jueves, 28 de julio de 2011

Entrevistas


                                                  Entrevista a Lacan por Por Emilia Granzotto

Emilia Granzotto: -Profesor Lacan, se escucha cada vez más a menudo hablar de la crisis del psicoanálisis: se dice que Sigmund Freud está pasado de moda, la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina ya no es suficiente, para comprender al hombre ni para interpretar a fondo su relación con el medioambiente, con el mundo.

Jacques LacanJacques Lacan: -Esas son historias. Primero, no hay crisis. El psicoanálisis no tiene del todo localizados sus límites, al contrario. Hay todavía muchas cosas por descubrir en la práctica y en la doctrina. En psicoanálisis no hay una solución inmediata, pero solamente a la larga, espera investigar los por qué.

Segundo: Freud. ¿Cómo se puede juzgar que está pasado de moda si nosotros no lo hemos comprendido totalmente? Lo que, sabemos es que ha hecho conocer cosas perfectamente novedosas que no se habían imaginado antes que él, problemas… desde el inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico, a la sujeción a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto en cuestión la verdad, un asunto que importa a cada uno, personalmente. Nada tiene que ver con una crisis. Yo repito: se está lejos de los objetivos de Freud. Es también porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas, desviaciones, los epígonos[2] no han seguido siempre fielmente el modelo, esto ha creado la confusión.

Después de su muerte, en el ‘39, mismo algunos de sus alumnos han pretendido hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivos, la readaptación del individuo a su medioambiente social. Es decir la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

El lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres intervenciones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy poco importa qué responsabilidades tiene el gobernante, y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los psicoanalistas, desgraciadamente, ellos prosperan como los magos y los curanderos. Proponer a la gente ayudarlos significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

- ¿Qué exactamente?
- Yo lo defino como un symptôme[3], revelador del malestar de la civilización en la cual nosotros vivimos. No es, por supuesto, una filosofía, yo aborrezco la filosofía, hace mucho tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco fe, y no me gusta llamarla ciencia. Decimos que es una práctica que se ocupa de lo que no marcha bien, terriblemente difícil porque ella pretende introducir en la vida cotidiana lo imposible y lo imaginario. Hasta ahora, ella ha obtenido ciertos resultados, pero no tiene todavía reglas y se presta a toda clase de equivocaciones.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, que tiene relación con la medicina, o con la psicología o con las ciencias afines. Ella es también muy joven. Freud ha muerto hace a penas 35 años. Su primer libro La interpretación de los sueños ha sido publicado en 1900, y con muy poca repercusión. Creo que ha tenido 300 ejemplares vendidos por aquellos años. Tenía también muy pocos alumnos, que pasaban por locos, y ellos mismos no se ponían de acuerdo sobre la manera de poner en práctica y de interpretar lo que habían aprendido.

- ¿Qué es lo que no marcha bien en el hombre?
 Hay una gran fatiga de vivir, resultado del camino hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta donde se puede ir arrastrando esta fatiga, este malestar de la vida.

- ¿Qué empuja a la gente a psicoanalizarse?
- El miedo. Cuando le pasan cosas, las mismas cosas que ha querido, que él no comprende, el hombre tiene miedo. Sufre por no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico, es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo enferma por el temor de estar enfermo, sin estarlo en realidad. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza… pensamientos que uno no puede controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

- ¿Por ejemplo?
- Llega a la neurosis de sentirse empujado por una necesidad horrorosa, de ir a verificar decenas de veces si la canilla está verdaderamente cerrada o si tal cosa está bien en su sitio, sabiendo con certeza que la canilla está como debe ser, y que todo está en su sitio. No hay píldora que cure esto. Tú debes descubrir por qué se llega y saber lo que esto significa.

- ¿Y el tratamiento?
- La neurosis es una enfermedad que se trata con la palabra, ante todo con la suya. Él debe hablar, contar, explicar,... el mismo Freud lo define así “asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro”.
El psicoanálisis es el rey de la palabra, no hay otro remedio. Freud explicaba que el inconsciente, no es tan profundo más bien es inaccesible a la profundidad conciente. Y decía también que en este inconsciente “eso habla”: un sujeto en el sujeto, transcendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

- ¿Palabra de quién?; ¿del enfermo o del psicoanalista?
- En psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina, no son exactos, no son utilizados. Mismo las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice “hacerse psicoanalizar”. Eso es falso. Quien hace el verdadero trabajo en análisis es el que habla, el sujeto analizando, mismo si lo hace sobre al modo sugerido por el analista que le indica como proceder y lo ayuda por las intervenciones. Las interpretaciones le son abundantes, parecen al principio dar sentido a lo que el analizando dice.
En realidad la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es mostrarle a través de su propio relato que su symptôme, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, está desprovista de todo sentido. Mismo si en apariencia es real, no existe.
Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede demandan una gran práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la medida son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber medir la ayuda que uno da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

- Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: “el retorno a Freud”; ¿qué significa esto?
- Exactamente lo que he dicho. El psicoanálisis es Freud. Si uno quiere hacer psicoanálisis, es necesario referirse a Freud, a sus términos, a sus definiciones, leídos e interpretados en su sentido literal. Yo he fundado en París una escuela freudiana justamente para eso.
De esto hace veinte años y más que yo vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud significa simplemente despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales, por ejemplo el formalismo institucional de las sociedades psicoanalíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer Freud quiere decir solamente releer Freud. Aquel que no haga esto en psicoanálisis utiliza formas abusivas.

- Pero Freud es difícil. Y Lacan se dice lo vuelve incomprensible. ¿Se reprocha a Lacan de hablar, sobre todo de escribir, de tal manera que solo algunos iniciados puedan esperar comprender?
- Yo lo sé. Tengo la reputación de ser un confuso que oculta su pensamiento en las nubes de humo. Me pregunto por qué. A propósito del análisis repito con Freud que es “el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entra en lo real”. ¿Está claro? Pero el psicoanálisis no es algo simple.
Mis libros son famosos incomprensibles. ¿Pero por qué? Yo no los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, yo no me he preocupado un instante de disfrutar con algunos lectores. Yo tenía cosas que decir y las he dicho. Me basta con tener un público que lee, si no comprende tanto peor. En cuanto al número de lectores, yo he tenido más suerte que Freud. Mis libros son tan leídos que me asombra.
Estoy convencido que dentro de diez años como máximo, quien me leerá me encontrará transparente como un bonita copa de cerveza.

- ¿Cuáles son las características del lacanismo?
- Es un poco pronto para decirlo porque el lacanismo todavía no existe. Se percibe apenas el olor, como un presentimiento.
Quien crea que sea, Lacan es un señor que practica desde hace cuarenta años el psicoanálisis y que lo estudia desde tanto tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. Yo escribí en uno de mis libros que “a lo que nos conduce el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el cual estamos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente ‘infans’, sin palabra”.
El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso universal concreto. Es el mundo de las palabras quien creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el todo devenir. Solo las palabras dan un sentido consumado a la esencia de las cosas. Sin las palabras nada existiría. ¿Qué sería del placer sin el intermediario de la palabra?
Mi idea es que Freud enunciando en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y Tabú) las leyes del inconsciente, ha formulado, precursor de los tiempos, las teorías con las cuales Ferdinand de Saussure ha abierto el camino a la lingüística moderna.

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Una reflexión para los maestros

Sabemos que en épocas anteriores la frase: “la letra con sangre entra”, no era puesta en duda. Era el corolario de un pensamiento en el que se creía que la única forma de aprender era a través del dolor y, en muchas ocasiones, en aras de la buena intención, los padres y los maestros castigaban severamente a los hijos y a los alumnos, y en el peor de los casos estos quedaban expuestos a los extremos de aquellos que, bajo esa premisa, usaban su lugar de poder para desahogar en ellos sus frustraciones.

Afortunadamente mucho ha cambiado al modificarse esa forma de pensar, y hoy en día un adulto no está en la libertad de abusar de un menor y menos para hacer que la letra entre. Reformas que permitieron a la enseñanza tomar otros rumbos relacionados con el juego y la motivación. Hoy en los casos en que se encuentra el maltrato es sancionado y reprobado. También es importante anotar que parte de ese cambio de pensamiento en la cultura, fue producto de la fuerza que tomaron disciplinas del comportamiento humano, dando lugar a la aparición de profesionales, que en mucho ayudan a aliviar sus conflictos.

La educación actual goza de muchas bondades, pero también, hay que decirlo, se enfrenta a otras dificultades. Una de ellas es que se pasó de un extremo a otro, y si antes se confundía la autoridad con el abuso, hoy se tiende a confundir la libertad a desarrollarse con la permisividad. Esto, unido a los conocimientos de la psicología del ser humano, nos puede estar llevando a otra forma de abuso, que en aras también de las buenas intenciones, lo sostenemos sin darnos cuenta.

Es así que hoy en día, la evolución de un niño en el colegio es observada bajo parámetros muy estrictos que, cuando no se cumplen, algo esperable porque el desarrollo de cada infante tiene diversas modalidades, el niño entra a hacer parte del grupo de aquellos que ameritan un seguimiento, se le hace historia clínica y además se le diagnostica. Es la razón de que muchos jóvenes lleguen a consulta arrastrando un prontuario de citas, evaluaciones y diagnósticos, creyendo desde su infancia que son seres enfermos, cuando lo único que hicieron fue revelar a través de sus actos y a su manera, un conflicto transitorio y normal en edades tempranas.

