa de cerveza.

- ¿Cuáles son las características del lacanismo?
- Es un poco pronto para decirlo porque el lacanismo todavía no existe. Se percibe apenas el olor, como un presentimiento.
Quien crea que sea, Lacan es un señor que practica desde hace cuarenta años el psicoanálisis y que lo estudia desde tanto tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. Yo escribí en uno de mis libros que “a lo que nos conduce el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el cual estamos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente ‘infans’, sin palabra”.
El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso universal concreto. Es el mundo de las palabras quien creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el todo devenir. Solo las palabras dan un sentido consumado a la esencia de las cosas. Sin las palabras nada existiría. ¿Qué sería del placer sin el intermediario de la palabra?
Mi idea es que Freud enunciando en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y Tabú) las leyes del inconsciente, ha formulado, precursor de los tiempos, las teorías con las cuales Ferdinand de Saussure ha abierto el camino a la lingüística moderna.

El diván virtual


Una reflexión para los maestros

Sabemos que en épocas anteriores la frase: “la letra con sangre entra”, no era puesta en duda. Era el corolario de un pensamiento en el que se creía que la única forma de aprender era a través del dolor y, en muchas ocasiones, en aras de la buena intención, los padres y los maestros castigaban severamente a los hijos y a los alumnos, y en el peor de los casos estos quedaban expuestos a los extremos de aquellos que, bajo esa premisa, usaban su lugar de poder para desahogar en ellos sus frustraciones.

Afortunadamente mucho ha cambiado al modificarse esa forma de pensar, y hoy en día un adulto no está en la libertad de abusar de un menor y menos para hacer que la letra entre. Reformas que permitieron a la enseñanza tomar otros rumbos relacionados con el juego y la motivación. Hoy en los casos en que se encuentra el maltrato es sancionado y reprobado. También es importante anotar que parte de ese cambio de pensamiento en la cultura, fue producto de la fuerza que tomaron disciplinas del comportamiento humano, dando lugar a la aparición de profesionales, que en mucho ayudan a aliviar sus conflictos.

La educación actual goza de muchas bondades, pero también, hay que decirlo, se enfrenta a otras dificultades. Una de ellas es que se pasó de un extremo a otro, y si antes se confundía la autoridad con el abuso, hoy se tiende a confundir la libertad a desarrollarse con la permisividad. Esto, unido a los conocimientos de la psicología del ser humano, nos puede estar llevando a otra forma de abuso, que en aras también de las buenas intenciones, lo sostenemos sin darnos cuenta.

Es así que hoy en día, la evolución de un niño en el colegio es observada bajo parámetros muy estrictos que, cuando no se cumplen, algo esperable porque el desarrollo de cada infante tiene diversas modalidades, el niño entra a hacer parte del grupo de aquellos que ameritan un seguimiento, se le hace historia clínica y además se le diagnostica. Es la razón de que muchos jóvenes lleguen a consulta arrastrando un prontuario de citas, evaluaciones y diagnósticos, creyendo desde su infancia que son seres enfermos, cuando lo único que hicieron fue revelar a través de sus actos y a su manera, un conflicto transitorio y normal en edades tempranas.

También es muy común, y seguramente por las mismas razones, las quejas de los maestros a los padres. Notas que comunican que el niño no presta atención, que es muy inquieto o no responde a sus deberes en clase. Y aquí uno se pregunta: ¿Qué puede hacer un padre frente a esto? Y, ¿por qué si es el maestro quien en ese momento está como autoridad frente al alumno, no la ejerce? Es lo que tiene que ver con la permisividad. Seguramente no se espera que se los aquiete con los modos antes tan criticados, pero mínimo el maestro debe contar con métodos que le permitan ejercer su autoridad sin tener que enviar esas quejas a los padres. Unas quejas que generalmente se traducen en que el niño debe ser llevado a consultas especiales.

¿Será que es necesaria tanta consulta? ¿Será que ahora la mayoría vienen defectuosos? O, será que nos hemos olvidado que el tránsito por la infancia está lleno de cambios y transformaciones, donde no podemos esperar que se cumplan logros por catálogos y pedir una serenidad que a esas edades no existe, porque lo que hay es un cierto caos interior que necesita un adulto que con firmeza y serenidad le indique el camino por el cual debe seguir. ¿No será que hoy nos falta esa gran paciencia que nos permitiría no catalogarlo en el grupo de los que deben ir de consulta en consulta y hasta medicarlos? Delegar problemas a los profesionales de la salud en situaciones que deben y pueden ser resueltas en el momento, ejerciendo la autoridad que el niño necesita, puede ser otra forma de abuso, que en aras de la buena intención, estamos convirtiendo la cura en la misma enfermedad.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, mayo 21 2011


viernes, 8 de julio de 2011

El diván virtual


¿Cuál es la importancia de la amistad?

La amistad como el amor, es una elección que nos elige, ya que ese deseo está comandado, no por algo racional, sino por una afinidad que podemos definirla pero poco comprenderla.

Seguramente la razón de que los amigos pueden ser contados, como se dice, con los dedos de la mano, y no porque existan pocos dignos de confianza, sino porque establecer ese lazo implica un encuentro de identificaciones, de azares, de entrega y renuncias.

De identificaciones en el sentido de que aquel a quien se desea como amigo, no lo es porque se parezca a uno, sino porque con él se tienen afinidades, especialmente en lo que se elige. Por lo que podríamos decir que la unión se da, no especialmente porque se gusten, sino por un gustar de lo mismo. Razón por la cual podemos entender por qué siendo tan disímiles es posible el encuentro.

Es del azar, porque encontrar a aquellos que nos pueden atraer se juega en la contingencia de un encuentro casual, en el que sin saber, nos acercamos por una atracción, como si en el otro brillara una lucecita invisible que nos promete un goce.

Y sobre todo la amistad es producto de entrega, de la capacidad de dar, porque sostenerla implica tiempo y energía, por eso aquel que se queja de que no tiene amigos, seguramente está en la posición de aquella que decía: “Siempre me dejan plantada”. Una frase que sirve para jugar con la palabra y mostrar que los que se comportan como una planta, como si estuvieran plantados, sin posibilidad de moverse para llamar, visitar, buscar, lo que les queda es la soledad.

También la amistad es de renuncias, lo que quiere decir que no podemos esperar que todo se dé en la armonía de un acuerdo permanente. Por eso un buen amigo es aquel que sabe que algunas cosas pueden doler, y aún así se arriesga a decir lo que para él es cierto.

La amistad no es de tumultos, algo que actualmente parece olvidarse con las nuevas tendencias de la comunicación, en las que se pueden sumar números como amigos, de lo cual no es fácil sustraerse para tazar la popularidad por las cifras que arroja un dato, que está puesto ahí porque es un artefacto que adiciona y que algunos toman como algo real.

Un amigo es alguien de carne y hueso, un ser como cualquiera, lleno de contradicciones. Es aquel que en momentos nos puede hacer reír, nos puede escuchar, acompañar, pero que también en otros nos puede herir. Es que es humano. Razón también de la soledad de algunos que no alcanzan a comprender y a disculpar, porque en la idealización de las relaciones, no alcanzan a captar que si cobráramos a todo el mundo sus pequeños deslices o lo hicieran con nosotros, ninguna amistad sobreviviría.

Tener amigos es ir más allá de la familia, es el encuentro con las diferencias. Y una de las razones de la imposibilidad de esos lazos, está en relación a la incapacidad para desprenderse de lo conocido, porque en el malentendido de creer que sólo allí encontrará lo que necesita, el mundo cada día se hace más estrecho.

Escrito de IPM publicada en el periódico El Heraldo de Barranquilla, mayo 14 de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

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El diván virtual


¿Sufrimos más de lo necesario?

La respuesta es sí, y no sólo por las circunstancias a las que por estar vivos nos vemos sometidos, también por lo que imaginamos. Imaginamos cómo debe ser el mundo en que vivimos, algo necesario para estar en él, el problema radica en que esa concepción puede ser demasiado estrecha, limitada e inamovible.

Cada cual tiene su forma de mirar el mundo a través del cuadrito que le quedó destinado y cuando lo no esperado aparece, cuando no encaja, puede llevarnos al desespero. Hay algo paradójico, y es que al poseer tantos adelantos que hoy la vida nos ofrece, hace que sea más difícil soportar lo que falla. Tener todo a la mano nos hace más impacientes y más quejumbrosos, más exigentes y menos tolerantes.

Somos seres de la naturaleza, pero lo que concierne al ser humano no tiene nada de natural, sólo su cuerpo. El resto está lleno de variaciones y complejidades que, seguramente, aquel que está consciente de ello sabrá sortear y hasta disfrutar. Pero vivimos controlando variables imposibles, creyendo que haciendo esto pasará esto, y como las cosas siempre toman el rumbo que les está destinado y no precisamente el que hemos imaginado, no es raro que aparezca la inconformidad, la rabia, también el rumiar como una piedra en el zapato, lo que debió ser y no fue.

Vivir pensando en lo que no fue es algo muy común, lo que no advertimos al hacerlo, es el tiempo valioso que perdemos. Es que nos cuesta aceptar la vida en su dimensión real, una realidad que esquivamos con justificaciones y retaliaciones.

Otra condición que nos hace la vida más dura sucede cuando pretendemos saber todo, imponiendo lo propio como la verdad absoluta, sin entender que cada persona tiene una forma diferente de mirar las cosas. Desconocerlo es lo que lleva a grandes desencuentros, en la pareja, entre los padres y los hijos, entre los hermanos y los amigos.

También hay otra forma de sufrir que por ser muy común nos parece normal, y es el miedo a gozar. Lo vemos expresado en el creer que si reímos mucho es porque algo nos espera para llorar, una especie de culpa que no permite disfrutar las cosas buenas en la certeza de que si tenemos un rato de felicidad, luego, con sufrimiento nos va a ser cobrado. Y sucede porque vivimos de lo que nos es legado, consignas que repetimos y pocas veces cuestionamos.