También es muy común, y seguramente por las mismas razones, las quejas de los maestros a los padres. Notas que comunican que el niño no presta atención, que es muy inquieto o no responde a sus deberes en clase. Y aquí uno se pregunta: ¿Qué puede hacer un padre frente a esto? Y, ¿por qué si es el maestro quien en ese momento está como autoridad frente al alumno, no la ejerce? Es lo que tiene que ver con la permisividad. Seguramente no se espera que se los aquiete con los modos antes tan criticados, pero mínimo el maestro debe contar con métodos que le permitan ejercer su autoridad sin tener que enviar esas quejas a los padres. Unas quejas que generalmente se traducen en que el niño debe ser llevado a consultas especiales.

¿Será que es necesaria tanta consulta? ¿Será que ahora la mayoría vienen defectuosos? O, será que nos hemos olvidado que el tránsito por la infancia está lleno de cambios y transformaciones, donde no podemos esperar que se cumplan logros por catálogos y pedir una serenidad que a esas edades no existe, porque lo que hay es un cierto caos interior que necesita un adulto que con firmeza y serenidad le indique el camino por el cual debe seguir. ¿No será que hoy nos falta esa gran paciencia que nos permitiría no catalogarlo en el grupo de los que deben ir de consulta en consulta y hasta medicarlos? Delegar problemas a los profesionales de la salud en situaciones que deben y pueden ser resueltas en el momento, ejerciendo la autoridad que el niño necesita, puede ser otra forma de abuso, que en aras de la buena intención, estamos convirtiendo la cura en la misma enfermedad.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, mayo 21 2011


viernes, 8 de julio de 2011

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¿Cuál es la importancia de la amistad?

La amistad como el amor, es una elección que nos elige, ya que ese deseo está comandado, no por algo racional, sino por una afinidad que podemos definirla pero poco comprenderla.

Seguramente la razón de que los amigos pueden ser contados, como se dice, con los dedos de la mano, y no porque existan pocos dignos de confianza, sino porque establecer ese lazo implica un encuentro de identificaciones, de azares, de entrega y renuncias.

De identificaciones en el sentido de que aquel a quien se desea como amigo, no lo es porque se parezca a uno, sino porque con él se tienen afinidades, especialmente en lo que se elige. Por lo que podríamos decir que la unión se da, no especialmente porque se gusten, sino por un gustar de lo mismo. Razón por la cual podemos entender por qué siendo tan disímiles es posible el encuentro.

Es del azar, porque encontrar a aquellos que nos pueden atraer se juega en la contingencia de un encuentro casual, en el que sin saber, nos acercamos por una atracción, como si en el otro brillara una lucecita invisible que nos promete un goce.

Y sobre todo la amistad es producto de entrega, de la capacidad de dar, porque sostenerla implica tiempo y energía, por eso aquel que se queja de que no tiene amigos, seguramente está en la posición de aquella que decía: “Siempre me dejan plantada”. Una frase que sirve para jugar con la palabra y mostrar que los que se comportan como una planta, como si estuvieran plantados, sin posibilidad de moverse para llamar, visitar, buscar, lo que les queda es la soledad.

También la amistad es de renuncias, lo que quiere decir que no podemos esperar que todo se dé en la armonía de un acuerdo permanente. Por eso un buen amigo es aquel que sabe que algunas cosas pueden doler, y aún así se arriesga a decir lo que para él es cierto.

La amistad no es de tumultos, algo que actualmente parece olvidarse con las nuevas tendencias de la comunicación, en las que se pueden sumar números como amigos, de lo cual no es fácil sustraerse para tazar la popularidad por las cifras que arroja un dato, que está puesto ahí porque es un artefacto que adiciona y que algunos toman como algo real.

Un amigo es alguien de carne y hueso, un ser como cualquiera, lleno de contradicciones. Es aquel que en momentos nos puede hacer reír, nos puede escuchar, acompañar, pero que también en otros nos puede herir. Es que es humano. Razón también de la soledad de algunos que no alcanzan a comprender y a disculpar, porque en la idealización de las relaciones, no alcanzan a captar que si cobráramos a todo el mundo sus pequeños deslices o lo hicieran con nosotros, ninguna amistad sobreviviría.

Tener amigos es ir más allá de la familia, es el encuentro con las diferencias. Y una de las razones de la imposibilidad de esos lazos, está en relación a la incapacidad para desprenderse de lo conocido, porque en el malentendido de creer que sólo allí encontrará lo que necesita, el mundo cada día se hace más estrecho.

Escrito de IPM publicada en el periódico El Heraldo de Barranquilla, mayo 14 de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

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¿Sufrimos más de lo necesario?

La respuesta es sí, y no sólo por las circunstancias a las que por estar vivos nos vemos sometidos, también por lo que imaginamos. Imaginamos cómo debe ser el mundo en que vivimos, algo necesario para estar en él, el problema radica en que esa concepción puede ser demasiado estrecha, limitada e inamovible.

Cada cual tiene su forma de mirar el mundo a través del cuadrito que le quedó destinado y cuando lo no esperado aparece, cuando no encaja, puede llevarnos al desespero. Hay algo paradójico, y es que al poseer tantos adelantos que hoy la vida nos ofrece, hace que sea más difícil soportar lo que falla. Tener todo a la mano nos hace más impacientes y más quejumbrosos, más exigentes y menos tolerantes.

Somos seres de la naturaleza, pero lo que concierne al ser humano no tiene nada de natural, sólo su cuerpo. El resto está lleno de variaciones y complejidades que, seguramente, aquel que está consciente de ello sabrá sortear y hasta disfrutar. Pero vivimos controlando variables imposibles, creyendo que haciendo esto pasará esto, y como las cosas siempre toman el rumbo que les está destinado y no precisamente el que hemos imaginado, no es raro que aparezca la inconformidad, la rabia, también el rumiar como una piedra en el zapato, lo que debió ser y no fue.

Vivir pensando en lo que no fue es algo muy común, lo que no advertimos al hacerlo, es el tiempo valioso que perdemos. Es que nos cuesta aceptar la vida en su dimensión real, una realidad que esquivamos con justificaciones y retaliaciones.

Otra condición que nos hace la vida más dura sucede cuando pretendemos saber todo, imponiendo lo propio como la verdad absoluta, sin entender que cada persona tiene una forma diferente de mirar las cosas. Desconocerlo es lo que lleva a grandes desencuentros, en la pareja, entre los padres y los hijos, entre los hermanos y los amigos.

También hay otra forma de sufrir que por ser muy común nos parece normal, y es el miedo a gozar. Lo vemos expresado en el creer que si reímos mucho es porque algo nos espera para llorar, una especie de culpa que no permite disfrutar las cosas buenas en la certeza de que si tenemos un rato de felicidad, luego, con sufrimiento nos va a ser cobrado. Y sucede porque vivimos de lo que nos es legado, consignas que repetimos y pocas veces cuestionamos.

Frases como: “Yo no me tomo en serio”, “Yo hago las cosas por no dejar”, “No hay amigos en la vida”, “Quiero y después que lo tengo no me gusta”, “Hago que todo está bien”, “Espero, me da miedo actuar”, “Yo soy muy de malas”, “Me da pánico hablar”, “Siempre pienso que las cosas me van a salir mal”, “No confío en los demás”, “Yo mejor no digo nada”. Tantas y tan comunes, y son ellas las que hacen el cuadrito que nos permite mirar, para encontrarnos siempre con lo que dicen.

Pero los que más sufren son aquellos donde los síntomas son más graves, como el fóbico, el cual se ve impedido en muchas de sus acciones por miedos irracionales que él mismo sabe que son injustificados. O el obsesivo, que aferrado a lo que le causa sufrimiento no puede apartarlo de su pensamiento. Y el histérico, aquel que vive en la insatisfacción, además aquejado de enfermedades, razón por la cual Freud, que era médico, encontró el inconsciente y su formulación del Psicoanálisis a partir de esas dolencias. Enfermos en los que el cuerpo hablaba lo que ellos no podían formular con palabras. Palabras que al aflorar, calman el dolor de la existencia, ese dolor humano. Como decía Nietzsche demasiado humano.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Mayo 7 de 2011

sábado, 25 de junio de 2011

El diván virtual


¿Es mejor ser rico que pobre?

Esta es una frase expresada por un personaje nacional que ha dado mucho de que hablar, y si ha sido así es porque algo debe estar diciendo. Podríamos concluir que si lo afirmó, es porque en algún momento pudo haber pensado lo contrario, que era mejor: “Ser pobre que rico”. ¿No será este un pensamiento que está arraigado en nuestro medio, por lo cual hacemos parte de un país subdesarrollado o tercer mundista, cuya característica es ser pobre? ¿No tendrá que ver con cierta manera de pensar?

Hay algo innegable que queda oscurecido cuando se explican las causas de la pobreza, atribuida siempre a que la generan los poderosos, razón que no es falsa, pero tampoco es la única. Lo que queda oscurecido es que no se trata solamente del otro que avasalla, también se trata de una posición frente a la vida, de una pobreza interior. De un malentendido transmitido y padecido en el que se cree que sólo se puede salir de ella, si logra ser un campeón mundial o, robando, estafando, traficando y hasta matando.