Frases como: “Yo no me tomo en serio”, “Yo hago las cosas por no dejar”, “No hay amigos en la vida”, “Quiero y después que lo tengo no me gusta”, “Hago que todo está bien”, “Espero, me da miedo actuar”, “Yo soy muy de malas”, “Me da pánico hablar”, “Siempre pienso que las cosas me van a salir mal”, “No confío en los demás”, “Yo mejor no digo nada”. Tantas y tan comunes, y son ellas las que hacen el cuadrito que nos permite mirar, para encontrarnos siempre con lo que dicen.

Pero los que más sufren son aquellos donde los síntomas son más graves, como el fóbico, el cual se ve impedido en muchas de sus acciones por miedos irracionales que él mismo sabe que son injustificados. O el obsesivo, que aferrado a lo que le causa sufrimiento no puede apartarlo de su pensamiento. Y el histérico, aquel que vive en la insatisfacción, además aquejado de enfermedades, razón por la cual Freud, que era médico, encontró el inconsciente y su formulación del Psicoanálisis a partir de esas dolencias. Enfermos en los que el cuerpo hablaba lo que ellos no podían formular con palabras. Palabras que al aflorar, calman el dolor de la existencia, ese dolor humano. Como decía Nietzsche demasiado humano.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Mayo 7 de 2011

sábado, 25 de junio de 2011

El diván virtual


¿Es mejor ser rico que pobre?

Esta es una frase expresada por un personaje nacional que ha dado mucho de que hablar, y si ha sido así es porque algo debe estar diciendo. Podríamos concluir que si lo afirmó, es porque en algún momento pudo haber pensado lo contrario, que era mejor: “Ser pobre que rico”. ¿No será este un pensamiento que está arraigado en nuestro medio, por lo cual hacemos parte de un país subdesarrollado o tercer mundista, cuya característica es ser pobre? ¿No tendrá que ver con cierta manera de pensar?

Hay algo innegable que queda oscurecido cuando se explican las causas de la pobreza, atribuida siempre a que la generan los poderosos, razón que no es falsa, pero tampoco es la única. Lo que queda oscurecido es que no se trata solamente del otro que avasalla, también se trata de una posición frente a la vida, de una pobreza interior. De un malentendido transmitido y padecido en el que se cree que sólo se puede salir de ella, si logra ser un campeón mundial o, robando, estafando, traficando y hasta matando.

“Es un hijo de papi”, decimos para referirnos a los hijos de los ricos que habitan nuestro país. Y de ellos suponemos que tienen todas las ventajas y los contactos para lograr sus aspiraciones, lo que no podemos negar y en muchos casos es cierto. Pero también es cierto que en hogares en que abunda la pobreza también encontramos muchos hijos de papi, también hijos de mami donde son los padres los que sostienen grandes familias, a sus hijos con sus hijos y en los cuales la consideración por el que solventa todo, es casi inexistente. Una postura cómoda de creer que todo les debe ser dado y donde asumir sus propias responsabilidades, está lejos de lograrse.

Seguramente la razón, muy inconsciente, que se pueda creer que es mejor ser pobre que rico, porque al pobre le dan y al rico siempre le están pidiendo. Una realidad común que podemos ver fácilmente en muchas familias, en las cuales, cuando alguno logra descollar y ganar un poco más que el resto, pasa al lugar del Super tío, del Super hermano, del que no solamente se espera debe repartir con los demás lo que con su esfuerzo se ha ganado, sino que también pasa a ser, si no lo hace, el mezquino que se cree de mejor familia. Una circunstancia difícil de superar porque el progreso que se pudo conseguir, se ve acompañado de una sensación de culpa por estar en una posición que los otros no han podido alcanzar.

También reina la idea de que al rico le ocurren más desgracias y que son menos buenos que los pobres. Y, al parecer, ser pobre también tiene sus ventajas porque en la calamidad siempre es asistido y considerado por su situación y como no tiene para dar, nada se espera de él, por lo cual nunca podría ser tildado de mezquino. No siente culpa por no poder ayudar y siendo su situación realmente precaria, ver que los demás si tienen, le permite más fácilmente creer que lo que le falta, no es porque no ha hecho el esfuerzo para buscarlo, sino que es el otro quien no lo ha querido proveer.

Estar en una situación de pobreza es entendible, pero estarlo siempre llama a sospecha, algo más debe estarla sosteniendo. Sabemos que progresar no es fácil, y menos si se ha vivido en situaciones extremas, asimismo, es verdad que todas las posibilidades no están dadas en un estado con tantas falencias. Pero también es cierto que somos nosotros los que conformamos el estado, como integrantes de un pensamiento colectivo que tendríamos que reflexionar, porque si logramos tener claro que “Es mejor ser rico que pobre”, como muy sabiamente lo dijo Pambelé, empezaremos a dejar los caminos que nos llevan siempre a la misma pobreza. Donde la auto conmiseración, la victimización, la comodidad y la culpa, no sea lo que nos guie, sino la pujanza y las ganas de trabajar y producir, que es lo único que permite salir de ella.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla. Abril 30 de 2011

miércoles, 22 de junio de 2011

lunes, 20 de junio de 2011

Seminario. Clase siete


La metáfora paterna y lo que representa la ley

Nuestro seminario trata del padre, de la metáfora paterna y su relación con la ley, un tema difícil de abordar frente al cual hemos ido, a partir de rodeos necesarios, acercándonos a los conceptos esenciales.

Ahora seguiremos algunos apartes de El deseo y su interpretación, allí donde Lacan nos ofrece el grafo del deseo y sus pisos, para entender esos primeros tiempos estructurantes donde:

Sin lugar a dudas el orden simbólico, como distinto de lo real, entra en lo real como la reja de un arado e introduce en él una dimensión original.
Las anteriores palabras encontradas en el seminario La relación de objeto me parecen propicias para entender de qué se trata ese grafo, donde en diversos pisos encontramos cómo ese que aún no habla y que después hablando llegará el momento del Che vuoi, ¿Qué me quiere el Otro? Un “me” que nos dice algo distinto a si fuera planteado: ¿me quiere el Otro?

En el primer y segundo piso del esquema se trata de la diferencia de un nivel infans del discurso, no es siquiera necesario que el niño hable todavía para que esa marca, esa impronta puesta por la demanda sobre la necesidad se ejerza al nivel de los gritos alternantes. […] La segunda parte del esquema implica que aún si el niño no puede todavía sostener un discurso, igual ya sabe hablar, y bien pronto. Cuando digo que sabe hablar quiero decir que se trata, a nivel de la segunda etapa del esquema, de algo que va más allá de la captura en el lenguaje. Hay relación, hablando con propiedad, por cuanto hay llamado al otro como presencia, sobre el fondo de un sentido de ausencia.
¿No es acaso lo anterior eso que vemos en los pequeños, cuando decimos que ya tienen el mundo en la cabeza? Reconocen tantas cosas, han absorbido el mundo y sus significantes de tal manera que escuchan atentos y son diligentes al encontrar o mirar lo que el otro, queriendo averiguar qué tanto saben, los someten a pruebas que ellos muy atentos responden. Hay una relación y no sólo a la palabra, también a ese otro que demanda, hay respuesta pero ¿hay un deseo? Si seguimos a Lacan si lo hay, un deseo del Otro que está ahí para reconocerlo, para que a través de ese reconocimiento pueda reconocerse. Algo que al parecer no se da sino en la indefensión, en la experiencia traumática. Es por eso que el ejemplo de la Mantis religiosa tiene todo su valor, una forma de escenificar el vacío en el cual, no sin angustia, es posible la entrada del orden simbólico como distinto de lo real.

En mi discurso del año pasado creí deber advertirles y proyectar por anticipado una fórmula que les indicara la relación de la angustia esencial con el deseo del Otro. Para quienes no estuvieron allí recuerdo la fábula, el apólogo, la divertida imagen que me propuse erigir por un instante: yo mismo revistiendo la máscara animal con la que se cubre el brujo de la gruta de los tres hermanos. Imaginé ante ustedes hallarme frente a otro animal éste verdadero, y para la ocasión supuestamente gigantesco, el de la mantis religiosa. Y como además yo no sabía cuál era la máscara que me cubría, Imaginarán fácilmente que tenía algunas razones para no encontrarme tranquilo, dada la posibilidad de que, por azar, esa máscara no fuese inadecuada para llevar a mi partenaire a algún error acerca de mi identidad. Bien subrayada la cosa cuando agregué que en ese espejo enigmático del globo ocular del insecto yo no veía mi propia imagen.
Podríamos pensar que Lacan exagera cuando casi nos asusta con sus apólogos, pero sólo con pensar que esto, obviamente matizado, es algo que a diario nos sucede, porque ¿acaso no es común seguir sujetos a aquello que el otro quiere porque en esa hiancia, esa presencia primitiva del deseo del Otro como opaco, como oscuro, estamos sin recursos? No es la razón también de que aun habiendo pasado por ese momento crucial, sin embargo, y es la característica del neurótico, sigue sujeto a lo que quiere el Otro? Al parecer ese espacio donde el deseo del otro se muestra opaco, donde no puedo saber qué quiere, ¿qué me quiere? aparece el sin recursos que debe dar cuenta del propio deseo, ¿allí donde no veo mi propia imagen?

Y aquí podríamos volver a incluir el tema de la libertad con el que empezamos nuestro seminario. ¿No es en este momento crucial donde el niño intuye su presencia como falo imaginario, que evidencia esa imagen en la que se ha convertido?

Entre los avatares de la demanda y lo que tales avatares le hacen devenir, y por otra parte esa exigencia de reconocimiento por el otro, que podemos llamar exigencia de amor, donde se sitúa un horizonte de ser para el sujeto de quien se trata, de saber si el sujeto puede alcanzarlo o no. Es en ese intervalo, en esa hiancia que se sitúa la experiencia que es la del deseo, aprehensible primero como siendo del deseo del Otro y en cuyo interior el sujeto ha de situar su propio deseo. Su propio deseo como tal no puede situarse sino en ese espacio.
Sabemos por experiencia cómo es de difícil abordar lo que tiene que ver con el propio deseo. Algo de lo que muchos hablan y de lo cual se culpa a todo el mundo, principalmente a la madre, pero en lo cual deberíamos tener un poco más de rigor, y es que el deseo propio no se da sin angustia, porque es allí donde un significante falta, dónde no habrá guía que imponga derrotero, donde la propia pregunta: ¿qué me quiere? hace tambalear al Otro. Otro que sostiene y al cual, y sin proponérnoslo o, tal vez si, ¿seguimos pidiendo, con tal de no saber de esa hiancia, que nos coarte la libertad?