“Es un hijo de papi”, decimos para referirnos a los hijos de los ricos que habitan nuestro país. Y de ellos suponemos que tienen todas las ventajas y los contactos para lograr sus aspiraciones, lo que no podemos negar y en muchos casos es cierto. Pero también es cierto que en hogares en que abunda la pobreza también encontramos muchos hijos de papi, también hijos de mami donde son los padres los que sostienen grandes familias, a sus hijos con sus hijos y en los cuales la consideración por el que solventa todo, es casi inexistente. Una postura cómoda de creer que todo les debe ser dado y donde asumir sus propias responsabilidades, está lejos de lograrse.

Seguramente la razón, muy inconsciente, que se pueda creer que es mejor ser pobre que rico, porque al pobre le dan y al rico siempre le están pidiendo. Una realidad común que podemos ver fácilmente en muchas familias, en las cuales, cuando alguno logra descollar y ganar un poco más que el resto, pasa al lugar del Super tío, del Super hermano, del que no solamente se espera debe repartir con los demás lo que con su esfuerzo se ha ganado, sino que también pasa a ser, si no lo hace, el mezquino que se cree de mejor familia. Una circunstancia difícil de superar porque el progreso que se pudo conseguir, se ve acompañado de una sensación de culpa por estar en una posición que los otros no han podido alcanzar.

También reina la idea de que al rico le ocurren más desgracias y que son menos buenos que los pobres. Y, al parecer, ser pobre también tiene sus ventajas porque en la calamidad siempre es asistido y considerado por su situación y como no tiene para dar, nada se espera de él, por lo cual nunca podría ser tildado de mezquino. No siente culpa por no poder ayudar y siendo su situación realmente precaria, ver que los demás si tienen, le permite más fácilmente creer que lo que le falta, no es porque no ha hecho el esfuerzo para buscarlo, sino que es el otro quien no lo ha querido proveer.

Estar en una situación de pobreza es entendible, pero estarlo siempre llama a sospecha, algo más debe estarla sosteniendo. Sabemos que progresar no es fácil, y menos si se ha vivido en situaciones extremas, asimismo, es verdad que todas las posibilidades no están dadas en un estado con tantas falencias. Pero también es cierto que somos nosotros los que conformamos el estado, como integrantes de un pensamiento colectivo que tendríamos que reflexionar, porque si logramos tener claro que “Es mejor ser rico que pobre”, como muy sabiamente lo dijo Pambelé, empezaremos a dejar los caminos que nos llevan siempre a la misma pobreza. Donde la auto conmiseración, la victimización, la comodidad y la culpa, no sea lo que nos guie, sino la pujanza y las ganas de trabajar y producir, que es lo único que permite salir de ella.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla. Abril 30 de 2011

miércoles, 22 de junio de 2011

lunes, 20 de junio de 2011

Seminario. Clase siete


La metáfora paterna y lo que representa la ley

Nuestro seminario trata del padre, de la metáfora paterna y su relación con la ley, un tema difícil de abordar frente al cual hemos ido, a partir de rodeos necesarios, acercándonos a los conceptos esenciales.

Ahora seguiremos algunos apartes de El deseo y su interpretación, allí donde Lacan nos ofrece el grafo del deseo y sus pisos, para entender esos primeros tiempos estructurantes donde:

Sin lugar a dudas el orden simbólico, como distinto de lo real, entra en lo real como la reja de un arado e introduce en él una dimensión original.
Las anteriores palabras encontradas en el seminario La relación de objeto me parecen propicias para entender de qué se trata ese grafo, donde en diversos pisos encontramos cómo ese que aún no habla y que después hablando llegará el momento del Che vuoi, ¿Qué me quiere el Otro? Un “me” que nos dice algo distinto a si fuera planteado: ¿me quiere el Otro?

En el primer y segundo piso del esquema se trata de la diferencia de un nivel infans del discurso, no es siquiera necesario que el niño hable todavía para que esa marca, esa impronta puesta por la demanda sobre la necesidad se ejerza al nivel de los gritos alternantes. […] La segunda parte del esquema implica que aún si el niño no puede todavía sostener un discurso, igual ya sabe hablar, y bien pronto. Cuando digo que sabe hablar quiero decir que se trata, a nivel de la segunda etapa del esquema, de algo que va más allá de la captura en el lenguaje. Hay relación, hablando con propiedad, por cuanto hay llamado al otro como presencia, sobre el fondo de un sentido de ausencia.
¿No es acaso lo anterior eso que vemos en los pequeños, cuando decimos que ya tienen el mundo en la cabeza? Reconocen tantas cosas, han absorbido el mundo y sus significantes de tal manera que escuchan atentos y son diligentes al encontrar o mirar lo que el otro, queriendo averiguar qué tanto saben, los someten a pruebas que ellos muy atentos responden. Hay una relación y no sólo a la palabra, también a ese otro que demanda, hay respuesta pero ¿hay un deseo? Si seguimos a Lacan si lo hay, un deseo del Otro que está ahí para reconocerlo, para que a través de ese reconocimiento pueda reconocerse. Algo que al parecer no se da sino en la indefensión, en la experiencia traumática. Es por eso que el ejemplo de la Mantis religiosa tiene todo su valor, una forma de escenificar el vacío en el cual, no sin angustia, es posible la entrada del orden simbólico como distinto de lo real.

En mi discurso del año pasado creí deber advertirles y proyectar por anticipado una fórmula que les indicara la relación de la angustia esencial con el deseo del Otro. Para quienes no estuvieron allí recuerdo la fábula, el apólogo, la divertida imagen que me propuse erigir por un instante: yo mismo revistiendo la máscara animal con la que se cubre el brujo de la gruta de los tres hermanos. Imaginé ante ustedes hallarme frente a otro animal éste verdadero, y para la ocasión supuestamente gigantesco, el de la mantis religiosa. Y como además yo no sabía cuál era la máscara que me cubría, Imaginarán fácilmente que tenía algunas razones para no encontrarme tranquilo, dada la posibilidad de que, por azar, esa máscara no fuese inadecuada para llevar a mi partenaire a algún error acerca de mi identidad. Bien subrayada la cosa cuando agregué que en ese espejo enigmático del globo ocular del insecto yo no veía mi propia imagen.
Podríamos pensar que Lacan exagera cuando casi nos asusta con sus apólogos, pero sólo con pensar que esto, obviamente matizado, es algo que a diario nos sucede, porque ¿acaso no es común seguir sujetos a aquello que el otro quiere porque en esa hiancia, esa presencia primitiva del deseo del Otro como opaco, como oscuro, estamos sin recursos? No es la razón también de que aun habiendo pasado por ese momento crucial, sin embargo, y es la característica del neurótico, sigue sujeto a lo que quiere el Otro? Al parecer ese espacio donde el deseo del otro se muestra opaco, donde no puedo saber qué quiere, ¿qué me quiere? aparece el sin recursos que debe dar cuenta del propio deseo, ¿allí donde no veo mi propia imagen?

Y aquí podríamos volver a incluir el tema de la libertad con el que empezamos nuestro seminario. ¿No es en este momento crucial donde el niño intuye su presencia como falo imaginario, que evidencia esa imagen en la que se ha convertido?

Entre los avatares de la demanda y lo que tales avatares le hacen devenir, y por otra parte esa exigencia de reconocimiento por el otro, que podemos llamar exigencia de amor, donde se sitúa un horizonte de ser para el sujeto de quien se trata, de saber si el sujeto puede alcanzarlo o no. Es en ese intervalo, en esa hiancia que se sitúa la experiencia que es la del deseo, aprehensible primero como siendo del deseo del Otro y en cuyo interior el sujeto ha de situar su propio deseo. Su propio deseo como tal no puede situarse sino en ese espacio.
Sabemos por experiencia cómo es de difícil abordar lo que tiene que ver con el propio deseo. Algo de lo que muchos hablan y de lo cual se culpa a todo el mundo, principalmente a la madre, pero en lo cual deberíamos tener un poco más de rigor, y es que el deseo propio no se da sin angustia, porque es allí donde un significante falta, dónde no habrá guía que imponga derrotero, donde la propia pregunta: ¿qué me quiere? hace tambalear al Otro. Otro que sostiene y al cual, y sin proponérnoslo o, tal vez si, ¿seguimos pidiendo, con tal de no saber de esa hiancia, que nos coarte la libertad?

Seguramente porque no es fácil estar ahí ante esa mantis religiosa, ante lo desconocido no sólo del otro sino lo que muestra el desconocimiento propio. Es la castración que sabemos remite a la caída del falo, al derrumbamiento de alguien todavía poderoso, a la muerte. Es de lo que lo simbólico dará cuenta cuando cubre a medias un real inabarcable, insondable y trágico. Como decía el escritor Joseph Conrad para explicar por qué escribe: “Es que la vida no soporta que se la mire muy de cerca”. Parafraseándolo: es que el vacío no soporta que se lo mire muy de cerca. Y paradójico, porque es allí y sólo allí donde puede aparecer el deseo.