Seguramente porque no es fácil estar ahí ante esa mantis religiosa, ante lo desconocido no sólo del otro sino lo que muestra el desconocimiento propio. Es la castración que sabemos remite a la caída del falo, al derrumbamiento de alguien todavía poderoso, a la muerte. Es de lo que lo simbólico dará cuenta cuando cubre a medias un real inabarcable, insondable y trágico. Como decía el escritor Joseph Conrad para explicar por qué escribe: “Es que la vida no soporta que se la mire muy de cerca”. Parafraseándolo: es que el vacío no soporta que se lo mire muy de cerca. Y paradójico, porque es allí y sólo allí donde puede aparecer el deseo.

Y hablando de creación y recreando lo anterior de acuerdo a nuestras raíces, hay dos personajes que debido a su don, lograron con su voz y su presencia que multitudes los siguieran, algo que no le es dado a todos. Y tal vez por esto son ellos los que nos permiten ver con mayor claridad lo que en el mundo de los comunes está escondido, también, porque siendo seres del espectáculo, donde pareciera que todo está más permitido, evidencian dos vidas similares pero también disímiles. Similares en que ambos se asomaron al abismo, disímiles en que a uno algo lo sostuvo, el otro fue tragado por él.

Si el orden de lo simbólico entra en lo real como la la reja de un arado introduciendo una dimensión original, podemos preguntarnos qué dimensión original escribiría estas dos vidas. Seguramente no lo sabremos, pero sí podemos rastrear algunos de sus decires en las canciones que marcaron su existencia.

Uno de ellos es Hector Lavoe, un personaje con cuya vida se podría poner en escena la tragedia moderna, un hombre de triunfos, de excesos y de grandes dolores. Que después de verlo adorado por su mundo al que le cantaba y encumbrado a los lugares en que cualquiera en su arte hubiera querido llegar, él mismo se derrumba por la adicción, para aparecer muchas veces grabado tratando de cantar, como si todavía no entendiera que ya no era el que era y entregarse a los demás como un despojo.

El otro, Joe Arroyo, un ser que también habitó el submundo después que conoció la gloria, lo infrahumano del abandono de sí mismo en aras de la droga, pero que logra varias veces salir airoso para al final de su carrera poder estar lúcido y alcanzar a disfrutar lo que su público, agradecido por todo lo que le había dado, le quería retribuir. En ambos podríamos pensar en Freud y su artículo: Los que fracasan al triunfar pero también podemos leer algo de lo que ellos, sin saberlo, nos pueden explicar, pues ahí en lo simbólico está escrito algo de su verdad.

No es de extrañar entonces que una de las canciones de Lavoe, cantada con toda la entrega con que atrapaba a su público dijera: "Yo soy la fama, soy aquel que la gente reclama pero nadie puede comprender. Mi madre dijo no creas ser un gran tenorio, pararás en un sanatorio y allí la fama has de perder". ¿Acaso sus últimos días no fueron una escenificación de lo que eso decía?

Y por qué no pensar que el Joe Arroyo escenifica también lo cantado, cuando al final de su trayecto puede recibir el tributo que la vida le debe, que podríamos pensarlo como una de sus canciones en las que algunas frases dicen: “Sentí una pena con el ayer, hay que malo fue. A mí que tanto llore, me paré. Ahora sé que le gané, derroté. Echao pa lante, ahora tu va a ver, tengo una apuesta que se llama fe. Hoy reconozco que me equivoqué. Me paré”.

El uno se paró y el otro se derrumbó, vidas similares con finales diferentes. ¿Qué se escribió en ese primer tiempo del ¿Qué me quiere el otro? Ni ellos mismos lo sabrán, sólo la vida lo muestra y algo de lo que muchas veces repitieron sin saberlo.

miércoles, 8 de junio de 2011

El diván virtual


¿Nos cuesta decir no?

Seguramente sí. Decir sí es más fácil porque se está de acuerdo y en el acuerdo no hay mucho que perder. Decir no implica una posición frente a algo, sobre todo cuando el no, no es una respuesta refleja de aquel que siempre está en desacuerdo.

La relación con los demás no es algo que se dé por sentado, es toda una construcción que se produce en medio de muchas dudas porque siempre tendrá que ver con la aprobación que buscamos del otro. Es la razón de que en muchas ocasiones aceptemos situaciones, que en el fondo sabemos que son inadmisibles, pero por temor a herir al otro y sobre todo perderlo, la palabra verdadera se amordaza.

Una forma de actuar que no podríamos catalogar de hipocresía, pero sí de incongruente. Porque: ¿por qué pensar que el otro no sería capaz de soportar la herida? O, ¿Por qué creer que el otro tiene más derecho a no ser herido que uno el derecho a decir lo que piensa? También, ¿por qué se tendría que pagar tan caro su presencia hasta el punto de anularse?

Buscar el reconocimiento está dado por estructura, además necesario para avanzar, por eso afirmar que a uno no le importa lo que los demás digan está más cerca del engaño que de la verdad. Siempre nos importará, de ahí que sigamos la moda y busquemos vernos agradables para los demás. También la necesidad de triunfar en lo que hemos elegido y compartirlo, evidente en los festejos y felicitaciones que aparecen cuando culminamos un objetivo largo tiempo ansiado.

La razón es que el deseo aunque sea íntimo y particular está asociado a la sanción social, una mirada que esperamos porque nos vemos en el otro como en un espejo. Y no es de extrañar, ¿acaso nuestra constitución no se inicia en esa mirada que nos recibe y acoge cuando todavía no sabemos hablar? Otra cosa es seguir preso de esa omnipotencia que lleva a la inmovilidad y a la duda constante, dejándonos en la impotencia y la falta de satisfacción.

Un lugar de sometimiento, a veces, no a alguien especial sino frente a cualquiera que hace sentir que la vida sólo pasa, pero que no pasa nada en ella, manifiesto en un aburrimiento constante o en un dolor que no se sabe a qué obedece pero que se siente.

Una sensación de sentirse siempre en desventaja, a aceptar en lo que se intuye que se puede salir dañado, a hacer del comodín que los otros necesitan. Porque inconscientemente se eleva al otro a una posición de saber y poder que nadie tiene, una magnificación que deja al que así lo imagina a merced del que ha encumbrado y en los que la defensa es el aislamiento y el silencio. También la agresividad.

Tomar una posición es saber que hay opciones posibles y en las que se hace necesario hacer una elección. Es un momento de soledad, es una decisión intransferible que cuando se transfiere, en aras de agradar, siempre dejará un mal sabor y sobre todo una culpa porque en el fondo se sabe que no se estuvo a la altura, no de alguien más, sino de uno mismo.

No hay nada que produzca más tristeza que la culpa por ceder ante lo que queremos, y sucede porque ni siquiera sabemos qué queremos, ya que cuando está claro, así sea en medio de titubeos, nos sorprende nuestra propia audacia para conseguir lo que nunca habíamos pensado lograr. En la vida podemos poseer muchos bienes, recibir todos los dones que nos quieran dar, pero lo que realmente nos hace sentir vivos sucede cuando en una posición ética frente a nosotros mismos y a los demás, podemos decir sí o no, asumiendo las consecuencias, que es el costo que pagamos por lo que queremos.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Abril 23 de 2011

miércoles, 1 de junio de 2011

Lecturas recomendadas


El amor al revés. Ensayo sobre la transferencia psicoanalítica.
Gérard Pommier

Suele ocurrir que un análisis comience en un clima de euforia. La transferencia obrará primero sobre seguro, en particular cuando efectos terapéuticos inmediatos vengan a darle una mano. De lo cual hay que congratularse, sin duda, sobre todo si esos resultados se mantienen, pero todavía hay que averiguar qué cosa los ocasiona. Prevalece la sensación de que estos beneficios deben ser atribuidos al descubrimiento del saber inconsciente, pero el descifrado del síntoma no garantiza por sí sólo la permanencia del efecto terapéutico más allá de la verdad de la transferencia. En realidad el desenvolvimiento de la cura muestra que es la transferencia la que prueba su fuerza gracias al inconsciente, y es ella la que por consiguiente, contabiliza, más bien que al saber descubierto, los primeros efectos terapéuticos.

Así ocurre con ciertos juegos de palabras desopilantes, o incluso con hábiles conexiones significantes. Aunque estos montajes vistos desde fuera, parezcan a veces ineptos, aunque su lógica parezca a veces incierta, tienen de todos modos beneficiosas consecuencias porque su operación ha brindado un apoyo a la transferencia. Cuando un psicoanalista da cuenta de su práctica sólo con estos elementos, está lejos de ser siempre convincente.

Ahora bien, el analista en cuestión puede, como los que le prestan oído eventualmente burlón, darse cuenta que el descubrimiento que ha fascinado a su paciente no corresponde en absoluto, o no corresponde aún, al término del saber inconsciente que convendría. Y, sin embargo, en muchos casos, un descubrimiento imperfecto o francamente lateral al problema, provoca una intensa exaltación intelectual (lo que es comprensible) y un notable efecto terapéutico (lo que se comprende menos)

[…] ¿Por qué habría que atribuir a la transferencia esta eficacia? ¿Se trata solamente de un efecto de sugestión ni más ni menos duradero que el que corresponde a la brujería, la religión o en cierta medida, a la propia medicina, aunque la debiera a su equipamiento científico? Esta analogía carece de pertinencia, y por una razón muy simple: para que haya sugestión, todavía se precisa que el psicoanalista sugiera algo (la curación, por ejemplo). Ahora bien, justamente no es así. Además, el procedimiento terapéutico mencionado concierne únicamente al análisis porque sucede al descubrimiento de una secuencia de saber inconsciente. Cuando durante la cura, esta secuencia, a menudo mínima o, a veces poco comprensible, ha sido descubierta, lo que se le supondrá entonces al analista es la totalidad de un saber sobre el inconsciente. De ahí un robustecimiento de la transferencia y un efecto terapéutico cuya fuerza es inconsciente, contrariamente a la sugestión, por principio siempre verbalizada.