Y hablando de creación y recreando lo anterior de acuerdo a nuestras raíces, hay dos personajes que debido a su don, lograron con su voz y su presencia que multitudes los siguieran, algo que no le es dado a todos. Y tal vez por esto son ellos los que nos permiten ver con mayor claridad lo que en el mundo de los comunes está escondido, también, porque siendo seres del espectáculo, donde pareciera que todo está más permitido, evidencian dos vidas similares pero también disímiles. Similares en que ambos se asomaron al abismo, disímiles en que a uno algo lo sostuvo, el otro fue tragado por él.

Si el orden de lo simbólico entra en lo real como la la reja de un arado introduciendo una dimensión original, podemos preguntarnos qué dimensión original escribiría estas dos vidas. Seguramente no lo sabremos, pero sí podemos rastrear algunos de sus decires en las canciones que marcaron su existencia.

Uno de ellos es Hector Lavoe, un personaje con cuya vida se podría poner en escena la tragedia moderna, un hombre de triunfos, de excesos y de grandes dolores. Que después de verlo adorado por su mundo al que le cantaba y encumbrado a los lugares en que cualquiera en su arte hubiera querido llegar, él mismo se derrumba por la adicción, para aparecer muchas veces grabado tratando de cantar, como si todavía no entendiera que ya no era el que era y entregarse a los demás como un despojo.

El otro, Joe Arroyo, un ser que también habitó el submundo después que conoció la gloria, lo infrahumano del abandono de sí mismo en aras de la droga, pero que logra varias veces salir airoso para al final de su carrera poder estar lúcido y alcanzar a disfrutar lo que su público, agradecido por todo lo que le había dado, le quería retribuir. En ambos podríamos pensar en Freud y su artículo: Los que fracasan al triunfar pero también podemos leer algo de lo que ellos, sin saberlo, nos pueden explicar, pues ahí en lo simbólico está escrito algo de su verdad.

No es de extrañar entonces que una de las canciones de Lavoe, cantada con toda la entrega con que atrapaba a su público dijera: "Yo soy la fama, soy aquel que la gente reclama pero nadie puede comprender. Mi madre dijo no creas ser un gran tenorio, pararás en un sanatorio y allí la fama has de perder". ¿Acaso sus últimos días no fueron una escenificación de lo que eso decía?

Y por qué no pensar que el Joe Arroyo escenifica también lo cantado, cuando al final de su trayecto puede recibir el tributo que la vida le debe, que podríamos pensarlo como una de sus canciones en las que algunas frases dicen: “Sentí una pena con el ayer, hay que malo fue. A mí que tanto llore, me paré. Ahora sé que le gané, derroté. Echao pa lante, ahora tu va a ver, tengo una apuesta que se llama fe. Hoy reconozco que me equivoqué. Me paré”.

El uno se paró y el otro se derrumbó, vidas similares con finales diferentes. ¿Qué se escribió en ese primer tiempo del ¿Qué me quiere el otro? Ni ellos mismos lo sabrán, sólo la vida lo muestra y algo de lo que muchas veces repitieron sin saberlo.

miércoles, 8 de junio de 2011

El diván virtual


¿Nos cuesta decir no?

Seguramente sí. Decir sí es más fácil porque se está de acuerdo y en el acuerdo no hay mucho que perder. Decir no implica una posición frente a algo, sobre todo cuando el no, no es una respuesta refleja de aquel que siempre está en desacuerdo.

La relación con los demás no es algo que se dé por sentado, es toda una construcción que se produce en medio de muchas dudas porque siempre tendrá que ver con la aprobación que buscamos del otro. Es la razón de que en muchas ocasiones aceptemos situaciones, que en el fondo sabemos que son inadmisibles, pero por temor a herir al otro y sobre todo perderlo, la palabra verdadera se amordaza.

Una forma de actuar que no podríamos catalogar de hipocresía, pero sí de incongruente. Porque: ¿por qué pensar que el otro no sería capaz de soportar la herida? O, ¿Por qué creer que el otro tiene más derecho a no ser herido que uno el derecho a decir lo que piensa? También, ¿por qué se tendría que pagar tan caro su presencia hasta el punto de anularse?

Buscar el reconocimiento está dado por estructura, además necesario para avanzar, por eso afirmar que a uno no le importa lo que los demás digan está más cerca del engaño que de la verdad. Siempre nos importará, de ahí que sigamos la moda y busquemos vernos agradables para los demás. También la necesidad de triunfar en lo que hemos elegido y compartirlo, evidente en los festejos y felicitaciones que aparecen cuando culminamos un objetivo largo tiempo ansiado.

La razón es que el deseo aunque sea íntimo y particular está asociado a la sanción social, una mirada que esperamos porque nos vemos en el otro como en un espejo. Y no es de extrañar, ¿acaso nuestra constitución no se inicia en esa mirada que nos recibe y acoge cuando todavía no sabemos hablar? Otra cosa es seguir preso de esa omnipotencia que lleva a la inmovilidad y a la duda constante, dejándonos en la impotencia y la falta de satisfacción.

Un lugar de sometimiento, a veces, no a alguien especial sino frente a cualquiera que hace sentir que la vida sólo pasa, pero que no pasa nada en ella, manifiesto en un aburrimiento constante o en un dolor que no se sabe a qué obedece pero que se siente.

Una sensación de sentirse siempre en desventaja, a aceptar en lo que se intuye que se puede salir dañado, a hacer del comodín que los otros necesitan. Porque inconscientemente se eleva al otro a una posición de saber y poder que nadie tiene, una magnificación que deja al que así lo imagina a merced del que ha encumbrado y en los que la defensa es el aislamiento y el silencio. También la agresividad.

Tomar una posición es saber que hay opciones posibles y en las que se hace necesario hacer una elección. Es un momento de soledad, es una decisión intransferible que cuando se transfiere, en aras de agradar, siempre dejará un mal sabor y sobre todo una culpa porque en el fondo se sabe que no se estuvo a la altura, no de alguien más, sino de uno mismo.

No hay nada que produzca más tristeza que la culpa por ceder ante lo que queremos, y sucede porque ni siquiera sabemos qué queremos, ya que cuando está claro, así sea en medio de titubeos, nos sorprende nuestra propia audacia para conseguir lo que nunca habíamos pensado lograr. En la vida podemos poseer muchos bienes, recibir todos los dones que nos quieran dar, pero lo que realmente nos hace sentir vivos sucede cuando en una posición ética frente a nosotros mismos y a los demás, podemos decir sí o no, asumiendo las consecuencias, que es el costo que pagamos por lo que queremos.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Abril 23 de 2011

miércoles, 1 de junio de 2011

Lecturas recomendadas


El amor al revés. Ensayo sobre la transferencia psicoanalítica.
Gérard Pommier

Suele ocurrir que un análisis comience en un clima de euforia. La transferencia obrará primero sobre seguro, en particular cuando efectos terapéuticos inmediatos vengan a darle una mano. De lo cual hay que congratularse, sin duda, sobre todo si esos resultados se mantienen, pero todavía hay que averiguar qué cosa los ocasiona. Prevalece la sensación de que estos beneficios deben ser atribuidos al descubrimiento del saber inconsciente, pero el descifrado del síntoma no garantiza por sí sólo la permanencia del efecto terapéutico más allá de la verdad de la transferencia. En realidad el desenvolvimiento de la cura muestra que es la transferencia la que prueba su fuerza gracias al inconsciente, y es ella la que por consiguiente, contabiliza, más bien que al saber descubierto, los primeros efectos terapéuticos.

Así ocurre con ciertos juegos de palabras desopilantes, o incluso con hábiles conexiones significantes. Aunque estos montajes vistos desde fuera, parezcan a veces ineptos, aunque su lógica parezca a veces incierta, tienen de todos modos beneficiosas consecuencias porque su operación ha brindado un apoyo a la transferencia. Cuando un psicoanalista da cuenta de su práctica sólo con estos elementos, está lejos de ser siempre convincente.

Ahora bien, el analista en cuestión puede, como los que le prestan oído eventualmente burlón, darse cuenta que el descubrimiento que ha fascinado a su paciente no corresponde en absoluto, o no corresponde aún, al término del saber inconsciente que convendría. Y, sin embargo, en muchos casos, un descubrimiento imperfecto o francamente lateral al problema, provoca una intensa exaltación intelectual (lo que es comprensible) y un notable efecto terapéutico (lo que se comprende menos)

[…] ¿Por qué habría que atribuir a la transferencia esta eficacia? ¿Se trata solamente de un efecto de sugestión ni más ni menos duradero que el que corresponde a la brujería, la religión o en cierta medida, a la propia medicina, aunque la debiera a su equipamiento científico? Esta analogía carece de pertinencia, y por una razón muy simple: para que haya sugestión, todavía se precisa que el psicoanalista sugiera algo (la curación, por ejemplo). Ahora bien, justamente no es así. Además, el procedimiento terapéutico mencionado concierne únicamente al análisis porque sucede al descubrimiento de una secuencia de saber inconsciente. Cuando durante la cura, esta secuencia, a menudo mínima o, a veces poco comprensible, ha sido descubierta, lo que se le supondrá entonces al analista es la totalidad de un saber sobre el inconsciente. De ahí un robustecimiento de la transferencia y un efecto terapéutico cuya fuerza es inconsciente, contrariamente a la sugestión, por principio siempre verbalizada.