[…] Donde mejor andará, pues, el analizante es en la incomprensión y en circunstancias más bien opacas. A menudo sin que se percate siquiera de ellas muchas pequeñas miserias –jaquecas, anginas, ardores gástricos, etc- que ni pensó que pudieran tener un origen psíquico, se disiparán. Basado en estos resultados, un analizante puede considerarse satisfecho y aprestarse a salir del análisis. Inclusive puede hacerlo efectivamente considerándose curado. Por desgracia a menudo no se necesita más para que los síntomas resurjan, sobre todo si el analista consintió apresuradamente a una interrupción. En efecto si se considera que la transferencia vale para una generalidad del síntoma pues funciona como un intercambiador universal de todas las formaciones del inconsciente, es preferible hacer gala de prudencia en lo que atañe al fin o más bien la interrupción del análisis. Una mejoría no prueba nada, especialmente cuando se asienta sobre el mero efecto terapéutico de la transferencia.

[…] La unilateralidad del narcisismo tiene el desagradable inconveniente de menospreciar la persona del prójimo Y, a despecho de las descripciones bíblicas, nos resulta un tanto difícil amar en el otro otra cosa que lo que nos permite amarnos. Y el resultado se aleja un poco de lo que recibe comúnmente el nombre de amor. […] La inmensa mayoría de los seres humanos sadizan mentalmente a una parte considerable de la humanidad, reduciéndola a una condición de sufrelotodo. […] Como persona “total”, nuestro prójimo resulta no solamente un extraño, sino que su presencia impone una violencia que ya ni siquiera notamos, tanto nos hemos habituado a desviarla, merced a la pulsión, hacia algunas actividades comunes como beber, comer, fumar, actividades a las que nos entregamos más o menos compulsivamente en cuanto estamos con otros.

[…] La sesión psicoanalítica (cuyo dispositivo refrena toda actividad pulsional comunitaria) devela la presencia de otro en lo que tiene de más despojado. La transferencia analítica abre una perspectiva que ninguna otra relación humana incluye, la de una reducción de la persona del analista al objeto. A este precio, la presencia del analista es una dura prueba cuando se descubre hasta esa desnudez, pues entonces ya nada viene a equilibrar la unilateralidad del narcisismo. ¿Con qué extenuante trabajo se enfrenta la presencia? ¿Qué está en juego, si no las exigencias del narcisismo, ya que son ellas las que la pulsión descubre en el dispositivo? La seguridad, la ferocidad unilátera de que el Yo se sostiene en la vida ordinaria deja de tener curso durante la cura porque, por principio, el Otro de la transferencia no emprenderá nunca la lucha de prestancia habitual y, por consiguiente, ya no le aportará ningún sostén. La fatiga resultante nace del esfuerzo cumplido por el analizante cuando se confronta con esa presencia: extenuante justamente por no demandarle nada.

Apartes del libro El Amor al Revés. Ensayo sobre la transferencia en psicoanálisis. Amorrortu editores. 1995

jueves, 26 de mayo de 2011

El diván virtual


¿Valoramos lo que tenemos?

La mayoría de los vivientes de la naturaleza son depredadores, no necesitan construir una herramienta para cazar, alimentarse o defenderse. Otros pueden trepar, volar, nadar, arrastrarse o mimetizarse hábilmente para conseguir el alimento. Nacen abrigados, poseedores de envolturas propicias para tiempos inclementes.

A diferencia, nosotros los seres humanos, para guarecernos construimos moradas, para las inclemencias del clima inventamos abrigos, para alimentarnos y defendernos creamos instrumentos, para comunicarnos ideamos señales, para alimentarnos, recolectamos los alimentos. Aún para sobrevivir con nuestros desechos, debemos encontrar la forma de eliminarlos. Una serie de saberes que nos permiten la supervivencia porque somos seres de la palabra, sin lo cual sería imposible la existencia.

También, elaboramos la forma cómo debemos comportarnos para vivir en el grupo social, normas y valores que la mayoría cumple, sin lo cual la especie perecería. Algo en lo que poco pensamos y que nos lleva a olvidar lo valioso que hay en el ser humano y por lo tanto en cada uno de nosotros.

Hacemos parte de todo un montaje que hace que las cosas marchen, del que sólo advertimos su presencia cuando falla, seguramente la razón de que no lo podamos agradecer cuando funciona. En el mercado encontramos los alimentos que necesitamos, prendemos la luz y nos ilumina, abrimos el grifo y sale el agua, tenemos acceso a medicamentos cuando sufrimos una enfermedad. Beneficios, entre muchos, que nos parecen mínimos cuando los tenemos, sin pensar que hacen parte de todo un esfuerzo colectivo, para lo cual se ha necesitado todo un engranaje. Al parecer olvidamos que no es tan sencillo lograrlo.

Pasar de las señales de humo al internet, de los caminos de herradura al avión, de los fogones de leña al microondas, de la música en vivo al CD, del frio o el calor inmisericorde al aire acondicionado, de la enfermedad a la cura, entre muchos otros, nos hace creer que todo es inmediato. Es la angustia del hombre moderno que ya no sufre por la lentitud sino por la rapidez. Una instantaneidad a la que nos hemos acostumbrado, que no permite apreciar lo que se hace para obtenerla y sobre todo, la creemos infalible, volviéndose tan necesaria que su falla nos puede hacer la vida invivible.