[…] Donde mejor andará, pues, el analizante es en la incomprensión y en circunstancias más bien opacas. A menudo sin que se percate siquiera de ellas muchas pequeñas miserias –jaquecas, anginas, ardores gástricos, etc- que ni pensó que pudieran tener un origen psíquico, se disiparán. Basado en estos resultados, un analizante puede considerarse satisfecho y aprestarse a salir del análisis. Inclusive puede hacerlo efectivamente considerándose curado. Por desgracia a menudo no se necesita más para que los síntomas resurjan, sobre todo si el analista consintió apresuradamente a una interrupción. En efecto si se considera que la transferencia vale para una generalidad del síntoma pues funciona como un intercambiador universal de todas las formaciones del inconsciente, es preferible hacer gala de prudencia en lo que atañe al fin o más bien la interrupción del análisis. Una mejoría no prueba nada, especialmente cuando se asienta sobre el mero efecto terapéutico de la transferencia.

[…] La unilateralidad del narcisismo tiene el desagradable inconveniente de menospreciar la persona del prójimo Y, a despecho de las descripciones bíblicas, nos resulta un tanto difícil amar en el otro otra cosa que lo que nos permite amarnos. Y el resultado se aleja un poco de lo que recibe comúnmente el nombre de amor. […] La inmensa mayoría de los seres humanos sadizan mentalmente a una parte considerable de la humanidad, reduciéndola a una condición de sufrelotodo. […] Como persona “total”, nuestro prójimo resulta no solamente un extraño, sino que su presencia impone una violencia que ya ni siquiera notamos, tanto nos hemos habituado a desviarla, merced a la pulsión, hacia algunas actividades comunes como beber, comer, fumar, actividades a las que nos entregamos más o menos compulsivamente en cuanto estamos con otros.

[…] La sesión psicoanalítica (cuyo dispositivo refrena toda actividad pulsional comunitaria) devela la presencia de otro en lo que tiene de más despojado. La transferencia analítica abre una perspectiva que ninguna otra relación humana incluye, la de una reducción de la persona del analista al objeto. A este precio, la presencia del analista es una dura prueba cuando se descubre hasta esa desnudez, pues entonces ya nada viene a equilibrar la unilateralidad del narcisismo. ¿Con qué extenuante trabajo se enfrenta la presencia? ¿Qué está en juego, si no las exigencias del narcisismo, ya que son ellas las que la pulsión descubre en el dispositivo? La seguridad, la ferocidad unilátera de que el Yo se sostiene en la vida ordinaria deja de tener curso durante la cura porque, por principio, el Otro de la transferencia no emprenderá nunca la lucha de prestancia habitual y, por consiguiente, ya no le aportará ningún sostén. La fatiga resultante nace del esfuerzo cumplido por el analizante cuando se confronta con esa presencia: extenuante justamente por no demandarle nada.

Apartes del libro El Amor al Revés. Ensayo sobre la transferencia en psicoanálisis. Amorrortu editores. 1995

jueves, 26 de mayo de 2011

El diván virtual


¿Valoramos lo que tenemos?

La mayoría de los vivientes de la naturaleza son depredadores, no necesitan construir una herramienta para cazar, alimentarse o defenderse. Otros pueden trepar, volar, nadar, arrastrarse o mimetizarse hábilmente para conseguir el alimento. Nacen abrigados, poseedores de envolturas propicias para tiempos inclementes.

A diferencia, nosotros los seres humanos, para guarecernos construimos moradas, para las inclemencias del clima inventamos abrigos, para alimentarnos y defendernos creamos instrumentos, para comunicarnos ideamos señales, para alimentarnos, recolectamos los alimentos. Aún para sobrevivir con nuestros desechos, debemos encontrar la forma de eliminarlos. Una serie de saberes que nos permiten la supervivencia porque somos seres de la palabra, sin lo cual sería imposible la existencia.

También, elaboramos la forma cómo debemos comportarnos para vivir en el grupo social, normas y valores que la mayoría cumple, sin lo cual la especie perecería. Algo en lo que poco pensamos y que nos lleva a olvidar lo valioso que hay en el ser humano y por lo tanto en cada uno de nosotros.

Hacemos parte de todo un montaje que hace que las cosas marchen, del que sólo advertimos su presencia cuando falla, seguramente la razón de que no lo podamos agradecer cuando funciona. En el mercado encontramos los alimentos que necesitamos, prendemos la luz y nos ilumina, abrimos el grifo y sale el agua, tenemos acceso a medicamentos cuando sufrimos una enfermedad. Beneficios, entre muchos, que nos parecen mínimos cuando los tenemos, sin pensar que hacen parte de todo un esfuerzo colectivo, para lo cual se ha necesitado todo un engranaje. Al parecer olvidamos que no es tan sencillo lograrlo.

Pasar de las señales de humo al internet, de los caminos de herradura al avión, de los fogones de leña al microondas, de la música en vivo al CD, del frio o el calor inmisericorde al aire acondicionado, de la enfermedad a la cura, entre muchos otros, nos hace creer que todo es inmediato. Es la angustia del hombre moderno que ya no sufre por la lentitud sino por la rapidez. Una instantaneidad a la que nos hemos acostumbrado, que no permite apreciar lo que se hace para obtenerla y sobre todo, la creemos infalible, volviéndose tan necesaria que su falla nos puede hacer la vida invivible.

Una vida que sería mejor si tuviéramos la capacidad de apreciar las cosas en lo que valen y valorar lo que nos ha sido dado. Si siempre tuviéramos presente que cada suceso que mueve nuestro mundo, ha tenido toda una historia y un gran esfuerzo, seríamos más partícipes, menos exigentes y más dadivosos.

La inmediatez de lo moderno nos puede llevar a exigencias donde perdemos de vista el esfuerzo que en cada acto se realiza, sin entender que lo que poseemos, se debe a acciones conjuntas en las cuales cada uno ha realizado su parte. Una la labor minuciosa y constante de aquellos que se unen para lograr lo impensable, construido día a día sobre un vacío, sobre lo que no hay pero que puede ser posible.

Valores que debemos rescatar, ya que al parecer, hasta la vida ha perdido el reconocimiento que merece en un mundo donde todo se vuelve desechable. También la capacidad de asombro para recibir las cosas buenas, dando por hecho que deben estar ahí para nosotros, desconociendo que cuando se logran, no es por arte de magia, sino que obedecen a un esfuerzo colectivo del cual, si hacemos parte sólo para pedir, la respuesta que encontraremos será que muchos de los que se han propuesto para colaborar, se queden con todo o, sólo den lo mínimo de lo que deben dar.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Abril 16 de 2011

martes, 17 de mayo de 2011

El diván virtual


¿Mucho cacique y poco indio?

Un síntoma se puede definir como: “lo que no podemos hacer, o lo que no podemos dejar de hacer”. Pensando en esto, y en la forma de ser de nosotros los colombianos, no está demás tratar de encontrar cuales son los que nos agobian para que nuestra sociedad padezca siempre los mismos males. Y es que el síntoma también se caracteriza por la insistencia, es lo que lleva a alguien a consulta porque se alcanza a dar cuenta de la repetición, de ahí que su queja sea: por qué será que me pasa siempre lo mismo.

Una pregunta que podemos trasladar al país: ¿por qué será que nos pasa siempre lo mismo? Seguramente las causas son muchas, pero hay una muy evidente que tal vez un cuento gracioso nos ayude a comprender, sobre todo si tenemos en cuenta que: “No hay nada más serio que un chiste”. Le preguntaron a un japonés quien era más inteligente entre un japonés y un colombiano, él respondió que un colombiano era más inteligente que un japonés, pero que un japonés era más inteligente que dos colombianos. Al dar sus razones dijo que uno sólo es muy inteligente pero que dos no lo son tanto, porque como nunca se ponen de acuerdo, no pueden resolver un problema.

Para seguir con los japoneses, los últimos sucesos nos dan una idea de cómo pueden dar rápidas soluciones a grandes problemas, cuando en un tiempo record lograron, después de un terremoto y un tsunami, reconstruir una carretera para descongestionar y permitir el acceso de sus habitantes a los lugares incomunicados. Para nosotros, seguramente asunto de magia, ya que cada decisión que aquí se toma, ha tenido toda suerte de discusiones apasionadas y leguleyas que la retrasan, y aún así, siempre aparece después, lo que supuestamente con ellas se había querido impedir.

Al parecer sufrimos de una desconfianza atávica que nos lleva a no poder escuchar con benevolencia al otro, a un desconocimiento proverbial de los valores del semejante que lleva a desaprovecharlos, a una incapacidad descomedida para el agradecimiento que no permite reconocer lo que ha dado para disfrutarlo. Hay más la tendencia a la crítica despiadada, a la burla sin misericordia, a vivir cazando el error, y no precisamente para resolverlo sino para mostrarlo. Mientras, los que obran como los niños sin ley, porque en su casa les permitieron siempre salirse con la suya, toman al estado y su patrimonio para seguir haciendo de las suyas.

Paradójicamente, padecemos también una tendencia desmedida a interpretar las razones de los que hacen daño, disculpando sus acciones por un hogar mal avenido, por la pobreza y muchas otras justificaciones que pueden tocar algo de la realidad, pero que al sostenerlas, se sostienen actos reprochables en los cuales, los comprometidos, se sienten excusados para seguirlos cometiendo sin que otros razonamientos puedan dar lugar a acciones diferentes.

Somos una comunidad llena de recursos y valores con una gran disposición para soportar el infortunio, a lo que al parecer, nos hemos acostumbrado. Una idiosincrasia con una gran capacidad para mirar la paja en el ojo ajeno y ceguera en el propio, lo que lleva a que los Partidos, del color que sean, se toman la palabra literal y se parten para pelear, para acusar, para culpar, no es raro entonces que se termine en la violencia. Una lógica donde colaborar para sacar adelante un proyecto queda perdido entre tanto protagonismo y ganas de figurar.

Dar soluciones rápidas a grandes problemas obedece a la magia de pensar estrategias en conjunto, política de la que carecemos bastante, lo que hace cierto también que somos: “Un país con mucho cacique y poco indio.” Una necesidad de querer estar por encima del otro, que desemboca en el ventajismo y la intolerancia. Del síntoma, lo que no se puede dejar de hacer.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barraqnuilla, Colombia. Abril 9 de 2011

sábado, 14 de mayo de 2011

El diván virtual


¿Cuál es la pregunta para la mujer de hoy?

Actualmente las ventajas para la mujer son innegables, sólo hay que repasar los libros de historia o recordar lo que nos cuentan o contaron tías y abuelas. Tampoco puede uno dejar de pensar en culturas en las que aún permanecen costumbres que muestran que su lugar, sigue siendo tema de cuestionamientos.

De la mano de los avances en derechos y demás logros de la mujer, hay uno que tiene toda su importancia y es lo relacionado a su deseo. Es sabido que hace bastante tiempo, ella era considerada una parte de los objetos de posesión del hombre, junto a sus animales y enseres. También, de ella no se esperaba que gozara, y es posible que muchas, en ese tiempo, ni siquiera lo consideraran una opción. Un tiempo de sumisión que se le atribuye al hombre, pero sabemos que es a algo más poderoso: un pensamiento cultural que mueve las acciones de todos los que estamos inmersos en él. Sin embargo, aun así, se encuentran mujeres que a través de su femineidad ocuparon un lugar en su propia vida y algunas en la historia.

Para nombrar sólo una y cercana a nuestra latitud, Manuelita Sáenz, pudo ir más allá de los preceptos exigidos. Una mujer en la que el amor y su deseo no se detuvieron ante las barreras que, para todas, eran insalvables. Algo que nos pone a pensar ya que ella logró vivir de una manera diferente en una época en la que debía estar sujeta al acatamiento de costumbres, que fue mucho tiempo después que se consideraron obsoletas. Es de resaltar que no lo hizo abogando por sus derechos, o reclamando igualdad, podríamos decir que se los abrogó sin permiso y obedeció a lo que como mujer sentía y no al rumbo que le era designado. Algo que hoy todavía y con toda la libertad ya conseguida, algunas siguen reclamando.

Y es probable que sea así porque se paso de una posición enteramente pasiva a guerrear con el guerrero, a reivindicar que estaba dominada sin salir de la dominación a su manera. Algo que actualmente y con todas las ventajas a veces no se logra, porque muchas siguen sometidas, o insistiendo en una igualdad que no existe, porque si así fuera no habría encuentro en la pareja. Y en ocasiones, lo que se encuentra son mujeres que han confundido su posición con la del hombre y comportándose como él, sólo encuentran dolor o soledad.

También es muy común leer artículos en los que se hacen defensas encendidas de la mujer, llenos de estadísticas, cifras y porcentajes para dar cuenta de cambios y avances, pero especialmente de lo que falta por lograr, donde ella supuestamente siempre es desfavorecida. Y uno se pregunta qué tan necesario es esto cuando piensa en mujeres como Gloria Valencia de Castaño y Sonia Osorio, que en estos días nos abandonaron, y a las que se les rindió un tributo merecido, seguramente no porque fueran mujeres, sino porque supieron hacerse un lugar en la cultura y en el aprecio de los hombres que conocieron y del país entero.

Una enseñanza que no se puede dejar pasar, que nos dice que la mujer cuando quiere, ellas lo lograron en tiempos más difíciles, puede ocupar el lugar que cree merecer sin necesidad de acudir a demandas desmedidas o culpabilizando al otro. Mujeres que apreciando su belleza desarrollaron también sus talentos y no se perdieron en reclamos, y a su manera, dedicaron su vida al trabajo, a sus hijos y al amor elegido. Amores no para vivir en la retaliación y en la competencia sino para construir en lo posible esa relación que, por las diferencias, a veces se hace tan incomprensible.

Una mujer con más posibilidades, la de hoy, afortunadamente, pero también la que tendría que hacerse muchas preguntas acerca de si misma en una época marcada por lo desechable y la búsqueda del goce inmediato, donde ya lo prioritario no es su libertad sino lo que sepa hacer con ella y con su propio deseo.

Escrito de IPM publicado en el periódico el Heraldo de Barranquilla, Colombia. Abril 2 de 2011

miércoles, 11 de mayo de 2011

Lecturas recomendadas


Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Allain Miller.

Tendrían los hombres idea del amor si las mujeres no les enseñaran? En verdad, es dudoso. Para ambos sexos eso empieza con la madre. Es cierto que aquello que se da no lo es todo. También están el arte y la manera: si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional. Me ha ocurrido recibir regalos de japoneses. Debo decir que eran de lo más exquisito, aunque fuesen naderías. También se puede pensar en esa ceremonia con la que saben rodear la producción de una taza de té. Es un gran despliegue de artificios, de maneras, de arte, para, finalmente, muy pocas cosas: un pequeño vertimiento que, gracias al arte y la manera, toma el valor de un elixir, de una quintaesencia. En el amor es igual. Si ustedes no lo rodean de una suerte de ceremonia, el pequeño vertimiento tiene un valor muy, muy relativo.

Con el alimento, es igual. A tal punto que hace unos años, al volver de Japón, hice una pequeña anorexia. Si en Kyoto los alimentan durante una semana con comidas que constan de un considerable número de platos, a cual más pequeño –donde hay una cosita escondida, envuelta, una miniatura de alimento, bocaditos, semibocados con la superficie ocupada esencialmente por el delicadísimo envoltorio–, al regreso, cuando vuelven a los churrascos, el puré, la cabeza de ternera, las pezuñas de cerdo, se dicen: Ya no puedo comer eso, y se vuelven un poquito anoréxicos. Al regresar de allí demandamos nada, encontramos que aquí todo es excesivamente pesado. En Japón se aprende a consumir nada. Es delicioso.

Esto contrasta con lo que se llamó la sociedad de la abundancia. Pero, para que esa nada tenga valor, debe venir por añadidura, debe ser un suplemento; un suplemento de nada.

En nuestras calles de la sociedad de la abundancia se multiplican los mendigos. ¡Qué figura fascinante es el mendigo! Hoy no puede hacerse su elogio: son desempleados. Es muy difícil recuperar el valor eminente que el mendigo tuvo en la historia, antes que el trabajo se volviera un valor esencial, antes que entrara en el superyó. Hubo una cultura de la mendicidad, un mito del mendigo. En el Medioevo, volverse mendigo era un recurso. Ustedes dejan todo por el amor de –por el amor de Dios, por el amor de Cristo, por el amor de una mujer–, y se van a pasear su falta por el mundo; así dan a los otros la oportunidad de hacer buenas acciones –por el amor de Dios–. Solución formidable, devenir así (por otra parte suelen ser más bien hombres que mujeres) una falta ambulante, una falta peregrina. Claro que hoy pueden caer bajo la crítica de ser una boca inútil. Hoy se trata mal a las bocas inútiles. Pues bien, es lo contrario: las bocas inútiles son muy útiles. Se consagran a hacer presente el agujero; un agujero con derechos sobre quienes tienen, sobre quienes están colmados. Es una invitación a que éstos se descompleten.

Lamentablemente, los mendigos se transformaron en holgazanes. El término holgazán [fainéant] data de 1321. Holgazán es quien hace nada [fait néant]. ¡Es formidable ser holgazán! Pero en cierto momento de la historia del buen Occidente ya no se pensó más que en poner a trabajar a los holgazanes, en extraer su fuerza de trabajo para la producción. Eso permitió convertirlos en desempleados para que los otros trabajen tanto más y por mucho menos –ese es el uso del desempleado–. Debería honrarse al holgazán. En efecto, hacer nada es angustiante. A veces, para librarse de la angustia, uno hace algo, no importa qué; se mueve, se agita.

Tomo estos atajos para hacer el elogio de algo que las mujeres han logrado en Occidente: que los hombres respeten la nada. No lo lograron tanto en Japón, pero sin duda no lo necesitaban, pues allí todo el mundo respeta la nada. En Occidente lograron, en el curso de una larga elaboración del amor, que los hombres respetaran la nada. Piensen en ese momento distinguido por Lacan, el del amor cortés. Un retoño del amor cortés es el preciosismo. Floreció en el siglo XVIII, especialmente en Francia, donde se vieron las mayores expresiones de esa gigantesca empresa de educación del hombre por parte de las mujeres. Además, en el siglo XVIII el gusto mismo se convirtió en un problema teórico. Se indagó cómo hacer para que las maneras se refinaran y que, en vez de caer sin vueltas sobre el objeto de la necesidad, se empezara a hacer lo que villanos y toscos llamarían zalamerías.