Una vida que sería mejor si tuviéramos la capacidad de apreciar las cosas en lo que valen y valorar lo que nos ha sido dado. Si siempre tuviéramos presente que cada suceso que mueve nuestro mundo, ha tenido toda una historia y un gran esfuerzo, seríamos más partícipes, menos exigentes y más dadivosos.

La inmediatez de lo moderno nos puede llevar a exigencias donde perdemos de vista el esfuerzo que en cada acto se realiza, sin entender que lo que poseemos, se debe a acciones conjuntas en las cuales cada uno ha realizado su parte. Una la labor minuciosa y constante de aquellos que se unen para lograr lo impensable, construido día a día sobre un vacío, sobre lo que no hay pero que puede ser posible.

Valores que debemos rescatar, ya que al parecer, hasta la vida ha perdido el reconocimiento que merece en un mundo donde todo se vuelve desechable. También la capacidad de asombro para recibir las cosas buenas, dando por hecho que deben estar ahí para nosotros, desconociendo que cuando se logran, no es por arte de magia, sino que obedecen a un esfuerzo colectivo del cual, si hacemos parte sólo para pedir, la respuesta que encontraremos será que muchos de los que se han propuesto para colaborar, se queden con todo o, sólo den lo mínimo de lo que deben dar.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Abril 16 de 2011

martes, 17 de mayo de 2011

El diván virtual


¿Mucho cacique y poco indio?

Un síntoma se puede definir como: “lo que no podemos hacer, o lo que no podemos dejar de hacer”. Pensando en esto, y en la forma de ser de nosotros los colombianos, no está demás tratar de encontrar cuales son los que nos agobian para que nuestra sociedad padezca siempre los mismos males. Y es que el síntoma también se caracteriza por la insistencia, es lo que lleva a alguien a consulta porque se alcanza a dar cuenta de la repetición, de ahí que su queja sea: por qué será que me pasa siempre lo mismo.

Una pregunta que podemos trasladar al país: ¿por qué será que nos pasa siempre lo mismo? Seguramente las causas son muchas, pero hay una muy evidente que tal vez un cuento gracioso nos ayude a comprender, sobre todo si tenemos en cuenta que: “No hay nada más serio que un chiste”. Le preguntaron a un japonés quien era más inteligente entre un japonés y un colombiano, él respondió que un colombiano era más inteligente que un japonés, pero que un japonés era más inteligente que dos colombianos. Al dar sus razones dijo que uno sólo es muy inteligente pero que dos no lo son tanto, porque como nunca se ponen de acuerdo, no pueden resolver un problema.

Para seguir con los japoneses, los últimos sucesos nos dan una idea de cómo pueden dar rápidas soluciones a grandes problemas, cuando en un tiempo record lograron, después de un terremoto y un tsunami, reconstruir una carretera para descongestionar y permitir el acceso de sus habitantes a los lugares incomunicados. Para nosotros, seguramente asunto de magia, ya que cada decisión que aquí se toma, ha tenido toda suerte de discusiones apasionadas y leguleyas que la retrasan, y aún así, siempre aparece después, lo que supuestamente con ellas se había querido impedir.

Al parecer sufrimos de una desconfianza atávica que nos lleva a no poder escuchar con benevolencia al otro, a un desconocimiento proverbial de los valores del semejante que lleva a desaprovecharlos, a una incapacidad descomedida para el agradecimiento que no permite reconocer lo que ha dado para disfrutarlo. Hay más la tendencia a la crítica despiadada, a la burla sin misericordia, a vivir cazando el error, y no precisamente para resolverlo sino para mostrarlo. Mientras, los que obran como los niños sin ley, porque en su casa les permitieron siempre salirse con la suya, toman al estado y su patrimonio para seguir haciendo de las suyas.

Paradójicamente, padecemos también una tendencia desmedida a interpretar las razones de los que hacen daño, disculpando sus acciones por un hogar mal avenido, por la pobreza y muchas otras justificaciones que pueden tocar algo de la realidad, pero que al sostenerlas, se sostienen actos reprochables en los cuales, los comprometidos, se sienten excusados para seguirlos cometiendo sin que otros razonamientos puedan dar lugar a acciones diferentes.

Somos una comunidad llena de recursos y valores con una gran disposición para soportar el infortunio, a lo que al parecer, nos hemos acostumbrado. Una idiosincrasia con una gran capacidad para mirar la paja en el ojo ajeno y ceguera en el propio, lo que lleva a que los Partidos, del color que sean, se toman la palabra literal y se parten para pelear, para acusar, para culpar, no es raro entonces que se termine en la violencia. Una lógica donde colaborar para sacar adelante un proyecto queda perdido entre tanto protagonismo y ganas de figurar.

Dar soluciones rápidas a grandes problemas obedece a la magia de pensar estrategias en conjunto, política de la que carecemos bastante, lo que hace cierto también que somos: “Un país con mucho cacique y poco indio.” Una necesidad de querer estar por encima del otro, que desemboca en el ventajismo y la intolerancia. Del síntoma, lo que no se puede dejar de hacer.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barraqnuilla, Colombia. Abril 9 de 2011