El cortesano es una forma pulida del caballero. Su aparición estuvo vinculada con el crecimiento del Estado, que exigió dejar en la puerta la lanza, la espada, la armadura. Hoy en día, curiosamente, en algunas culturas se observa cierta renuncia femenina. El feminismo, en las formas estridentes que a veces toma en Estados Unidos y que quizá nos llegarán de allí, el feminismo valeroso, guerrero –ellas son las que toman la lanza, la espada y la armadura–, está quizá fundado en una decepción, la de que el hombre sigue siendo un burro, es radicalmente ineducable, y para que se comporte tal vez haya que amenazarlo sin cesar con las iras de la ley. En Francia y entre los latinos todavía es diferente. Para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor.

Ella busca el signo de amor en el otro, lo espía. Quizás a veces lo inventa. El signo de amor es tan frágil, tan fugaz, que hay que hablar de él con todos los miramientos. El signo de amor es a la vez mucho menos y mucho más que la prueba de amor. La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones.

“¿Estás aquí?”

Lacan distinguió entre la demanda simple y la demanda de amor. La demanda simple ya tiene un efecto de significantización de la necesidad; más allá, la demanda es demanda de amor, es decir, demanda de nada o “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. ¿Por qué demanda “de la ausencia”? La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir simplemente: “Aquí estoy”. Ahora bien, que el Otro diga “Aquí estoy” por cierto sólo tiene su valor extremo, vital, si no está. Es en ese caso cuando en verdad vale algo. Si el Otro está aquí, dándoles la mano, y ustedes son muy sofisticados, pueden aún demandarle: “¡Dime que estás aquí!”; sobre todo si el señor que les da la mano es un obsesivo, que justamente piensa en otra cosa. Podemos entonces exigir “¿Estás aquí?” aun en presencia del Otro. Pero en fin, el hecho de que diga “Aquí estoy” tiene su valor vital cuando él no está. Por eso Lacan, en su Seminario XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor. En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está. En todo caso, es el testimonio de un tiempo en el que el Otro no estuvo, hasta ese instante en el que se redacta la carta. La ausencia del Otro es también la mía, y toda carta de amor dice: “Tú no estás aquí” y, en tu ausencia de mí y en mi ausencia de ti, estamos juntos, estás conmigo. También existe el teléfono. A veces un llamado telefónico se torna estrictamente equivalente al don del amor.

Entonces, por un lado la demanda, y por el otro la demanda de amor. Está la demanda que tiene algo por objeto, es decir, la demanda del objeto de la necesidad –tengo hambre, tengo sed, etcétera–: allí el objeto, aunque pase por la demanda que lo significantiza, es algo. Y está la demanda de amor, que apunta radicalmente a la nada –un simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda es algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una amalgama entre algo y nada. Lo que Lacan llamará objeto a –y se hará célebre– es el significante de algo en conexión con nada. Si la demanda de amor apunta a la nada, en asuntos del deseo no puede desatenderse la insistencia de algo –algo absolutamente particular–. Además, en el amor es esencial la relación con el Otro, que distribuye los signos de amor y del cual se espera el signo de amor, mientras que el deseo se sustrae de esta relación con el Otro. El deseo tiene más bien relación con algo en el Otro, y por eso puede ser angustiante.

El deseo, según la fórmula que Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú: involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso no conocida por ese Otro. Por eso propuse utilizar, para esa zona del Otro, el término “extimidad”. Mientras que el amor depende de los signos del Otro, el deseo está enganchado, estimulado por algo desapegado del Otro. A eso se debe que Lacan, tras haberlos construido en continuidad, se vea llevado a oponerlos. Lo hará bajo una forma dialéctica, marcando que en cierto modo el amor y el deseo tienen la misma estructura, que en el deseo se reencuentra lo incondicional de la demanda. Para articularlos, Lacan dice que hay como un trastrocamiento en el que lo exigido en el amor, lo sin-condición del amor, se invierte. En el amor, el sujeto está sometido al Otro, pero en el deseo lo incondicional se invierte. Si el amor está ligado al Otro, el deseo está ligado a algo desapegado de este Otro, algo que Lacan llamará la causa del deseo.

Con la causa del deseo, el sujeto ya no queda sujeto al Otro. A este respecto, el deseo es una relativa emancipación respecto de los signos de amor. Un deseo decidido –puede reprochársele– no siempre se preocupa demasiado por los signos de amor. Pero eso no está bien. Hay que saber que el deseo decidido no excusa todo. A deseo decidido, amor tanto más cortés.

Ver más en:
Tomado del psicoanalistalector. Blog de Fernando Peusner

jueves, 14 de abril de 2011

El diván virtual


¿Es el mundo incomprensible?

Viendo o sufriendo lo que pasa con la guerra y destrucciones de la naturaleza, nos apesadumbramos, también podemos llegar a concluir que nos ha tocado vivir una de las peores épocas. Creo que sólo podemos pensar de esta forma si no nos hemos asomado a la historia, que nos muestra que la humanidad a través de su existencia se ha debatido siempre entre estos males. Seguramente la razón que impulsó a Albert Einstein en mil novecientos treinta y tres, a escribirle a Freud para hacerle la siguiente pregunta: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad?

Una pregunta muy pertinente, como si supiera lo que se avecinaría seis años después, ese horror de la Segunda Guerra Mundial donde los dos, el que preguntaba y el que debía responder, estarían totalmente involucrados porque su raza sería el detonante de una destrucción que todavía no se asimila.

Es que los seres humanos somos capaces de las más grandes virtudes y también de las mayores equivocaciones. Lo estamos viendo en lo ocurrido en Japón, un país que debido a su pujanza pudo construir grandes plantas de energía que dan mayor calidad de vida, pero que al mismo tiempo pueden ser causantes de grandes desgracias. Es la versatilidad que caracteriza al hombre, ser de la naturaleza que piensa y es capaz de transformarla, pero también está a merced de ella. Una realidad a la que sólo queda someterse y remontarse sobre el dolor para seguir viviendo.

Y no siempre es la naturaleza, en otras es el mismo hombre. Freud en la respuesta que le dirige a Einstein, se excusa si su respuesta lo defrauda pues sólo puede explicarlo a través de las pulsiones de vida y de muerte, y de cómo ellas viven en nosotros y son dominadas para construir la cultura. Una dominación que no alcanza, sobre todo en la de muerte que cada cierto tiempo aparece con toda su fuerza, casi tan brutal como la de la naturaleza para destruir y arrasar. Algo que es más difícil asimilar, sobre todo porque esperamos que la razón nos guie bien, ilusión vana dice Freud, además excusándose de que su explicación no sea muy alegre.

Una alegría que no cabe, no porque quiera ser pesimista, más bien una posición realista que además ayuda para que frente a las adversidades estemos advertidos, y no sufrir más de lo necesario. Sobre todo entendiendo que hay una disposición innata y no eliminable entre los seres humanos para distribuirse entre los que conducen y los que son conducidos, siendo estos últimos la inmensa mayoría. Una mayoría a veces conducida por líderes donde lo que prima es la voluntad de poder, no para inventar, construir y mejorar, sino de un poder que se vuelve ciego y es acatado por los seguidores en una identificación que destruye.

Es así como se mueve la historia, que desde sus inicios muestra que en su origen el derecho fue violencia bruta y hoy todavía no puede prescindir de apoyarse en ella. Algo de lo que seguramente no podemos alegrarnos, tampoco negarlo, porque nos ayuda a reflexionar para tratar de entender el mundo en que vivimos y, aunque nos sigamos asombrando ante tanto desafuero humano y calamidad natural, tener las fuerzas para soportar lo que nos toca en suerte y, sobre todo, cuando tenemos la posibilidad de gozar de las cosas bellas, que la vida también nos ofrece, saberlas apreciar en lo que valen.

Seguramente quisiéramos que el mundo fuera mejor, algo en lo que Einstein en su ética insistía, de ahí su pregunta a Freud. Sin embargo, sabemos que después, sus descubrimientos en física llevaron a la construcción de la bomba atómica que aportó a la guerra la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, ni asomo de lo que él, pacifista, hubiera deseado. Es que la manera como se mueve el mundo, a veces se muestra incomprensible y por lo tanto, nada predecible.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Marzo 26 de 2011 

martes, 12 de abril de 2011

miércoles, 6 de abril de 2011

Seminario. Clase seis


La metáfora paterna y lo que representa la ley

La clase anterior habíamos propuesto dejar entrar nuevamente a la literatura con la lectura de un cuento, que nos permitirá dar un poco más de consistencia a la dialéctica de la privación, frustración y castración. También un recorte del seminario La Psicosis nos permitirá entender por qué la literatura siempre es nuestra aliada, allí encontramos la palabra articulada, historizada. Dice Lacan:

La gente cree que nos es preciso restaurar totalmente lo vivido indiferenciado del sujeto, la sucesión de imágenes proyectadas sobre la pantalla de lo vivido por él para captarlo en su duración, a lo Bergson. Lo que palpamos clínicamente nunca es así. La continuidad de todo lo que un sujeto ha vivido desde su nacimiento nunca tiende a surgir, y no nos interesa en lo más mínimo. Lo que nos interesa son los puntos decisivos de la articulación, de la historia, pero en el sentido en que uno dice la Historia de Francia […]Tal día, Mademoiselle de Montpensier estaba en las barricadas. Quizás era pura casualidad, y no tenía mayor importancia desde cierto punto de vista. Pero lo seguro es que sólo eso queda en la Historia, estaba ahí, y se le dio a su presencia un sentido, verdadero o no. En el momento mismo, por cierto, el sentido es siempre un poco más verdadero, pero lo que cuenta y funciona es lo que se volvió verdadero en la historia. O bien proviene de una reorganización posterior, o bien ya comienza a tener una articulación en el momento mismo[…]Pues bien, lo que llamamos sentimiento de realidad cuando se trata de la restauración de recuerdos, es algo ambiguo, que consiste esencialmente en que una reminiscencia, o sea un resurgimiento de impresiones, se organiza en la continuidad histórica.
                                                       DOROTEA Y EL GENERAL

El escándalo de golpes que azotaban las ventanas despertó muy temprano a Dorotea. Se imaginó que el invierno comenzaba nuevamente de improviso, aunque hubiera preferido que las lluvias se acercaran como llegaba diciembre, suavecito, suavecito. Humildemente. Porque desde hacía unos meses, cuando sacaron su cama de la alcoba de sus padres, todo le causaba suspicacia. Especialmente los ruidos. Por eso se quedó inmóvil y supuso lo mejor. Un aguacero. La negrura de las nubes que invadía la ciudad, esa multitud de grises que cambiaban los tediosos días soleados por crepúsculos propicios al placer de recluirse. Claro que a los siete años era casi una presidiaria pues su infancia transcurría entre los muros de la casa. Sin embargo, Dorotea se entretenía, se pasaba largas horas contemplando las figuras estampadas sobre las lozas del baño. Eran cuerpos enredados que le daban una rara ofuscación, y que ella cubría de negro con el lápiz para cejas de su madre. También amaba correr por el gran patio; aunque la lluvia temprana ya lo habría empantanado y hasta Bandolero, el dálmata, su amigo incondicional, estaría seguramente condenado a su refugio en el portón. Y pensó en su General y se cubrió con la almohada la cara de delincuente, y se puso a fantasear y se destejió la trenza y se alisó la batita por debajo de la sábana. Todavía no clareaba así que se levantó, se hizo al pie de la ventana y suspiró con deseos de que el agua les cayera por semanas. Todos estarían en casa.

Escuchó sonar el chorro de la ducha y esperó que oliera a sándalo, y adentrándose en un trance se dirigió sigilosa hasta la puerta del baño que quedaba en un rincón del corredor. Él la dejaba entreabierta para ella. Para que ella se asombrara con su cuerpo así como se asombraba con los cuerpos que adornaban las baldosas. Y cuando estaba lloviendo como no existían apuros por salir, él ejecutaba un rito que hacía mella en el candor de Dorotea: se secaba despacioso con la toalla y se excedía pacientemente en el cuidado de sus manos absolutas, y ella agradecía a las lluvias por haber neutralizado los relojes, y disponer de más tiempo y más penumbras para ver caer un hombre y levantarse un General. Venir de menos a más, y para ella. Porque entre ambos había un vínculo indestructible, sólo ella en la familia se llamaba Dorotea, un nombre sin diminutivo, un nombre que estaba hecho para ser articulado por la voz de un militar.

Lo vio ponerse con calma su uniforme de etiqueta. La camisa verde claro, el pantalón, las medias y los zapatos, los guantes y el cinturón. La corbata la ajustó con un nudo magistral. Lo vio erguirse, extraordinario, al momento de lucir la guerrera verde oliva con las divisas bordadas de canutillos dorados. Luego se enfundó la gorra tachonada con estrellas. Y mientras se engrandecía, la miraba jactancioso como esperando un aplauso, y ella dejaba entrever que lo estaba ovacionando cuando palpaba coqueta la rosita que adornaba su piyama. Se engalanaba sin duda para ella, porque la lluvia arreciaba y quedarían recluidos en la casa.

Al terminar de arreglarse, el padre fue terminante con la orden de calzar a Dorotea que caminaba descalza. Gritó para que atendieran a esa niña resabiada que estaba adquiriendo el vicio de esconderse tras las puertas de los baños, y de echarse en los rincones como hacía Bandolero. Y cuando él besó a su madre y se marchó, Dorotea lo vio borrarse con la lluvia, venirse de más a menos a pesar de que aún llevaba su traje de General, y que el sol del verano imprimiera una apariencia prestigiosa a las medallas de lata que ostentaba en su guerrera.
Vemos a Dorotea en un recorte de su historia. En pleno imaginario, ella ha construido todo un idilio y se supone correspondida, elegida, designada. Cada gesto de él lo interpreta a su manera, efectos de la significación. Hay allí un objeto simbólico, ese padre imaginario que ella engalana, que dará lugar a la privación al escuchar sus palabras, borrándose con la lluvia y venirse de más a menos, padre real que al hablar hace caer ese objeto imaginario. Frustración, daño imaginario, y objeto real, presentificado especialmente en su gesto hacia la madre que la pone fuera de escena. Pasa de más a menos, y no precisamente el general, sino Dorotea.

Y seguramente un momento doloroso, como siempre que cae un objeto imaginario por efectos de la castración, pero lo sería más si no cayera, porque ahora Dorotea puede dejar de ver tanto canutillo y estrellas y saber, que es el sol el que imprime apariencia prestigiosa a las medallas de lata que se ostentan en guerreras.

Dorotea y el General. Cuento de Berta C Ramos.  
Imagen: Obra de Renoir

lunes, 4 de abril de 2011

El diván virtual

¿Insomnio?

El insomnio, mal de muchos, a veces esporádico, a veces constante. Una dificultad para descansar, para perderse en el sueño, ese aliado oscuro y grato que nos permite desentendernos del mundo. Una necesidad del cuerpo, natural y placentera que a veces se vuelve esquiva, y lo peor es que no sabemos por qué, sólo lo padecemos.

Lo conocemos en el silencio que alarga las horas, que al pasar, también las acorta porque sabemos que la noche se acaba y no se podrán recuperar. Un tiempo para pensar, que seguramente no da lugar a cavilaciones serenas sino a la reiteración de lo que no se ha hecho y hay que hacer, de lo que se dijo y no se debió decir, de lo que se debe y no se ha pagado. También exacerba las penas, lo que dolió y todavía no tiene cura.

El insomnio aunque frecuente no es algo natural, es una anomalía de una de las necesidades básicas del ser humano, es la razón de que se cuente con recursos artificiales para superarlo, pastillas que cumplen su función y permiten cierto reposo. Pero intuimos que nos pueden aliviar sólo por un tiempo, porque algo nos dice que lo que anda mal va más allá del cuerpo.

A veces sabemos a qué se debe, como en los que no pueden dormir porque esperan al que no ha llegado, en la ilusión de que por estar despiertos aparecerá más pronto o, velando la seguridad del que no está, una forma de sufrir sin justa causa y una imposibilidad para desprenderse del otro con el cual se cree hacer uno. Especialmente de otro del que suponen le caerán todos los males si no está a su lado, lo que da lugar a un vértigo asociativo, o sea, asociar pensamiento tras pensamiento en lo que todo lo que aparece es trágico. Al parecer tenemos unas formas muy particulares de llenar la mente.

El insomnio tiene la particularidad de que en la noche, y en la cama, nos visite lo que dejamos inconcluso, y en la ingenuidad de suponer que allí, a esas horas y en ese lugar, nos fuera dado ejecutar acciones imposibles, nos dedicamos a un rumiar improductivo y lacerante que si pudiéramos estar al tanto de su inutilidad, seguramente guardaríamos esas fuerzas para poner en acto al otro día, lo tan urgentemente pensado.

El insomnio se puede definir como no poder conciliar el sueño y, conciliar se refiere a acordar, a transigir, a permitir. Sabemos que hay algo que no nos lo permite, y muchas veces la respuesta es el estrés, palabra que nos sirve para acomodarla a cualquier anomalía que se padece, pero que si lo pensamos bien, no resuelve nada, sólo es una forma de darle un nombre a lo que nos hace sufrir y no conocemos.

También podríamos llamarlo angustia: una incomodidad, un desasosiego, una desazón que tiene que ver con todo y con nada, malestar que habla pero no nos dice. Señales en jeroglífico que el cuerpo nos envía, ante la sordera de lo que no estamos escuchando cuando hemos pasado por alto lo que debemos enfrentar o, no estamos contentos con nosotros mismos. A veces, pérdidas olvidadas pero no elaboradas que tocan nuestra puerta a deshoras.

El insomnio, pesadilla despierta. ¿Será también un miedo a soñar? O, ¿un excesivo control? Pueden ser muchas sus razones, puede tener muchas causas, para cada uno particulares pues todas tendrán que ver con los propios miedos y angustias. Las respuestas serán del uno por uno y para cada uno, sólo queda averiguarlo.

Escrito de IPM publicado en el periódico El Heraldo de Barranquilla, Colombia. Marzo 19 de 2011